A cien años de la metamorfosis

Por: Alan Antoine Castillo Huerta
En mi curiosidad por escribir, pretendo hacer uso de la palabra para invocar aquellos hombres que, como en un lienzo, en su escritura plasmaron con excelsa habilidad sus sueños e ideales. En esta ocasión presento una voz que ya hace más de 90 años se haya en la tumba; pero su corazón late en las páginas de sus libros…
Tic tac, Tic tac, Tic tac, esas manecillas que nunca se detienen en sus giros, es el corazón de Cronos, para mí es más un carcelero que un amigo.
Volteo hacía el incesante reloj, el de mi alarma, observo cansado: cuarto para las siete. ¿Acaso nunca podré dormir mis horas? En eso, tocan a la puerta de mi cuarto…
-Gregorio, Gregorio, ¡Gregorio! Son pasadas de las seis y media ¿acaso no te piensas parar? Recuerda tu cita con el Gerente, eres un grosero al dejarle plantado.
Así desperté, tomando conciencia de que ese día ya no era el mismo, sino una suerte de monstruo, un animal, un ser desagradable en esta sociedad. ¿Fantasía o hiperrrealidad?
Leyendo en un lluvioso otoño el relato de La metamorfosis, junto con mis recuerdos, reinventé en mi mente la historia. Aquel texto me marcó, confié plenamente en el pensamiento de su autor que alguna vez expresó: no se deberían leer sino los libros que nos pican y nos muerden. Si el libro que leemos no nos despierta con un puñetazo ¿para qué leerlo? y vaya que esto fue un revés en mi conciencia.
El genio de esta coincidente historia fue un humilde hombre nacido en Praga en el año de 1883, de clase media, de oficio discreto y de pluma escandalosa. Franz Kafka fue escritor admirable no sólo por su ingenio sino porque frente a la adversidad, nunca dejó su amor por la literatura, la abrazó con intensidad hasta sus últimos días. Su cosmovisión, influenciada por la familia y la religión, lo hace moverse de un bando a otro, de extremo a extremo, viviendo siempre al límite entre el ser y el deber ser.
Es así que en La metamorfosis encontramos una historia autobiográfica, no sólo tiene el nombre de Gregorio Samsa, sino también el de Franz Kafka, el de Alan Castillo y, muy probablemente, el del lector. Es el nombre de quién lucha ante el desarrollo deshumanizante del capitalismo y contra una sociedad acomplejada por los estereotipos. Es la historia de todos, vigente aún después de un siglo.
Humanista envuelto en la sociedad, Kafka, escritor realista de principios del siglo XX, hace de los temas “universales”, como la verdad y la justicia, el hilo conductor de su vida y obra, en sus letras vemos la confrontación del hombre.
El hombre ya sólo es un aparato de multiplicación de capital que ha quedado anticuado. El ser humano deja de ser el personaje central para figurar como triste espectador. ¡He ahí el valor de un hombre como Kafka! Se dice que una persona es auténtica en tanto reconoce y hace lo que su corazón en verdad quiere. Me opongo rotundamente a ser señalado, a seguir el plan del hombre moderno, ese que de joven es enseñado a arrendar su vida y una vez exprimida venderle el alma al capital.
Bien podemos ver como La metamorfosis, en su realismo fantástico, tiene más de verídico en nuestra sociedad que de imaginario en su mundo, me permito citar semejante tragedia de la familia Samsa: Cumplieron hasta el último extremo lo que el mundo exige de los pobres: el padre, buscando el desayuno a los más insignificantes empleados del banco; la madre, sacrificándose por la ropa de gente extraña, y la hermana corriendo detrás del mostrador al capricho del cliente. ¿Es eso lo que la sociedad aspira de una familia? Una familia que con ansiedad mendiga para poder comer, una familia que no puede mandar a estudiar a sus hijos porque deben trabajar, una familia que ya no puede soñar, una familia que ya no puede alcanzar la paz.
En La metamorfosis: el hombre no es íntegro; Kafka lo rebaja a la condición de un animal, de un insecto. Insecto que a su vez se recrea para acceder a un estado superior de existencia y es que en esta postmodernidad el hombre sólo puede alcanzar la grandeza a través de su propia pequeñez. Es así como el artista da un paso adelante de sus contemporáneos y entiende el juicio de la existencia, Sartre precisaría décadas más tarde un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él.
Hoy intento escribir como aquel hombrecillo de hace un siglo, empleado de una pequeñísima compañía de seguros que tomó su pluma y gritó una verdad inevitable y ensordecedora, el joven trabajador, obrero que se enfrenta a una sociedad insensible de su realidad. En un sistema donde uno vale más en razón de cuánto dinero produce, donde caemos en una cosificación de la existencia y las esperanzas se van.
Y es que cada día me pregunto, ¿en verdad cada paso que damos nos hace más insecto o nos hace más persona? Si en cada sueño roto dejamos de ser nosotros para convertirnos en ese parásito que se arrastra en la pared de un cuarto de este mundo. Ahí se encuentran las respuestas del mensaje, si un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él, todas sus posibilidades de ser, son consecuencias propias.
¡Luchar hasta el último segundo por nuestra libertad!, ¡por atrevernos a ser auténticos! El mismo Kafka no podría resumirlo mejor que diciendo: No bajes el tono, no trates de hacerlo lógico, no edites tu alma de acuerdo a la moda. Mejor, sigue sin piedad tus obsesiones más intensas.
Goethe dijo: Todos los días deberíamos oír un poco de música, leer una buena poesía, contemplar un cuadro hermoso y si es posible, decir algunas palabras sensatas.
Nosotros podemos tomar la responsabilidad de construirnos. Mi propuesta no es una ley ni una utopía y menos una lista de acciones públicas. Es una promesa de honda profundidad personal y ética. Cuando un ser humano comienza a preguntarse sobre sí mismo, su historia cambia, porque encuentra valor en el conocimiento, en la sensibilidad del otro, si existieran más personas que hagan lo que en verdad les gusta, el mundo sería mejor.

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