El terrorismo en Estados Unidos durante la administración de George W. Bush.

Por: Alejandro López García.

Ilustración por: Ivan Gutierrez Camacho.

Escribía Carlos Fuentes en La Silla del Águila que los Estados Unidos son «un capitán Ahab a la caza de un indispensable Moby Dick que satisfaga la obsesión norteamericana de entender el mundo en términos maniqueos». Y remataba: «los gringos se vuelven locos si no saben quién es el bueno y quién es el malo». El maniqueísmo, «la antigua herejía [que] divide toda la realidad en dos: el Bien Absoluto y el Mal Absoluto», es una constante invariable y un elemento clave para entender a los Estados Unidos. Es la lente atemporal y definitiva a través de la cual la inmensa mayoría de los estadounidenses ve, sin observar, al mundo.

Primero fueron los ingleses y las tribus autóctonas de las planicies, luego México, más adelante serían España, los alemanes, los japoneses, Corea del Norte, la URSS, los chinos, los vietnamitas, los comunistas o cualquier cosa que se les pareciera, ¿los nicaragüenses?, los sátrapas mediorientales (algunos), y un largo etcétera que termina, a la vez que se contemporiza, con los «terroristas». ¿Quiénes son ellos? Los enemigos de Estados Unidos a lo largo de la historia. Algunos reales, otros construidos ad hoc, todos comparten un componente sustancial: ser los otros —según el criterio amigo-enemigo de Schmitt—, la amenaza latente a los valores e intereses defendidos por la ciudad de la colina. Resulta curioso como el más reciente «enemigo número uno» de los Estados Unidos sea una especie de reflejo (toda proporción guardada) a un fenómeno doméstico que se ha venido agudizando desde el fin de la Segunda Guerra Mundial: el terrorismo. Pero para hablar de terror hay que ir, primero, a su origen: el miedo.

El historiador francés Jean Delumeau lo define como «una emoción-choque, frecuente-mente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un peligro presente y agobiante que, según creemos, amenaza nuestra conservación». Inescapable, el miedo «es un componente mayor de la experiencia humana, a pesar de los esfuerzos intentados para superarlo». El terror, por otra parte, es una versión más intensa del miedo, pero el terrorismo sigue siendo algo diferente, y lo es por un motivo esencial: su estricta intencionalidad. El miedo es ineludible y natural al hombre, así como el terror es, en cierta medida, evitable, pero el terrorismo es, por naturaleza, aplicado y premeditado.

Noam Chomsky define al terrorismo como «el uso calculado de la violencia o la amenaza del uso de la violencia para alcanzar objetivos ideológicos, políticos o religiosos a través de la intimidación, la coerción o el miedo». Es necesario precisar que el terrorismo no se agota, solamente, en estrellar aviones y hacer estallar bombas para sembrar el caos y hacer correr a la multitud despavorida. Se trata de un fenómeno mucho más vasto y complejo que el que el análisis reduccionista anteriormente enunciado —bastante popular en Estados Unidos— se empeña en exponer.

Dentro de la inmensidad y complejidad del fenómeno se pueden encontrar diversos tipos, en lo que a su clasificación se refiere. Para los efectos del presente ensayo, se abordarán exclusivamente el de «terrorismo internacional» y «terrorismo de Estado». El primero es aquel en el cual se traspasan las fronteras de un país ajeno al propio para cometer actos terroristas; el ejemplo más popular de un acontecimiento de este tipo son los ataques del 11 de septiembre de 2001 en el noreste de Estados Unidos. El terrorismo de Estado, por otro lado, es el que ejerce la élite gobernante —ya sea de iure o de facto— para facilitarse la labor de dominio sobre los gobernados, al interior, y sobre otros Estados, al exterior, y puede ser, como advierte Chomsky, a través de intimidación, coerción o miedo.

Aludiendo al mismo caso, Mario Núñez Mariel señala que los terroristas de Estado son aquellos que «se procuran los medios legales e ilegales para sembrar el terror entre sus propias sociedades y en contra de Estados adversos como parte de sus planes estratégicos de conservar y expandir el propio poder». Así como Edgar O’Ballance ejemplifica cómo, desde tiempos antiguos, los militares utilizaban a placer el arma del terror para ayudarse a ganar batallas, mientras que algunos reyes lo aplicaron de manera procaz para gobernar sus tierras, someter a sus pueblos o, simplemente, para recaudar impuestos; buscando con esto el fabricarse una reputación temible. Esta práctica es, de hecho, tan antigua que la misma Biblia ofrece un ejemplo claro: «Saúl ha matado a sus miles y David a sus diez miles» se lee en el primer libro de Samuel. Las barbaridades y muertes repentinas y violentas acaecidas durante las épocas antiguas se convirtieron en un lugar común que se prolonga aún hasta nuestro días. El terrorismo de Estado no es nada nuevo, como tampoco lo es su efectividad para favorecer y legitimar los objetivos que se plantea la élite gobernante. Para George W. Bush el objetivo a legitimar fue uno solo: la guerra contra Irak. Y funcionó.

El 11 de septiembre de 2001 Estados Unidos fue atacado en territorio continental —por primera vez en casi doscientos años— por el grupo terrorista Al Qaeda. La historia es bien conocida. Lo que no es tan conocido —ni claro— es qué relación existía entre Irak y Al Qaeda. Durante los días y meses siguientes a los ataques, los sistemas de inteligencia estadounidenses se enfocaron en buscar, por orden del presidente, un punto de vinculación entre Saddam Hussein y el grupo terrorista perpetrador de los ataques; no había uno. Esto no impidió que Bush aseverase que el régimen de Saddam Hussein protegía a Al Qaeda y que, además, éste estaba desarrollando armas de destrucción masiva —las cuales implicarían, dentro de la lógica del presidente, una amenaza para Estados Unidos—. Esto le fue suficiente para justificar la guerra contra Irak. Pero, ¿cómo pudo conseguir Bush el apoyo popular y los votos del Congreso para realizar la invasión a Irak cuando sus «pruebas» no sólo eran insuficientes, sino que, como se probaría tiempo después, estaban falseadas? La respuesta se encuentra en la fórmula presentada en el párrafo anterior: con el terror. Dice Chomsky que el miedo —el terror, si se considera la intencionalidad de los hechos— «es la única manera de ejercer el control», y en este caso, probó su efectividad.

¿Cómo se difundió el terror entre los estadounidenses después del 11 de septiembre? Sencillamente, se estimuló un elemento común en el conjunto de la sociedad, el temor más grande de toda persona: el miedo a la muerte. Casi todos tememos a la muerte o, al menos, a la manera de morir, asegura O’Ballance, así como todos tenemos miedo al dolor, la herida o la mutilación. Estos temores, explotados a través de actos de violencia y/o propaganda, pueden originar el terror generalizado en la sociedad; se presenta, pues, un acto terrorista. Al hablar de miedo colectivo, Delumeau apunta que «puede llevar también a comportamientos aberrantes y suicidas de los que [desaparece] la apreciación correcta de la realidad».

Pero el acceso a «la realidad» es difícil por naturaleza en el mundo actual, no se diga ya su apreciación correcta en una situación de histeria colectiva. Es imposible que una sola persona consiga estudiar y entender a detalle la mayoría de los fenómenos de los que es partícipe o en los que se encuentra inmersa, por lo cual necesita de alguien más que procese la inconmensurable cantidad de información disponible y se la haga llegar. En los Estados Unidos del siglo XXI ese «alguien» se llama medios de comunicación masiva. De acuerdo con Chomsky, en Estados Unidos «los medios son grandes corporaciones que están asociadas al Estado», que no encuentran «ninguna razón especial para decirle al pueblo [«la gran bestia que tiene que ser domada», recordando a Hamilton] la verdad. Sólo hay que mantenerlo bajo control». Y concluye: «los medios y el sistema de información trabajan para asegurar el control total de la población, de manera dictatorial». Pareciera que el sistema de propaganda nazi, en el cual «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad», evocando a Joseph Goebbels, inauguró una Escuela que trasciende del más hórrido de los totalitarismos a la más consolidada democracia. El vínculo entre Saddam Hussein y Al Qaeda nunca fue comprobado, pero vaya que se habló de él. El incesante bombardeo mediático acabó por homogeneizar a Bin Laden y a Hussein; eran uno mismo, eran el enemigo, y el enemigo debía ser destruido.

Para septiembre de 2002 —época en la que comenzaban las campañas electorales parlamentarias en Estados Unidos— se empezaron a escuchar ruidos de guerra. «Los candidatos empezaron a aparecer en televisión diciendo que lo próximo que íbamos a ver era un hongo nuclear en Nueva York; “saquémonos a [Saddam Hussein] de encima”, reclamaban». Después se oían las declaraciones apasionadas de Bush, el Secretario de Estado Colin Powell y demás miembros del gabinete sobre cómo «el monstruo [vendría] por nosotros si no lo [frenábamos]». A partir de este momento «el miedo empezó a crecer y se mantuvo alto, lo suficientemente alto como para permitir que [la administración Bush] ganara las elecciones». Chomsky afirma que «si uno logra que la gente le tenga miedo a un enemigo externo que va a venir a destruirlos, van a terminar votando por uno. Simplemente porque la gente confía en que el poder los va a defender», y eso es exactamente lo que sucedió; los estadounidenses votaron en medio de una nube de propaganda terrorista que redujo su capacidad de decisión a las que creían como las dos únicas opciones: la vida o la muerte. Después de todo «la necesidad de seguridad es (…) fundamental: está en la base de la afectividad y de la moral humanas. La inseguridad es símbolo de muerte y la seguridad símbolo de vida», apunta Delumeau.

En suma, el éxito de la campaña de Bush abogando por la invasión a Irak radicó en la propagación del terror —infundido por el Estado— a través de los medios masivos de comunicación. Sobre esto escribiría Eduardo Galeano que «la mayoría de los estadounidenses está convencida de que Sadam Husein derribó las torres de Nueva York. Esa misma mayoría también cree que su presidente hace lo que hace por el bien de la humanidad y por inspiración divina». Al final de la jornada, «los medios masivos venden certezas, y las certezas no necesitan pruebas».

La invasión a Irak llegó, finalmente, el 20 de marzo de 2003. Los iraquíes habrían de enfrentarse a la potencia económica y militar más grande del mundo «por sus muchos pecados y por su mucho petróleo», diría Galeano; y perderían irremediablemente. Hacia 1987, George F. Kennan, autor de la doctrina de contención estadounidense, escribiría a propósito de los enemigos de los Estados Unidos que aun si la Unión Soviética «se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo militar-industrial estadounidense tendría que seguir, sustancialmente sin cambios, hasta que otro enemigo fuese inventado. Cualquier otra cosa sería una sacudida (shock) inaceptable para la economía estadounidense». El enemigo fue, en efecto, inventado exitosamente, y el complejo militar-industrial inaugurado por Eisenhower se reavivaría como nunca antes.

Linda Bilmes y Joseph Stiglitz —Premio Nobel de Economía en 2001— estiman que el costo total de la guerra contra Irak fue de más de tres trillones de dólares, cuando las estimaciones iniciales de la administración Bush no superaban los sesenta billones. Y, ¿cuánto son tres trillones de dólares? La suma del PIB de México y Canadá en 2013; eso costó la guerra contra Irak. El mito del crecimiento económico extraordinario durante periodos de guerra también fue desechado; la economía estadounidense creció cerca del siete por ciento anual durante la guerra —hasta la crisis de 2007/2008—, mientras que antes de la invasión a Irak su crecimiento anual estaba estimado, también, en siete por ciento. Pero en todas las guerras hay ganadores y perdedores, no hay que desanimarse por la cantidad de dinero gastado si no se ha hablado de la cantidad de dinero ganado —que fue mucho—. La pregunta es ¿quién lo ganó?

El día de los ataques terroristas al World Trade Center de Nueva York y al Pentágono, el Carlyle Group —una firma de manejo de fondos de inversión de capital— celebraba una reunión de accionistas en el Hotel Ritz-Carlton de la ciudad de Washington. Entre los asistentes se encontraba George Bush padre, quien era, entonces, asesor senior en el consejo de Carlyle en Asia, acompañado, entre otros, por James Baker, Secretario de Estado durante su administración, y por Shafiq bin Laden, hermano de Osama bin Laden, y representante de la fortuna que su familia tenía invertida en Carlyle en aquel momento. Esto viene al caso porque el Carlyle Group fue uno de los grandes ganadores de la guerra contra Irak. A pesar de que el grupo no recibió directamente ningún contrato por parte del Pentágono durante la ocupación de Irak, apenas hacia 2004, una docena de compañías controladas por Carlyle ya había obtenido una ganancia de más de nueve billones de dólares gracias a los contratos entregados por el gobierno estadounidense. Al igual que las empresas del Carlyle Group, corporaciones especializadas en la defensa como General Dynamics y Lockheed Martin tuvieron ganancias enormes y un crecimiento impresionante. En enero de 2003, poco antes de la invasión a Irak, una acción de General Dynamics se cotizaba en la Bolsa de Valores en 27 dólares con 54 centavos; hoy cuestan 140.56 cada una. Y lo mismo sucedió con Lockheed Martin, de 47.55 dólares en enero de 2003 a 191.35 al día de hoy. Pero el impresionante crecimiento de Lockheed Martin no se limitó a ganancias económicas, para 2012 se estimaba que la compañía había generado más de 132 mil empleos, una cifra casi tan alta como la de muertes de civiles en la guerra de Irak: 149, 053.

Y, por último, no puede dejarse de lado a las multinacionales petroleras si se habla de grandes ganadores en el conflicto americano-iraquí. Una de las primeras medidas que tomó el nuevo gobierno de Irak —ungido por Estados Unidos—, tras la ejecución de Saddam Hussein en diciembre de 2006, fue la realización de una «reforma económica» —propuesta en 2007 y aprobada en 2008— que permitiría la inversión privada en el sector energético. El capital extranjero ingresó en la forma de las cuatro multinacionales petroleras más importantes a nivel mundial: British Petroleum, Shell, Exxon Mobil y Chevron —las últimas dos son estadounidenses—. La región petrolera más importante del mundo, el Medio Oriente, se volvió, finalmente, occidental.

Inventarse enemigos puede resultar muy útil para algunos, cuando se tiene la capacidad económica y militar para destruirlos. Dice Sun Tzu en el primer verso de El arte de la guerra que ésta «es de vital importancia para el Estado; es el dominio de la vida o de la muerte, el camino hacia la supervivencia o la pérdida del Imperio: es forzoso manejarla bien». Sin decir que bien o mal, es un hecho que Estados Unidos ha manejado la guerra —desde la implementación del complejo militar-industrial— como una oportunidad extraordinaria de negocios. ¿Un ejemplo? Si se pone atención a los enemigos enunciados en el segundo párrafo de este ensayo se podrá observar que sólo cuatro de ellos no pertenecen al siglo XX, mientras que los últimos siete son posteriores a la época del negocio de la guerra.

La importancia de la guerra de Irak va más allá de la cantidad de dinero que se gastó en ella, de su prolongada duración o, incluso, de la aberrante cantidad de vidas que cobró; el tema de fondo es ver hasta dónde es capaz de llegar un país con tal de satisfacer las demandas de sus élites. La finalidad de la revolving door del poder estadounidense no es solamente ocupar la Oficina Oval, algunos grupos no buscan el poder político, sólo hacer jugosos negocios, o mantener sus actividades en secreto, o propagar su ideología; los jugadores del sistema político estadounidense que giran en la revolving door tienen objetivos que habitan desde lo macro hasta lo micro, y desde lo meso hasta lo metapolítico.

Tras los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 los estadounidenses fueron, en efecto, víctimas de ataques terroristas. Primero de uno que cabría en la clasificación de terrorismo internacional, pero después de otro de carácter estatal que resultó aun más intenso y prolongado, aunque tan sutil, tal vez, como para que los norteamericanos sigan sin darse cuenta, al día de hoy, de que fueron atacados por la retaguardia; fueron víctimas de un exacerbado terrorismo de Estado.

Bibliografía:

CHOMSKY, Noam, Bush y los años del miedo. Conversaciones con Jorge Halperín., Le Monde Diplomatique, Argentina, 2003.

El terror como política exterior de Estados Unidos., Libros del Zorzal, Argentina, 2005.

DELUMEAU, Jean, El miedo en occidente: (siglos XIV-XVIII). Una ciudad sitiada., Taurus, España, 2012.

FUENTES, Carlos, La Silla del Águila, Alfaguara, México, 2006.

GALEANO, Eduardo, Fábrica de armas y mentiras, EE. UU., en El régimen de Bush, de Rivas, Gerardo & Bykov, Illarion, Fundación para la investigación y la cultura, Colombia, 2003.

KENNAN, George, At a Century’s Ending: Reflections 1982-1995., Norton & Company, Estados Unidos, 1989.

NÚÑEZ, Mario, Entre terroristas., Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

O’BALLANCE, Edgar, Language of violence: The blood politics of terrorism., Presidio Press, Estados Unidos, 1979.

STAM, Juan, El lenguaje religioso de George W. Bush: análisis semántico y teológico., en El régimen de Bush, de Rivas, Gerardo & Bykov, Illarion, Fundación para la investigación y la cultura, Colombia, 2003.

SUN TZU, El arte de la guerra, Fundamentos, España, 2008.

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Fuentes electrónicas:

Diccionario de la Real Academia Española en línea:
http://lema.rae.es/drae/?val=terror

Full text: Bush’s speech.:
http://www.theguardian.com/world/2003/mar/18/usa.iraq

The true cost of the Iraq war: $3 trillion and beyond.:
http://www.washingtonpost.com/wp-dyn/content/article/2010/09/03/AR2010090302200.html

Producto Interno Bruto (US$ a precios actuales):
http://datos.bancomundial.org/indicador/NY.GDP.MKTP.CD

The myth of war economy.:
http://www.theguardian.com/politics/2003/jan/22/iraq.economy

C for capitalism.:
http://www.economist.com/node/1875084

Investing in war.:
http://www.publicintegrity.org/2004/11/18/6624/investing-war

Evolución del precio de las acciones de General Dynamics Corporation:
http://finance.yahoo.com/echarts?s=GD+Interactive#{“range”:”max”,”showPrePost”:false}

Evolución del precio de las acciones de Lockheed Martin Corporation:
http://finance.yahoo.com/echarts?s=LMT+Interactive#{“range”:”max”,”showPrePost”:false}

The 25 Biggest Defense Companies In America.:
http://www.businessinsider.com/top-25-us-defense-companies-2012-2?op=1

‘Mission Accomplished’ Was 12 Years Ago Today. What’s Been The Cost Since Then?:
http://www.huffingtonpost.com/2015/05/01/iraq-war-mission-accomplished_n_7191382.html

Deals With Iraq Are Set to Bring Oil Giants Back.:
http://www.nytimes.com/2008/06/19/world/middleeast/19iraq.html?_r=2&

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