Los lugares inútiles de la política

Por: Frida López.

Ilustración por: Ariel Omar Orenday Martinez.

La política sólo es tema de interés cuando se viven crisis económicas y de seguridad, sólo en estas circunstancias distintos sectores emiten sus veredictos y comienzan a organizarse marchas o distintas estrategias contra el Estado, ya sean pacíficas o, como ha sucedido en los últimos días, saqueos a diversos comercios. La búsqueda y ejecución de soluciones “express” no son lugares comunes, son ya, debemos entenderlo, lugares inútiles. Aún peor (y en contra de toda intuición de especialista), toda perspectiva que abogue por los derechos igualitarios o la actitud optimista que afirme que la llave del cambio está en la autoorganización del pueblo o de los individuos son también lugares inútiles.

La inutilidad o la ineptitud, más que la corrupción o el vandalismo, es lo que reina en este inicio de año. La política continúa siendo el mismo espacio de tensión y de batalla; el esfuerzo colectivo para lograr un presente digno, un futuro mejor. La política, en contra de lo expresado por Mauricio Merino el pasado 4 de enero en el periódico El Universal, no requiere ser reivindicada, ésta continúa siendo la tensión más compleja a la cual debe enfrentarse el ser humano. El error consiste en la inutilidad del actor político, sea un sector social o una personalidad, para introducirse en el choque de intereses, de ideas y de circunstancias. Toda acción y afirmación últimamente ha resultado ser inútil porque no se justifica en ningún sentido, ni teóricamente ni en un sentido pragmático.

No basta emitir afirmaciones que impulsen el entusiasmo de los jóvenes que creen en la bondad del pueblo; no es suficiente decirle a la población que puede recuperar el sentido de la política a través de la democracia y los derechos igualitarios; no puede creerse que la educación es la herramienta más sólida para la época por venir; por último, tampoco puede creerse que la desaparición del Estado o la destitución del presidente y de otros gobernantes es el gran acontecimiento que permitirá la era de la victoria con la aparición del superhombre. Todas estas posturas son inútiles en tanto no se justifican ni teóricamente ni en un sentido pragmático. Pueden definirse como expresiones aisladas, originadas por un entusiasmo volátil o como posicionamientos condescendientes.

El gran obstáculo es la presencia del prejuicio que atraviesa a cada una de estas posturas: se cree que la política puede llegar a su final, a su desenlace, a la época dorada de la justicia. No existe el punto final y es un error abogar por cualquier postura que aspire a ello. El ciudadano, sea trabajador, estudiante, intelectual, empresario o político está limitado por el deseo de autoconservación, cualquiera es un lobo al acecho, como lo expresó hace años Thomas Hobbes. Esto es inevitable pero no catastrófico. Lo que sí parece serlo es la ceguera causada por el anhelo de la bondad pura… No existe la pureza, tan sólo puede hallarse discreción.

El esfuerzo por persistir es el límite y por ello la política es la tensión más grave, aunque las sensibilidades optimistas y progresistas no se percaten de ello. La igualdad y la libertad no son condiciones suficientes para lograr la paz nacional, o si desea, frente al escepticismo nacional, la paz mundial. La igualdad y la libertad también pueden comprenderse como la condición de lucha que posee cualquier hombre para esforzarse por aquello que desea. Y esforzarse para adquirir aquello que se desea es trazar límites con ideas y acciones. Nos limitamos los unos a los otros.

Por ello, la solución no es afirmar, imprudente o inútilmente, ideales que tiendan a hacer de la condición deseante un secreto, cuyo objeto, al cual se dirige el deseo, es posesión únicamente de los políticos corruptos, eso tan sólo sería proyectar absurdamente un filme de Buñuel: Ese oscuro objeto del deseo. Tan sólo sería un pasatiempo, una ficción, un entretenimiento francés con “doblaje teórico” al español.

La justificación de cualquier acto o idea requiere examinar los fundamentos de dicha idea o acto. ¿Cómo lograrlo? Simple, con la duda, con la interrogación. Sé lo que están pensando: ¿cómo dudar si se requiere actuar? Precisamente por esto últimamente nuestros actos han sido inútiles: no se planean, no se insertan como soluciones, tan sólo son material para el incremento de la histeria a través de las redes sociales y noticieros. Y las ideas tan sólo contenido para carteles durante las manifestaciones…

Y, si han llegado a pensarlo, esto no es una defensa de la supremacía de los intelectuales, porque últimamente a estos les ha faltado sentido común: ¿cómo abogar por la eliminación del Estado sin un proyecto que describa la introducción de cada sector social según sus limitaciones? ¿Debe confiarse en el sentido de justicia de los individuos alejados del poder? ¿No ser político es la solución? ¿Las instituciones y los gobernantes son los únicos factores que corrompen la disposición para ser solidario de cada uno de los mexicanos?

En las épocas de crisis todo está permitido, como bien ha afirmado Maquiavelo, sin embargo, él también señaló que todo puede comenzarse. Dudar, reflexionar y justificar son indispensables. El punto de inicio de la política no debe ser el entusiasmo ni la inconformidad, sino el silencio y la prudencia. Ante el campo de batalla no se es arrojadizo, eso equivale a una muerte absurda; antes de cruzarlo se observan todos los movimientos del enemigo, se conoce el campo, se analizan las fortalezas de los aliados y se prevén los riesgos… El silencio también representa fuerza, madurez. Por ello, la filosofía, como aquél discurso que está íntimamente relacionado con el silencio, puede ofrecernos no sólo una terapia social de la liberación, sino un cambio de perspectiva: lo grave de este inicio de año no es la corrupción o la injusticia eternamente señaladas, sino la inutilidad.

Representante estudiantil de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM en el Consejo Académico de las Humanidades y las Artes.  

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