La libertad y las redes sociales

Por: Julio Castillo Rosas

La aparición de las redes sociales en el campo de la vida cotidiana podría pensarse como una consecuencia directa de la eclosión global del Internet. Las redes sociales son un espacio virtual que, a su vez, tienen consecuencias en el plano real, en las relaciones entre individuos, en la manera de comunicarnos, de acercarnos al mundo.

“En el caso de las humanidades, estas redes sociales pueden ser vistas como espacios de diálogo, de conformación argumental, de decisiones sobre proyectos, conformación de grupos, de asociaciones, de proliferación de producción de investigadores y de comunicación entre los afectados. Igualmente resultan sumamente útiles en la medida en que el conocimiento se hace más universal”. Lo anterior podría situarse en el plano de las positividades de una red social, de resultados positivos en materia de comunicación y acercamiento al saber. Es cierto que las redes sociales funcionan como una organización a gran escala, como una manera de acortar distancias entre personas, entre países, entre continentes. Con un “click”, desde cualquier computadora o desde cualquier smartphone, podemos acceder a infinidad de información de todo tipo. Las redes sociales han conformado una nueva manera de conocer el mundo, de mirar las cosas.

Sin embargo, existe otro lado de las redes sociales; un lado que no podría tildarlo de negativo, ya que también es creador y generador. Es un lado que podría pasar desapercibido pero que se sabe y se está allí. Se puede pensar en términos de vigilancia debido a la manera como funcionan las redes sociales. Se inscribe muy bien en el panoptismo desarrollado por Michel Foucault. Dentro de las redes sociales se pueden encontrar mecanismos de observación, de búsqueda, de registro de datos, de vigilancia. Un funcionamiento que asemeja un gran Panóptico.

En los años recientes han aparecido diversos artículos que muestran denuncias, críticas y preocupaciones hacia la vigilancia que hacen las grandes compañías detrás de las redes sociales. Empresas como Facebook, Twitter y Whats-app se han visto implicadas en casos de vigilancia ejercidos hacia los usuarios que las utilizan. De igual manera han aparecido casos donde gobiernos de diferentes países acuden a estas empresas para solicitar información de personas específicas argumentando que se trata de individuos “sospechosos”. Sin embargo, estamos viviendo en una época donde absolutamente todos representamos “presuntos terroristas”, “presuntos culpables” y “delincuentes en potencia”; el famoso “Estado de excepción” se encuentra inscrito en la vida cotidiana y en cada uno de nosotros.

La producción en masa y el avance exponencial del Neoliberalismo ha propiciado que el acceso a los instrumentos tecnológicos se vuelva cada vez más universal. Si algo ha logrado el funcionamiento del capitalismo es una democratización de las mercancías. Con la aparición del crédito, principalmente, se les “permitió a muchas personas liberarse de los apremios de las necesidades básicas. Por primera vez, las masas acceden a una demanda material más psicologizada e individualizada, a un modo de vida (bienes duraderos, tiempo libre, vacaciones, moda) asociado antaño a las minorías privilegiadas”. El auge de la invención de los dispositivos móviles en el siglo XXI fue recibido con los brazos abiertos por las masas y, por lo tanto, éstos comenzaron a ser consumidos a gran escala. Esto ocasionó que las redes sociales se incrustaran en nuestros bolsillos, en la palma de nuestras manos, pudiendo llevarlas a todos lados y acceder en cualquier momento.  

Dice Foucault al explicar el funcionamiento y organización del Panóptico: “Tantos pequeños teatros como celdas, en los que cada actor está solo, perfectamente individualizado y constantemente visible. El dispositivo panóptico dispone de unidades espaciales que permiten ver sin cesar y reconocer inmediatamente”. ¿No se parece esto a la actualidad? Esos pequeños teatros como celdas se asemejan a los perfiles que creamos en Facebook, lugares que nos “encierran” en un espacio virtual donde, efectivamente, nosotros somos los principales actores, nosotros decidimos encerrarnos –y esto es lo preocupante–; donde estamos solos, perfectamente individualizados y constantemente visibles, vigilados.

El panoptismo descrito por Foucault funcionó en la sociedad disciplinaria y era aplicado a lugares de encierro. Sin embargo, podríamos aventurarnos a decir que el panoptismo transitó de lugares de encierro físicamente establecidos a lugares abiertos que permiten un control global y una vigilancia más totalizante. En la “Sociedad de control”, propuesta por Gilles Deleuze, la bandera que está en todos los puntos y esquinas de las sociedades es la bandera de la libertad: del poder saber, del poder hacer, del poder decir, del poder elegir.

En la actualidad existen dos discursos que parecen estar presentes en todos los campos: la libertad y la transparencia. La libertad pretende hacernos creer que ningún poder está actuando sobre nosotros al poder “elegir libremente”. La transparencia, por su parte, pretende visibilizar. Pero bien lo dijo Foucault: «La transparencia es una trampa». Aquí vuelven a aparecer las redes sociales, que podría decirse que funcionan con el lema «hacer visible». Sin duda alguna, en esos espacios virtuales que nos otorgan las redes sociales cada individuo es libre de plasmar lo que quiera, antoje y desee. Pero ¿realmente se está siendo libre? ¿No radicará en este funcionamiento la trampa de la que Foucault, sin intenciones de profetizar, hablaba? ¿Las redes sociales no constituirán un dispositivo de vigilancia y de control donde, al sentirnos libres de decidir cómo y cuándo utilizarlas, los principios del panoptismo están presentes de arriba abajo y de un lado a otro?

La actualidad parece que se caracteriza por una “explotación de la libertad”. Dice Byun Chul-Han: “La sensación de libertad se ubica en el tránsito de una forma de vida a otra, hasta que finalmente se muestra como una forma de coacción. Así, a la liberación sigue una nueva sumisión”. El creernos completamente libres es una trampa perfectamente ideada para ejercer el poder de manera más sutil y efectiva; sin embargo, algo muy curioso ocurre: ahora, sin necesidad de algún poder externo aparente sobre nosotros, la coacción misma reside en la interiorización que nosotros mismos hacemos: la metemos en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Lo anterior asemeja una “deuda”, y Nietzsche ya hablaba de ella en el segundo tratado de La genealogía de la moral. Como iniciador de una nueva corriente de pensamiento filosófico, a Nietzsche podría considerársele como el gran genealogista, título que se le otorgó por la insistente y meticulosa búsqueda de la historia y el desarrollo de las palabras y de los conceptos para dar cuenta de su significado: un significado más real, más auténtico, más desnudo. Dice Nietzsche: “Esos genealogistas de la moral habidos hasta ahora, ¿se han imaginado, aunque sólo sea de lejos, que, por ejemplo, el capital concepto moral “culpa” (Schuld) procede del muy material concepto “tener deudas” (Schulden)?”.

Así pues, deuda significa culpa. Tener deudas equivale a tener culpas, y en la actualidad parece que una de las tantas maneras de ejercer el poder es a través de la deuda. En términos económicos, la deuda está presente todo el tiempo. Sin embargo, la deuda va más allá de términos económicos. La deuda se ha consolidado en el interior de nosotros mismos, y por eso puede hablarse de una deuda no únicamente económica; es una deuda impuesta por nosotros mismos, una deuda escogida libremente, una deuda que se inscribe en diversos planos como pueden ser el plano subjetivo, el plano moral, el plano estético, el plano económico, etc.

Dice Lazzarato: “La figura subjetiva del capitalismo contemporáneo parece encarnarse, antes bien, en el ‘hombre endeudado’ […] Es la deuda y la relación acreedor-deudor lo que constituye el paradigma subjetivo del capitalismo contemporáneo, en el cual el ‘trabajo’ se acompaña de un ‘trabajo sobre sí mismo’, y la actividad económica y la actividad ético-política de la producción del sujeto van a la par. Es la deuda la que disciplina, domestica, fabrica, modula y moldea la subjetividad”. La deuda, entonces, se ha convertido en la nueva manera de disciplinar, de controlar, de gobernar. En pocas palabras, una nueva manera de ejercer el poder. Pero todo eso, que se aglutina en el “trabajo sobre sí mismo”, es un trabajo voluntario, una disciplina voluntaria, un control voluntario, un auto-gobernarse.

¿Quién nos impone esas deudas? Al parecer, nosotros mismos. ¿Por qué lo hacemos? Quizá la pregunta podría plantearse mejor. Si al tener deudas, culpas, estamos dentro de la disciplina, la modelación y la coacción, es decir bajo el efecto de un poder: ¿queremos ser realmente libres? “¿Acaso no hemos inventado a Dios para no tener que ser libres? Frente a Dios todos somos culpables. Pero la culpa elimina la libertad. […] Si estamos libres de deuda, vale decir, si somos plenamente libres, tenemos que actuar de verdad. Quizás incluso nos endeudamos permanentemente para no tener que actuar, esto es, para no tener que ser libres ni responsables. ¿Acaso no son las elevadas deudas una prueba de que no tenemos en nuestro haber el ser libres? ¿No es el capital un nuevo Dios que otra vez nos hace culpables? Walter Benjamin concibe al capitalismo como una religión. Es el ‘primer caso de un culto que no es expiatorio sino culpabilizador’. Porque no es posible liquidar las deudas, se perpetua el estado de falta de libertad: ‘Una terrible conciencia de culpa que no sabe cómo expiarse, recurre al culto no para expiar la culpa sino para hacerla universal’”

La red social es un tipo de deuda. Tener Facebook, Twitter, Whats-app o cualquier otra, se ha vuelto, primero, una deuda hacia las comunicaciones. Quien no tiene alguna de esas aplicaciones, siente que está incomunicado. Y esto ocurre porque la vida, la realidad, parece haberse trasladado hacia las redes sociales. Las redes sociales poco a poco han ido acaparando un conjunto de oportunidades y opciones a explotar. Pero también, se han vuelto una deuda hacia nosotros mismos. Y esa deuda consiste en que cada individuo –aparentemente libre– plasma detalles pormenorizados de su vida dentro de estos perfiles. En Facebook se ven todo el tiempo publicaciones de personas diciendo adónde irán, dónde se encuentran, qué están comiendo, qué libro están leyendo, qué programa de televisión están viendo y un largo etcétera.

Dice Foucault: “La eficacia del poder, su fuerza coactiva, han pasado, en cierto modo, al otro lado –al lado de la superficie de aplicación–. El que está sometido a un campo de visibilidad, y que sabe que lo está, reproduce por su cuenta las coacciones del poder; las pone en juego espontáneamente sobre sí mismo; inscribe en sí la relación de poder en la cual juega simultáneamente los dos papeles; se convierte en el principio de su propio sometimiento”.

Lo anterior constituye un mecanismo de vigilancia, un nuevo panoptismo digital que, paradójicamente, los individuos alimentan todo el tiempo. Parece que la libertad y la transparencia, aunadas a la deuda de la apropiación de una red social, han fomentado que el Panóptico de la sociedad disciplinaria del que Foucault hablaba, se haya convertido en un nuevo Panóptico digital que no necesita coacciones externas para alimentarse y desarrollarse a la perfección. Si pensamos que en la mayor parte del mundo las redes sociales han entrado en la vida de los individuos, es demasiado coherente pensar que este nuevo panoptismo digital abarca todos esos espacios y lugares donde las redes sociales estén funcionando.

Al respecto, Byun Chul-Han afirma: “Al principio se celebró la red digital como un medio de libertad ilimitada. El primer eslogan publicitario de Microsoft, Where do yo want to go today?, sugería una libertad y movilidad ilimitadas en la web. Pues bien, esta euforia inicial se muestra hoy como una ilusión. La libertad y la comunicación ilimitadas se convierten en control y vigilancia totales. También los medios sociales se equiparan cada vez más a los panópticos digitales que vigilan y explotan lo social de forma despiadada. Cuando apenas acabamos de liberarnos del panóptico disciplinario, nos adentramos en uno nuevo aún más eficiente. A los reclusos del panóptico benthamiano se los aislaba con fines disciplinarios y no se les permitía hablar entre ellos. Los residentes del panóptico digital, por el contrario, se comunican intensamente y se desnudan por su propia voluntad. Participan de forma activa en la construcción del panóptico digital. La sociedad del control digital hace un uso intensivo de la libertad. Es posible solo gracias a que, de forma voluntaria, tienen lugar una iluminación y un desnudamiento propios. El Big Brother digital traspasa su trabajo a los reclusos. Así, la entrega de datos no sucede por coacción, sino por una necesidad interna. Ahí reside la eficiencia del panóptico”.

En las redes sociales, los usuarios creamos un perfil. Ese perfil es nuestra imagen, nuestra carta de presentación, nuestra identidad: lo “llenamos” de características propias como gustos, aficiones, virtudes, etc.; pero también lo llenamos de datos de índole más privada como fecha y lugar de nacimiento, teléfono, dirección, etc.; mismos que, sin remordimiento, los estamos compartiendo sin saber qué repercusiones podría haber al respecto.  Podríamos afirmar que simplemente se trata de un terreno virtual, de un terreno que utilizamos para divertirnos, para distraernos, para la ociosidad. Sin embargo, las redes sociales han revolucionado la manera en que los individuos nos relacionamos, nos comunicamos. Y esto ha abierto una brecha para pensar nuevas relaciones de poder.

¿Cuál es el eje que sigue el panóptico? La vigilancia. En términos estrictos, el panóptico disciplinario vigilaba sin ser visto. Es decir, los individuos se sabían vigilados porque ante ellos se encontraba una torre de control donde su interior se ocultaba. Bastaba con que el individuo se supiera observado para que los efectos del poder se manifestaran. “Para ello, Bentham ha sentado el principio de que el poder debía ser visible e inverificable. Visible: el detenido tendrá sin cesar ante los ojos la elevada silueta de la torre central desde donde es espiado. Inverificable: el detenido no debe saber jamás si en aquel momento se lo mira, pero debe estar seguro de que siempre puede ser mirado”. Así era el funcionamiento del panóptico: ver sin ser visto. El individuo: observado sin saber quién lo observa.

¿Será que queremos que nos vean? Quizá queramos ser vigilados, quizá nos guste ser vigilados. La torre central del panóptico disciplinario sigue aquí; representa todos nuestros amigos/contactos, ya que sabemos que nos están observando; sin embargo no sabemos en qué momento ni quién lo hace: pueden ser todos e incluso nadie. El poder sigue siendo inverificable y por eso sigue funcionando. Dice Foucault: “Hacer que la vigilancia sea permanente en sus efectos, incluso si es discontinua en su acción. Que la perfección del poder tienda a volver inútil la actualidad de su ejercicio; que este aparato arquitectónico sea una máquina de crear y de sostener una relación de poder independiente de aquel que lo ejerce; en suma, que los detenidos se hallen inscritos en una situación de poder de la que ellos mismos son los portadores. Para esto, es a la vez demasiado y demasiado poco que el preso sea sin cesar observado por un vigilante; demasiado poco, porque lo esencial es que se sepa vigilado; demasiado, porque no tiene necesidad de serlo efectivamente”

Así pues, no sólo es sabernos vigilados, querer que seamos vigilados, exponer todos nuestros secretos. Aquí la cuestión también circula en que, al mismo tiempo que el individuo es vigilado por la torre central conformada por nuestros contactos, somos nosotros, a su vez, contactos de nuestros contactos, conformando una relación doble: vigilado y vigilante. Si bien es cierto que somos observados, nosotros cumplimos la misma función: observar. Y entonces se suscita una nueva manera de analizar el panoptismo. Si la vigilancia consistía en ver sin ser visto y esto permitía la disciplina de los cuerpos, la “torsión” dentro del mismo dispositivo ha permitido que el sujeto sea objeto voluntario de la mirada del otro. Se ha creado una nueva forma del dispositivo de vigilancia que ha pasado de privilegiar el ser visto sin ver, al mostrarse y el “goce” de ver. Todos queremos que nos vean y todos queremos ver: los individuos que utilizan las redes sociales devienen sujetos vigilados y sujetos vigilantes.

Bibliografía:

  • Constante, Alberto. Las redes sociales. Una manera de pensar el mundo, México, UNAM, 2013.
  • Chul-Han, Byun. Psicopolítica, Barcelona, Herder, 2015.
  • Foucault, Michel. Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, México, Siglo XXI, 2014.
  • Lazzarato, Maurizio. La fábrica del hombre endeudado, Buenos Aires, Amorrortu, 2014.
  • Lipovetsky, Gilles. La felicidad paradójica, Barcelona, Anagrama, 2013.
  • Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral, Madrid, Alianza Editorial, 2011.

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