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Por: Carmen Luna

Ilustración por: María Mayalen Puente Manríquez

Y aquí, dónde la UNAM ha venido regalando el espíritu, a partir de mañana, y mientras algún millonario erige algún bello condominio, mañana se regalará cascajo.’

–Salvador Novo, 1 de julio de 1963, sobre la demolición del teatro El Caballito.

Antes de mi llegada, nunca había visto que se tratara a un edificio con cariño.

La colonia Roma, con su variada oferta cultural, albergaba la sede de una compañía teatral en la que se impartían cursos y clases varios, además de funciones de teatro que protección civil obligaba a hacer de ‘entrada libre y cooperación voluntaria’ por falta de una escalera de emergencia adecuada.

Era sábado por la mañana y (cosa rara) se me había hecho temprano, así que empecé a limpiar en espera de mis compañeros. Como ocurre en los lugares donde los recursos humanos y materiales no son precisamente abundantes, limpieza, movilidad y labores manuales varias son llevadas a cabo por becarios a cambio de clases que de otra forma no podríamos pagar. Preparé lo que pude: cubetas, Fabuloso, los dos trapos y un jalador.
El ruido del agua contra el plástico me resulta inusualmente estrepitoso; no había reparado en ello, pero el motivo era que no había otros sonidos. Esteban se había marchado tan pronto me abrió y no parecían haber empezado los preparativos de la función de la una treinta, así que probablemente estaba sola. De súbito, el lugar pareció más grande.

Mientras trapeaba decidí abrir la puerta y me recibió una corriente de aire que entraba con dirección al patio interior haciendo el sonido de una inhalación. Por un momento, el edificio pareció tremendamente vivo.

La primera vez que lo vi pensé en un animal grande con una boca roja de zaguán -quizá una ballena- y recuerdo que la combinación de colores me pareció inusual: Rojo primario, lila-lavanda, negro y blanco. Sabía que había escuchado el nombre en las clases de filosofía de la prepa, aunque el significado estaba debajo de varias capas de datos aislados sobre pensadores presocráticos.
Se veía pequeño, grietas decoraban sus paredes, tenía manchas de humedad permanentes y pese a ello, lucía inesperadamente pulcro.

Entré a trabajar, más o menos sin invitación, unos meses después de visitarlo por primera vez, bajo circunstancias tales que hubiera denominado ‘destino’ o alguna otra cosa mística por el estilo si fuera yo más espiritual.

No descarto también que llevara mucho tiempo buscándolo sin saber.

Un saludo me sacó de mis pensamientos; no había escuchado entrar a una de mis compañeras que me estaba dejando preparadas las cosas necesarias para hacer recepción. Mientras acomodaba, hablaba emocionada de todo lo que había pasado en su semana y las varias actividades que le correspondía hacer ese día; entre tanto, yo asentía entre feliz de verla y abrumada por la cascada verbal. Tan pronto acabó, se dispuso a subir las escaleras a toda velocidad para empezar el montaje de la primera función.

Justo antes de dar la vuelta, dijo: ‘Por cierto, qué bonito.’ y entonces supe que había vuelto a cantar sin darme cuenta.

En el piso, durante la limpieza, había barrido una de las encuestas que damos al final de cada presentación para que el público nos dé su opinión. Ésta llevaba escrito un comentario que recibimos con cierta regularidad, al menos cada tres meses: ‘La obra bien, pero hay muy poca escenografía y deberían arreglar el edificio’. A mí esas notas generalmente me hacen gracia, vaya, como que han de pensar que somos muy densamente miopes o que trabajamos borrachos como para no notar solos el estado del edificio, pero nuestro director suele tomárselo un poco más personal, con una mezcla de sorna e impaciencia ‘No están viendo…’ dice, porque hay un factor tremendo de desesperación en poner todo para generar una puesta en escena preciosa y que alguien le dé más importancia a que en el piso de abajo las baldosas se estén despintando.
Se me figura algo así como ir a un restaurante de carne argentina y quejarse de la falta de opciones veganas: Es bastante obvio que no es a eso a lo que nos enfocamos.

Como sea, no estaría mal para variar, hacer una de esas superproducciones espectaculares en las que la escenografía y el vestuario asombran o arreglar el edificio para que no tenga humedad y grietas (o mejor aún, comprarlo), o al menos poder cambiar la escalera para cobrar por la entrada ¡O mejor aún, todo lo anterior!

…Soñar es gratis, llevarlo al hecho no. Dicho en la jerga de internet “ :’v ”

En la práctica, “Deberías dedícate al teatro, ahí es donde está el dinero”. No es algo que las personas digan, o al menos no sin sarcasmo. Aunque se puede vivir del teatro y hay personas que prueban que es posible ganar un sueldo tremendo (OCESA y La Compañía Nacional, por ejemplo, que hacen montajes espectaculares y ganan cifras de varios ceros), lo normal no es que alguien entre al medio pensando en amasar una gigantesca fortuna. Digamos sencillamente que la necesidad es otra.

El resultado es que en México (aunque dudo que sea el caso exclusivo de México) el teatro, incluso el profesional, se hace con poco, genera poco y aunque los ciudadanos estamos llenos de espacios para el teatro y la cultura, rara vez los aprovechamos. Desde el interior de la comunidad se ha intentado buscar una explicación a este fenómeno por años, actualmente todavía está de moda responsabilizar a la televisión como alguna vez se culpó al cine, pero hay escritos de 1800 en los que ya se habla de ‘la crisis del teatro’, y si he de ser sincera, las razones que se usan para intentar explicar por qué no llega gente, no son muy distintas a las que apelan mis contemporáneos del 2016: Se culpa a la juventud y a su degeneración, a la crianza de los padres modernos, a las escuelas, al gobierno, ya sea por falta o exceso de subsidios, a las novelas…
Para explicar la falta de público, de entrada, se responsabiliza exclusivamente al público (porque claro, los que están mal deben ser ellos, no nosotros) se utilizan las justificaciones más extrañas; uno de mis profesores vinculaba los videojuegos y hasta el twerk, y hay compañeros míos que, pese a no contar con veinticinco años, ya dicen que el público no asiste al teatro porque es inculto, porque no tiene gusto, porque piensa que es ‘de ricos’ y eso le genera resentimiento social (¿en serio?), porque tiene el cerebro lavado, por la enajenación que genera el Facebook, que la culpa es de los teléfonos, que porque hoy en día ya nadie quiere tomarse el trabajo de pensar, porque los medios de comunicación masiva lo dan todo fácil… y tantas, tantas otras cosas que a Dios gracias que no se decidió incluir en la lista también a la liberación sexual femenina o al calentamiento global.

Sea por el motivo que sea, si no hay público, no alcanza para luz, renta y otras cosas de las que depende un teatro para funcionar. Si no hay público, se empiezan a cerrar los teatros.

Y yo hubiera querido gritar “¡Pero tenemos público! ¡TENEMOS PÚBLICO!” e igual no hubiera importado.

Mi teatro, al igual que la mayoría de teatros de entrada libre, –afortunadamente- suelen contar con asistencia regular, y además tengo la suerte de que las obras que hemos presentado son del agrado del público, así que las personas casi siempre regresan, sin embargo, al no poder vender boletos, nuestras ganancias nunca son constantes y dependen por completo de la generosidad del público en turno, como en todos lados es rara la función en que contamos con casa llena, y como le ocurre a todo el sector entretenimiento, somos los primeros en sufrir los embates de una situación económica difícil… y aun así, siempre tenemos público.
¡Tenemos público! ¡NOSOTROS TENEMOS PÚBLICO!
¡Tenemos público…
…Y a veces no nos retrasamos tanto con la renta…

Aún con público y con renta, nos desaloja el dueño porque somos menos rentables que construir un conjunto departamental. Y eso es verdad.

El Bicho, El Foro Shakespiere, Carretera 45… empiezan siempre a cerrarse los teatros pequeños, que son los menos rentables, los más improvisados, los más nuevos, los locales adaptados o muy ‘alternativos’, donde se presentan los recién egresados de las escuelas de teatro, los textos muy experimentales, las propuestas escénicas de gente que aún no es famosa o de quienes se jactan de ser incomprensibles hasta para su propia madre, vaya, todo lo que no es conocido, grande y famoso -que ‘conocido, grande y famoso’ no es, para bien o para mal, un juicio de calidad, sólo de dimensión presupuestal-.
Empiezan siempre a cerrarse los teatros pequeños, pero no se cierran sólo los teatros pequeños y ya van tantas veces que leo sobre el cierre de un foro ‘Se va a tirar para hacer departamentos’, que si alguna vez llego a mudarme a un departamento, dormiré de por vida preguntándome si alguna vez hubo ahí un foro.

El rechinido de la puerta interrumpió mi ensimismamiento y de un salto me acomodé en la posición frente al mostrador que sabía que debí haber estado ocupando para recepción, pensando que se me pudo haber hecho tarde, miré el reloj y afortunadamente no. En seguida se hace oír el tempo ternario de unos pasos con bastón sobre el pasillo.

-¡Bienvenido Maestro! – Dije con toda la alegría que pude y él respondió al saludo inclinando su sombrero con elegancia. Sus pasos sonaban distinto y es él quien suele decirnos en clase que cada emoción tiene su propio ritmo: Seguía enojado.

Unas dos semanas antes, en una junta nos había dado la noticia de que el dueño del edificio había tomado la decisión de convertir su pequeño edificio ruinoso en un conjunto departamental lujoso y se negó a vendérnoslo pese a la insistencia de mi Maestro: el plan era demoler y empezar de cero.
Mejor para él, tendrá más dinero y mucha gente, un lugar para vivir.
Es su edificio y está en su derecho.
El resto son apegos nuestros, eso es cierto, porque es sólo un edificio, porque la compañía sigue con o sin él, y porque lo vivido lo llevamos con nosotros… ¡Pero nos ha abrigado tantas veces!

Tantas, que es difícil… Es decir, es difícil pensar no sólo que nos vamos, sino que esta pesadísima mole roja, y negra, y blanca y lila en la que hicimos tantas cosas, en la que aprendimos tantas cosas, sentimos tantas cosas; en este lugar en el que amamos tanto, que estuvo aquí antes de que cualquiera de nosotros hubiera nacido y que parecía prometer sobrevivirnos, va a dejar de ser y de estar.
Pasamos tiempo aquí, trabajamos aquí, vivimos aquí: ¡Estuvimos vivos aquí!
Quizá una parte de nosotros simplemente asumió al edificio como parte de esta vida, pese a ser sólo el envoltorio. Envoltorio. ¿’Envoltorio’? Mi parte menos fría quiere cambiar el término por ‘Recinto’. ¿O ’Refugio’?
Después de todo, algo hay de eso: un lugar donde el contenido, trabajo y amor están seguros.

Desearía ser más espiritual de lo que soy para poder decir alguna cosa como que las personas sentimos que los lugares donde amamos son sagrados… Como sea, no lo soy y nunca se me ocurriría algo así.

Una gota negra se hizo presente sobre el cuaderno de reservaciones, manchándolo de delineador y delatando mi estupenda ocurrencia de ponerme emocional quince minutos antes de recepción, así que tuve que ir corriendo a retocarme el maquillaje para que el público de la una treinta no pensara que dejaron al Guasón (de Heath Ledger, obvio) como encargada de sala de espera.

Baja Eri y me dice que es hora de abrir al público mientras algo en mi interior se frunce con una especie de náusea horrorizada, Eri sonríe emocionada y le respondo la sonrisa, más tranquila. Para mí ‘La función de la una treinta’ es una frase que en mi interior es recibida por efectos sonoros de película de terror; se trata de la función infantil, y si he de ser honesta, no me mata de emoción recibir el escándalo de kínder que se hace todos los sábados. Eri, en cambio, parece disfrutarlo; ella escribe y actúa principalmente para niños, sin saber que admiro inmensamente la paciencia y el amor con el que trata a su público.
Al correr la puerta recordé las primeras veces. Creo que también me estoy haciendo más paciente.
Nunca es tan malo como parece justo antes de abrir la puerta.
Quizá un día también yo pueda ser así.

Llega el público en unidades sueltas los primeros minutos y sin darme abasto en los últimos. Entran. Salen. Como siempre. Pero esta vez es distinta, hay algo incómodamente ‘terminal’ en la imagen: no es algo que veré muchas veces más.

Una de mis amigas iba a salir una hora después de clase, así que me propongo esperarla. Mientras tanto, me planteo seriamente que quizá mostrarle la crónica sobre la demolición del teatro El Caballito en este punto de conciencia sobre la demolición inminente del nuestro es el tipo de ideas a las que debería escribirles sobre mi memoria ‘¡Nunca otra vez en tu perra vida!’ en rojo.
Es una crónica que aplasta el alma, Dolores Carbonell –creo que es ella, aunque no lo aseguro- menciona que de un tiempo para entonces se han estado cerrando varios teatros para hacer departamentos y que el que seguía era El Caballito, uno que significaba mucho para ella, y de cómo sus amigos, uno por uno, se despedían.
¿No suena familiar? Si el siguiente no fuera el mío, soy tan cruel que hasta lo encontraría gracioso.

Yo ni me hubiera imaginado que en la calle de Rosales pudiera haber existido una vez un teatro y no escuché jamás del teatro El Caballito hasta recientemente en la clase de Historia.
Una vez la calle Rosales tuvo un número 26 por el que jamás me pregunté, y fue un teatro así, pequeño y subestimado como el mío, al que muchas personas le dedicaron mucho de su tiempo y cariño, del que hoy no queda más que una crónica de tres en un libro que a casi nadie le importa leer. Aunque en ese teatro enseñaron maestros de la técnica y presentaron clásicos, aunque de ese teatro salieron muchas personas que hoy son importantes en la literatura y la historia, nadie lo recuerda…
Rosales número 26. El 26. Soy mala con los números. 26. 26. 26…
26: Haré un esfuerzo por no olvidar.
Si de lo que sentían sólo queda eso, que quede un poco también aquí.
En cuanto salió mi amiga, fui a abrazarla fingiendo estar menos abatida de lo que estaba en realidad. Ella no se veía mucho mejor de lo que yo me sentía, así que mejor no dije nada; había algo en el silencio que sabía mucho a lo dicho por Novo, a lo escrito por Carbonell.
¡Desearía saber hacer algo más útil que escribir desesperadamente para intentar que algo permanezca!
Pero no se puede. Dios sabe que no se puede.

El último día, de lejos, Facebook me muestra una foto del 319 por fuera y un poco más abajo una panorámica preciosa que resume seis años de trabajo. Nos vamos, pero no todo pinta para ser tan amargo. Después de todo, la compañía somos nosotros y no el teatro.
No hay rencor en sus caras, como hubo amargura en el discurso del primero de junio del ’63 y toma su lugar una gratitud nebulosa hacia el edificio, que pese a todo, una parte animista e irracional mía a veces percibe como un ente vivo.
Conseguimos nuevo lugar por Vértiz, pero no vamos a olvidar.

No sé por cuanto más tiempo, pero existe un edificio rojo, pesado y algo feo en el 319 de la calle de Monterrey en el que pasaron cosas asombrosas durante seis años, así como alguna vez hubo un teatro diminuto en el número 26 de la calle Rosales del que no quedan más que algunas fotos, registros muy vagos y una crónica que la tercera parte del grupo no leyó.
¡Quiero recordar! ¡Rosales número 26! ¡Rosales 26!
¡¡¡26!!!
¡Ojalá que alguien quiera alguna vez recordar!
26, 26, ¡26!… 319.

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