Saliva decadente

Por: Héctor Mondragón

El despertador poético

Son las 21.00 h, y las palabras vuelan sobre las cervezas y el café. Para la cena: letras varias, usted las acomoda. Un espacio, sin embargo, de libertad, donde, bajo la seda nocturna, el tiempo es la bocina a través de la cual se escucha lo que «nadie quiere escuchar»: la realidad.

Ashauri López, de la clica Bala Fría, ha moderado el evento de esta velada, edición navideña de una reunión que se realiza mensualmente en el café Bandini, ubicado en Bucareli, 69-A.

Pronto, el fuego se hace presente. El oasis de las palabras no quita la sed, provoca más. El oasis nos ahoga, y escribimos más y más. Rap, slam, poesía formal o la cursi declaración de amor, todo se puede encontrar aquí. Las mentes se abren para recibir las historias de los demás. Los relojes se paran para recorrer el tiempo del que ha decidido leer sus segundos. La poesía es la mano con la que podemos explorar las entrañas de quienes comparten el espacio.

Poetas urbanos como Gisel Jiménez, Daniel Flores, Carlos Wieder o el argentino Francisco Paparella se han dado cita en el recinto vigilado por el reloj chino para bailar en sentido levógiro, para ir contra la corriente: para ser libres.

El poeta Carlos Wieder en el micrófono.

Mockingbird wish me luck

El sexo y las drogas parecen ser un tema recurrente. Símbolos de la decadencia, símbolos de libertad, en todo caso, signos en rotación. En la segunda ronda, Carlos Wieder se opone (insertar liga hacia su poema). ¿Somos adoradores de la decadencia?

“I am too sick to lay down

the sidewalks frighten me

the whole damned city frightens me,

what I will become

what I have become

frightens me.”

(A free 25 booklet)

Es cierto que entre los poemas escuchados hubo de todo; sin embargo, es notable la propensión de algunos artistas a escribir sobre temas, en cierto sentido, negros. Tengo miedo de que Bukowski sea símbolo de la decadencia. Youporn, bragas, nalgas, vaginas y vergas son motivos de refugio; yo siento miedo, la realidad me aterra: ¿Bukowski es en realidad tan malo? ¿Qué estamos haciendo con las palabras? Parecería que sólo se trata de la libertad expresada, sin embargo, podemos llegar con ello a una contradicción que deriva del espejo que representa la literatura underground actual cuando se encuentra con la denuncia que sobre ella se hace.

Tengo miedo, y el miedo me redime. Tenemos miedo, y lo escribimos en las paredes. Candy, Candy, Candy. Mis dulces se acaban rápido en la noche. Lo dulce aparece como la sal que provoca más sed: el impulso para algunos escritores, el fin para otros. El miedo a la realidad, que es nuestra única fuente.

Charles Bukowski declara haber comenzado a escribir a los 35 años. Poeta de la decadencia, es en realidad, el poeta de una juventud eclipsada que no se quiere terminar; justifica su ingenio, y su dolor: se adhiere al pasado, y se ahoga en las largas noches de vacío.

“…they have aged

badly

because they have

lived

out of focus,

they have refused to

see.

not their fault?

whose fault?

mine?…”

(Be kind)

Dulce es la subida; dolorosa la bajada. Cuando la cosa se invierte, la realidad de Bukowski no es la misma que la que criticamos, luego, la realidad es nefasta: la juventud ni siquiera ha comenzado. El invierno, que se representa en la película Candy (2006), se vuelve un infierno al cual se aspira. Se evade la realidad mediante una poética que se sujeta a un pasado que no se ha presentado, y se tergiversa a Bukowski al presentarlo más negro de lo que es, suponiendo que fue un poeta que sólo habló de la muerte, del sexo y de las drogas.

Si bien los temas llegan a hartar, esto se debe a que la realidad nos harta, y la escupimos. Ponemos «epitafios» en nuestros desiertos para que éstos sean poblados. No se recuerda que es posible «vencer a la muerte en vida» (The laughing heart), y el vacío llena las alcobas, las hojas, las historias, y las mata. «Todo está muerto».

“… your life is your life, // don’t let it be clubbed into dank // submission //be on the watch // there are ways out…”

(The laughing heart)

La repetición los hace siervos, los arrastra. Hablar de ésta implica pensar que alguna vez hubo brillo. No hay decadencia porque nunca hubo brillo. Cuando se acusa de sólo leer a Bukowski, y se defiende la lectura solitaria de éste, queda clara una cosa: no hemos leído –lo suficiente- a Bukowski, y  no hemos escrito -lo suficiente- para superarlo.

No podemos adorarla porque sólo nos hemos dedicado a repetirla. Bukowski lo temía:

“…age is no crime

but the shame

of a deliberately

wasted

life

among so many

deliberately

wasted

lives

is.”

(Be kind)

Esta repetición entraña una contradicción, puesto que querer hablar de sexo y drogas implica, en el imaginario juvenil, rebeldía; la circunstancia es absurda y penosa. La juventud que se rebela tiene miedo, la juventud que repite, duerme, duerme, duerme, y está muerta antes de vivir.

Una  satisfacción sana la tristeza que la histeria monótona me deja. Quedan espacios para no dormir, y despertar; para gritar y debatir a través de la poesía.  Y hay tiempo, antes de que el gato asuma, entre su dientes, las burlas de los pájaros de cuatrocientas voces.

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