Aurora et procellam

sé que quisieron esclarecerme mediante el Vacío, y que me negué a que me esclarecieran. Si se hizo de mí una hoguera fue para curarme de estar en el mundo. Y el mundo me quitó todo. Luché para tratar de existir, para aceptar las formas (todas las formas) cuya delirante ilusión de ser en el mundo recubre la realidad.

Antonin Artaud.

Era de esperarse el juicio intempestivo de la sociedad hacia Fede Guevara (como es nombrado en Facebook). Su crimen –expiado a propia mano- fue el de arremeter a tiros contra sus compañeros escolares. Sin embargo, la conmoción no proviene del hecho en sí, sino de sus efectos sociales. No es raro encontrar indignación, causada por la difusión masiva del video que muestra la escena. Video acompañado de imágenes de rostros carentes de vida rodeados de sangre. Las redes fomentan la violencia, enunciado repetido incontablemente en voces de distintas trincheras. Parece que se olvida el hecho primordial y se aborda lo explicable. A Federico se le acusa de depresivo, víctima de abandono y violencia: con esto se justifican sus acciones y dejan de tener estrellato en la trama social. En este caso, los hechos que siguieron tras la finalización del festín fueron el objeto de reproche: surge el trending topic de apoyo a sus actos, incitando y promoviendo su repetición. Se exclaman alabanzas a la valentía de aquel muchachito de la calibre .22. /Él no es malo, él es víctima y anormal./ La maldad está en aquellos sujetos, moralmente conscientes, que solapan su caridad.

Empero, lo que realmente vale de este acontecimiento no son las categorizaciones morales posibles. Su existencia se torna valiosa a partir de la dimensión estética. El acto, imagen-movimiento de la cual fuimos espectadores, es una obra de arte. Obra en la cual nuestro quinceañero se constituye héroe y luego se canoniza caballero de fe. Es peculiar que Guevara experimente todos los estadios de la existencia en un breve transcurrir del tiempo. Breve en referencia a nosotros, alineados al tiempo-capitalista, detallado por la premura y la banalización del ocio; apremiado por la fugacidad y ausente de molicie extática. ¿Qué pensamientos cruzan por la mente de alguien que acaba de disparar a la cabeza de varias personas y prepara el tiro final? Quizá durante el grado cero anterior a la muerte voluntaria es cuando su cuerpo se llena de órganos y realmente es. Se intuye a sí mismo durante el acontecer estético. Ya no es relevante su pensamiento, sino la sensación pura encontrada frente a la irracionalidad más beligerante –como personaje pensado por Genet-. Se encuentra a sí mismo siendo obra y acontecer estético. Se libera en el salto de fe hacia la muerte. Para sí mismo es totalidad, para nosotros aisthesis.

Como toda obra, lo bello está en lo oculto. Aquello de lo cual no nos percatamos racionalmente, pero instiga los impulsos más primitivos. Pero también su obra le pertenece al registro de lo sublime. Lo más cercano a la frontera entre lo real y lo imaginario. Encuentra su diferencia en el emplazamiento. Y es que es una alteración total del proceso cotidiano. Fede, por un momento, se ausenta de su personaje cínico para personificar al romántico. Salta de la silla del juez y se coloca en el lugar del actor. Lo bello se ordena en las sensaciones orgánicas que se apoderaron de su cuerpo durante el encuentro con la muerte –autenticidad del ser que corre hacia la muerte-, sensaciones transferidas a los observadores. Lo sublime, semejante a la belleza, se da en intención hacia los otros, en alterar su condición comodina. La escena es sublime en cuanto aurora de posibilidad mundana de ser. Posibilidad oculta por nuestra ceguera victoriana de inhibición al impulso. Como todo momento estético, acorrala al cuerpo en sensaciones avasallantes; empujando a los decadentes fuera del principio de la realidad. En vez de preguntarnos qué pasaría si mi hijo hubiera sido la víctima, deberíamos cuestionarnos cómo se siente ser el victimario. Pregunta realizada en silencio, alumbrada por el atropello de la aurora estética y encubierta por nuestra razón.

Federico, asimismo, es un héroe. Había escuchado por ahí que ya nadie cree en la narrativa de los héroes. Que es un arquetipo olvidado por la sociedad. Pero, este chico, de gustos cotidianos, se corona como un héroe irracional. Es el héroe que libera a sus espectadores de la maldición moderna: la razón. El suicidio es el bautizo del héroe. Sucumbe ante la impresión de la irracionalidad, arrojándose al vacío del sinsentido. Se libera, creando la situación adecuada que hierve el corazón de sus espectadores. En la impresión de esos breves momentos en la conciencia de la audiencia es cuando el acaecer rompe con toda racionalidad y el sujeto pasivo (vidente de la transmutación hombre-absoluto) no puede recurrir a ninguna otra respuesta distinta a la náusea. El corazón se acelera, inundado por la sensación de lo siniestro: somos incapaces de asimilar la experiencia. La razón no es capaz de entender el sacrificio en honor al espíritu absoluto. En su condición como tributo al eidos, se aprehende como constitución ajena. Otorga su cuerpo, en lo real, como lo hizo anteriormente en lo simbólico. Cuando asesina, es otro el que asesina; cuando se suicida, es otro quien lo asesina. El discurso del Otro, que es el inconsciente, lleva al acto la fantasía recurrente. Como es otro, el inconsciente, el que motiva la acción, él no es –en sentido estricto- dueño de su porvenir, es la víctima del destino.

Pero la condición central para convertirse en héroe no está en la dimensión simbólica del acto, sino en el fantasma que cubre sus movimientos, fantasma que a su vez abraza a los espectadores. Para convertirse en salvador, los mártires de su sacrificio han de sentirse salvados. Simbólicamente, Guevara es Cristo. Como situación, es el hiatus que nos encuentra con la radicalidad de nuestras ideas operantes. Como personaje, es el heraldo de la demanda del imaginario social. Nuestra existencia se sitúa en el límite del proceso históricosocial que llamamos modernidad, mirando del otro lado de esa delgada línea todo lo considerado posmoderno. Guevara nos muestra el devenir de los nuevos significantes. El abandono de la razón está en función a la víscera, el vacío, la ruptura con los moldes sociales, la multiplicidad absurda de interpretaciones. Lo que antes era patológico, ahora es tolerable. Guevara es un héroe, no es psicópata ni homicida. Él se sacrifica para evidenciar los pecados de nuestra sociedad. El hombre se dona a sí mismo como vicio y virtud, pero en la actualidad se venera el vicio, transmutando éste en virtud.

Fede, al lanzarse al vacío del suicidio, se entrega al absoluto. El absoluto encarnado en Dios. Dios fantasmagórico estructurado como inconsciente, ligado al gran Otro. Dios es institución de relaciones, diferencia y repetición social: es el magma de significaciones que cubren el mundo. Dios deviene posmodernidad. Dios está en todas partes y en todos nosotros. Si la posmodernidad se significa a partir de la formación del delirio narcisista de autenticidad, ese delirio estructura nuestra realidad. La realidad más real está en el suicidio, el acto narcisista por antonomasia, encuentro directo con la libertad. Acto inmediato por el cual se descarga la totalidad de pulsiones. Salto de fe hacia un nuevo horizonte. Liberación de las cadenas más férreas de la vida. Su imagen-movimiento, que queda soldada a la historia, se vuelve producto y proceso: comediante y mártir. Símbolo de nuestro futuro más presente. Ideal al que aspiramos sin concientizarlo. Signo de los procesos naturalizados.

Así como el signo de Fede fue juzgado por la sociedad, él sentenció a la sociedad. Sentencia ubicada más allá del bien y del mal. Él es el superhombre, el hombre extraordinario, el extranjero. El hombre que no necesita justificaciones. Sin embargo, el juicio social se ha obsesionado por encontrar cavilaciones que interpreten su postura existencial. Ya sea la depresión, el bullying o la violencia intrafamiliar, es posible determinar los factores personales que lo orillaron a lanzarse al abismo. Enunciados explicativos que encuentran su funcionalidad en ocultar los factores estructurales que crean sujetos como éste. Él es conciencia históricamente constituida, sus condiciones de ser se enmarcan en lo que socialmente se presenta como posible y deseable. Nuestra estancia común está marcada por la tormenta de la normalización de la violencia. Él, como hombre, se vacía de móvil in concreto, pero como personaje encuentra su justificación en el destino. Se constituye en la moralidad que construimos inconscientemente más allá del bien y del mal. En esa moral ausente de prohibiciones. Destino trágico, es Abraham e Isaac al mismo tiempo: pero su Dios es menos benevolente y demanda sacrificios de carne humana.

El acto de Guevara es aurora que ilumina el cielo, visibilizando la tormenta que se acerca. Tormenta originada en las cualidades de nuestra sociedad, en sus arranques persecutorios, narcisistas y libertinos. La búsqueda del abandono de la ley del padre, la absurda libertad, nos lleva a solapar actos de esta magnitud. ¿Por qué solapar? Evidentemente, la culpa no la tiene exclusivamente el que asesina, el que no hace nada o el que le otorgó el arma. La culpa es universal. Nuestro pecado originario como especie no ha sido condonado. En vez de idealizar la autonomía, luchamos por el derrumbe de toda ley. Escupimos en nombre de la normalidad y nos entregamos a la descategorización absoluta. Guevara es un héroe constituido en el sacrificio en son de iluminar estéticamente nuestra condición existencial actual: el nihilismo.

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