La desfachatez de la utilidad

Respuesta a Los lugares inútiles de la política de Frida López

Por: Ricardo Iván Vázquez López

La vida justifica, no tiene necesidad de ser justificada.

Gilles Deleuze

Es posible negar nuestra condición cínica. Incluso, para muchos, es más adecuado esconder las auténticas pretensiones en favor de los modos formales. La constancia crea el hábito. De tanto repetir la negación, su objeto desaparece. En realidad, se oculta detrás del velo blanco creado por plumas de lechuza: la sabiduría. Empero, como evitar el sol con la vista no implica que deje de brillar, negar nuestro cinismo no nos vuelve románticos.

En realidad, cinismo es la forma en la que englobamos todas las acciones desvergonzadas. Siendo que la ley es el fundamento de toda vergüenza. ¿Qué es lo biológico: la perversión o la vergüenza? Parece ser más creíble el carácter natural de la búsqueda de placer que de recato. Cuando negamos nuestra posibilidad de cinismo, negamos nuestra naturaleza.

Nuestra naturaleza tiende al placer, entendido como la distensión del cuerpo. Ya el Dr. Freud nos recomendaría que de vez en cuando nos permitamos un poco de pecado. Nuestro cuerpo tiende a la agresión y a la sexualidad, objetivos idénticos de la censura. En sociedad, ser polígamo y agresivo es aplaudido a distancia y rechazado en cercanía. Ser cínicos sería mandar al coño la moral, de vez en vez, para encontrarnos con el placer.

Ulises, sufriendo amarrado –por propia voluntad- al mástil de su barco mientras las sirenas cantan, es paralelismo justo al hecho de encerrarnos en (pre)juicios reflexivos censurando nuestras pulsiones.

Ya Freud encontraría una forma en que la civilización evita el sufrimiento. Hay ciertos sujetos en el mundo que se aíslan para evitar los horrores del mundo. Pero cuando nos encontramos encerrados en nuestro cuarto 4×4 la aburrición hace gala de presencia. No nos queda otra opción que entablar un monólogo con nosotros mismos. Entrar en relación conciencia-conciencia, reflexionar. Sin embargo, ya advierte el psicoanálisis que esta conversación, así como el aislamiento en sí, es mera ilusión.

Cuando nos aislamos del mundo, más que separarnos de él, tomamos una postura política distinta. Una postura de irresponsabilidad. Aquellos hombres estériles e indiferentes serían increpados por Sartre. El que calla, está gritando. Es por eso que la filosofía no es el discurso ligado al silencio, pues ésta siempre habla. En dado caso, lo más cercano al silencio es la música. Aquella que realmente ofrece una terapia a la liberación. Aislarse también es un modo de hacer política, y una manera muy eficiente.

¿Es posible hacer política desde la reflexión? Podemos ahorrar la argumentación aceptando que la reflexión en sí misma es política. Cuando Žižek enuncia: “En el siglo XX, quizá, nosotros tratamos de cambiar el mundo demasiado rápido. El tiempo es de interpretarlo de nuevo, de empezar a pensar”, lo que hace es poner en duda la unión entre reflexión y acción: poniendo de cabeza la dialéctica marxista, regresando a Hegel.

Ya sucede que cuando caminamos, hablando con alguien, es imposible pensar a la vez. Nuestro diálogo tiende a la opinión inmediata. Así es la política. No siempre hay tiempo de pensarlo todo, nuestro interlocutor no va a tener la paciencia de sentarse a vernos reflexionar el siguiente punto. Incluso, a veces las mejores disertaciones aparecen como por arte de magia, en plena discusión sin previa planeación. Feyerabend se enorgullecería de nosotros.

Ya sucede que una actitud política recomendada es optar por la formulación de Bartleby: would prefer not to. Oración que ni es negación ni aceptación. La acción política, realmente madura y fuerte, debe de ser neutra en ese sentido. Es una posibilidad. Ni es, ni no es. Pero en forma, es inútil para un proyecto en específico. El preferir no hacer algo es una inutilidad, a ningún proyecto político le funciona. Sin embargo, es una acción política con verdadera incidencia.

Recordando a Melville, podemos aprovechar y buscar en la memoria a Deleuze. Ya menciona que la literatura francesa e inglesa siempre tiende a la racionalización, a explicar las razones de los personajes. Tópico de oportunidad para los psicoanalistas. Sin embargo, la vida cotidiana nos arroja experiencias que sólo podemos reflexionar tiempo posterior. Incluso, si nos sentamos a pensar antes de actuar, nos encontramos frente a la sorpresa y la contingencia. Ya sucede que el Estado comunista, un proyecto científico y bien planeado, terminó por empobrecer –más- a los Rusos.

Regresando a Ulises, recordemos que le paso a los troyanos que en su ausencia de acción se sentaron a pensar en una tregua cuando apareció el caballo. Ya se me acusará de ser incapaz de distinguir la guerra de la política. Sin embargo, sólo ante los testarudos y los mojigatos, la política y la guerra no son caras distintas de la misma moneda.

Con eso, pensemos, ¿qué sucedería en la guerra si nos sentamos a reflexionar? Bueno, los oportunistas no van a faltar. Eh, claro, hay sitios para pensar, pero nunca en medio de la batalla. En medio de los zarpazos del enemigo, es imperante fundirse con el arma y permitir la acción natural y elocuente. Al final, somos agresión innata. Los que niegan este punto no pueden más que causar tanta ternura como los ‘polemólogos’ a Hannah Arendt.

Y hablando de Hannah Arendt, quisiera hacer una cita: “La furia brota sólo cuando se sospecha que las condiciones pueden cambiar, pero quedan iguales. Sólo reaccionamos con furia cuando se ofende nuestro sentido de justicia, y esta reacción no refleja necesariamente un daño personal”. Y siguiendo “la furia y la violencia (…) figuran entre las emociones humanas ‘naturales’: curar a los hombres de esas reacciones significaría nada menos que deshumanizarlos”.

No quiero que se interprete esto como una apología a la acción irracional. Simplemente el reconocimiento del contexto. El silencio y la meditación se acoplan perfectamente a tiempos de tranquilidad, el entusiasmo y la inconformidad frente a la turbulencia. Sucede que al aislarnos, la oportunidad de reflexión es más inmediata. Cuando estamos luchando, el cuerpo reacciona con adrenalina y dopamina, preparando al sujeto para defenderse o huir.

Hay que pensar también en los existencialistas: la eterna reflexión es la salida de los cobardes. Hay que ir y venir. Pensar lo que realmente ocurre en el mundo y no fundar idealismos imposibles. Maquiavelo anuncia su “ver  las cosas como son y no como queramos que sean”, sus consejos científicos deberían ser más famosos que los políticos.

Sin embargo, si algo dejó Maquiavelo al mundo, es la aceptación del cinismo humano. Cinismo irracional que va de palabra a acción. Morir en la condición ausente de reflexión no es morir en el absurdo. Es justo lo contrario, es la muerte estética. La muerte por lo que creemos. ¿Acaso la única muerte que vale es la que le es útil a alguien? Infame utilitarismo. Es cinismo bien disfrazado. Como la esclavitud en la época victoriana.

Ahora, ¿logramos algo reflexionando sobre la política? Divertirnos, sí. Tener algo en que gastar el dinero, sí. Pero la situación gubernamental sigue intacta. La Revolución Francesa logró más en nombre del racionalismo que la publicación del discurso del método. Pero la verdadera pregunta: ¿Lograron algo los actos de vandalismo? Los inútiles actos de vandalismo lograron hacernos reflexionar.

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