El hombre

Por: Misael Maqueda

Ilustración por: María Mayalen Puente Manríquez

Ganador del Primer concurso de cuento corto

When the man comes around

Johnny Cash

De repente ya nada fue como lo había sido antes. Todos comenzaron a caer enfermos (la piel se les llenaba de llagas; surgía una tos que aumentaba en su fuerza y hacía brotar sangre a cada golpe del pecho; la fiebre quemaba el cuerpo; el calor freía el cerebro; todo pasaba en tres días, cuatro días) y las calles se llenaron de cadáveres, se volvieron fosas abiertas con el olor intenso proveniente de la carne muerta. Se amontonaban diversos insectos, zumbaban graníticos y acordes volviendo al ruido estática absorbente; el aire se tornó pesado, se ahumó con los incendios espontáneos de fábricas en ruinas, gris por los gases de la descomposición.

Silencio.

Silencio sólo perturbado por las jaurías salvajes que se enfocaban en buscar algo con que poder sobrevivir, luchaban entre sí, luchaban con otros para tener la carne reposada en locales abandonados. Cuando la obtenían, la desgarraban; arrancaban las fibras rojizas, verdosas; gruñían marcando la supremacía; algunos roedores tomaban lo que podían, los gatos, salvajes y solitarios, aguardaban un descuido para hacerse de los roedores. En estas calles de agua estancada, de cuerpos abandonados, caminaba un hombre de paso lento y cansado.

Cargaba en la mano un maletín de cuero, lleno, quizás, de aquello que logró salvar del desastre (fotos, notas, papeles de propiedades con la esperanza de reclamar algo una vez que todo terminase); vestía ropas gastadas: pantalones rotos, zapatos roídos por arrastrar los pies por kilómetros tras kilómetros, una chamarra negra y un gorro que lo protegían del viento cada vez más agresivo; pese a llevar la piel herida era claro que nunca sufrió la enfermedad. Iba caminando por en medio de la calle, sin ningún temor, con la mirada puesta al frente, ignorando las moscas que volaban a su alrededor, zumbando, posándose en las partes expuestas de la cara, enredándose en la crecida barba, pero inmutable siguió su paso.

Él no era un hombre viejo, pero estaba acabado, interrumpido, ya no podía esperar nada: estaba falsamente solo. Lo acompañaban los aullidos, los insectos, el golpe de los zapatos en los charcos de sangre y agua, el crujir de vidrios rotos. Arrastraba los pasos con el único motivo de seguir moviéndose hasta llegar a un altar abandonado. A medida que se acercaba entreabrió la boca y con voz áspera recitó una parte de las Lamentaciones: Desde la altura Él ha enviado fuego a mis huesos (comenzó a caer), miró directamente al Cristo, la sangre que le fue agregada por quienes buscaron salvarse, miró la cruz y los clavos, abrió los brazos, se acercó, cada vez más, Porque son muchos mis suspiros, y mi corazón está enfermo. Se detuvo. Arrodillándose, tomó el maletín y de ahí sacó una nota, la puso en la base de la cruz. Del mismo sacó un arma vieja. Silencio. Cayó después del disparo.

A Dios le tomó siete días crearlo todo, al hombre más de cinco mil años en formarse, a mí me bastaron unos cuantos años para borrarlos a ambos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *