Bajo las faldas de la Luna

Por: Joshua Ammán.

Ilustración por: Orenday Martínez Ariel Omar.

Ganador del Primer concurso de cuento corto

Recién había sido trasladado a Coatzacoalcos pues la empresa para la que trabajaba iniciaba operaciones en Veracruz y yo, deseoso de dejar por un largo tiempo el bullicio del D.F., acepté, así, sin más ni más, el puesto tal cual me lo ofrecieron. Para mí, ésta era la primera vez en la que residía en una tierra tan calurosa y húmeda. La primer semana me costó mucho trabajo comprender cómo sobrevivir en un clima en el que, incluso vistiendo la ropa más ligera posible, se termina sudando mares y mares a causa del calor; un calor y una sed tal que al caer la noche, lo único que se espera es que la luna ocupe el lugar del sol para poder pasear refrescándose la piel con la brisa nocturna. Justamente, una noche de recreo de ésas, me interné en un bar después de caminar por todo el malecón. Entré, me senté en uno de los bancos de la barra y deseando apaciguar la resequedad en mi garganta pedí una Sol helada. Ahí conocí a Yareli (la chica que atendía la barra de aquel lugar) -¿Sólo vas a querer la chela o quieres algo para cenar?- me dijo ella muy casualmente con una sonrisa. -¡No!- balbuceé, tratando de no escupir la cerveza por la sorpresa que me causó su pregunta, -También algo que masticar, por favor- respondí mientras me limpiaba discretamente los labios y levantaba la mirada para verla a los ojos. Era muy guapa y bastante agradable; de olas castañas en la cabeza, ojos hipnóticos de bello color moca con un brillo que sólo de ellos podría manar; tenía una blanca y dulce sonrisa delimitada por labios carnosos en tono carmín; un delicado cuello adornado con un par de hombros que solían asomarse justo por encima de esa blusita blanca (tejida por su abuela materna, me contó tiempo después); menudita, de piernas largas y esbeltas. Sin duda una Venus del Atlántico, de hermosa piel morena. -Nomás tengo pellizcaditas, flaco ¿está bien?- pronunció con su pícaro acento costeño que producía en mí una sensación incontenible de querer seguir escuchando tanto como me fuera posible. –Las prepara Doña Inés, le quedan que pásu pero bien buenas, nomás no me ande tirando moco porque es salsa de habanero, está picosita- mencionaba entre risillas, -¿Quiere que le traiga la segunda, flaco? Porque se ves muy acalorado- completó; -¡Sí, caray, algo, la verdad, es que aquí sí que se siente el calorcito y luego con la salsita, pues más!- dije secándome el sudor de la frente, entre acalorado y sonrojado, -¿Calorcito? Pásu, aquí hace calor pero de sobra, ¡no me diga que sólo “algo”!

Ese primer encuentro con Yareli fue muy casual, era mi primer sábado después de mi primer semana de trabajo allí. Me levanté desde muy temprano para lavar la ropa sucia, que afortunadamente no era mucha, sólo un par de jeans, cinco o seis camisas. Mi idea era ir a comprar un par de guayaberas después de que Gilberto, un compañero de la oficina, al verme sudando torrencialmente (de la misma manera en la que me veía justamente en ese momento Yareli) con mis camisas de manga larga, muy godinezmente, me comentara entre risotadas que me veía muy incómodo y me recomendó una tienda donde vendían unas muy elegantes según él. –El lunes cerramos después de la comida, ven por mí y te llevo a un lugar donde encontrarás unas guayaberas muy cómodas que se te verán muy coquetas.- mencionaba al tocar mi índice derecho con el suyo… y así con todo eso, los horrores sufridos en los brazos del sol se veían compensados y con creces bajo las faldas de la luna.

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