¿Para qué la tinta si tengo sangre?

Por: Hector Mondragón.

Ilustración por: Laura Yvonne Franco Cervantes.

She is not the woman but the wow.

She poured the liquid, covered the mountain,

made music from the vow

without bow…

Vestida de rojo, mira el horizonte de perlas. Desde las alturas puede oír el sonido de las olas; millares de personas corriendo, corpúsculos levantándose en su contra.

Masa. Masacre. Masa que cree.

La pregunta original era: «¿Para qué los ríos de tinta si lo que corre es sangre?» La pregunta cambió con Dallas; en aquel evento, el presunto francotirador garabateó algunas letras con sangre. La sangre se ha usado a lo largo del tiempo para escribir. ¿Por qué habríamos de usar la sangre para escribir?

Su cabello cubrió al niño cuando se agachó para cargarlo. La seducción aplastó todo mientras caminaba. La ternura llevó a los presentes a la desaparición, esto es, se vieron en un espejo en una ciudad que sólo tiene palacios. Se perdieron. Así, el mundo revela su inmadurez. Cuando se descubre, no se encuentra, desata sus deseos y los lleva al extremo. De ella corre entonces el líquido violáceo.

Calla, llora, ríe. Contradicción que nos conduce a cuestionar la existencia y nuestros fines. Somos espectadores de la obscuridad.

¿Y luego? ¿Cómo nadar? ¿Hemos de beber sangre?

Lo prohibido proviene de quien ostenta el poder. Sería absurdo que fuera de manera inversa, dado que el juego de fuerzas haría ridículo el intento, minimizando toda posibilidad de éxito. Por ello, el Estado, se supone, tiene el «monopolio de la fuerza». Es, se supone, quien tiene el poder. El primer ahogado cuando la sangre empieza a correr, cuando lo prohibido empieza a suceder.

Nuestras letras se escriben con el líquido de un sentimiento parecido a la venganza: anhelo de justicia con pocas posibilidades de obtenerla institucionalmente. ¿Cómo reestructurar el sistema?

Se ahoga porque el caos hace que empiece a tomar conciencia de lo que es; ocurre en momentos por demás inoportunos; ya es muy tarde, quizás, para que tome la caña y enderece el camino. Dos ríos corren a gran velocidad: dos líquidos, los dos violáceos, uno, empero, va ennegrecido; luchan por cubrirse entre ellos. ¿Quién dirime, quien toma la caña? La letra.

Si la letra no llega, ella no podrá hablar, estará envuelta por la obscuridad coagulada; muy pronto se le deberá amputar alguna extremidad y más tarde tendremos que verla inerte.

La sangre impresiona, no es lo mismo escribir con gris que escribir con rojo. El efecto es significativo, puesto que tiene el poder de develar lo que hay en el fondo del lago; de explicar y de proponer; de debatir y de soñar. Quita, con una espada poderosa, las nubes delante de los ojos; despega los párpados, los golpea con la realidad. La masa empieza a dejar de creer a ciegas, lo que por consecuencia da mejor conducción al barco.

La mujer sigue de pié, da vueltas, danza; en realidad intenta escapar. Cuando la esperanza se rebela, el tiempo cambia; el viento va más rápido. Pronto se verá envuelta por la náusea y el dolor: naufragio.

Las promesas se escriben con sangre. Como ellas, las luchas, que, en cierto sentido, son también promesas; son un compromiso, esto es, quien se inmiscuye en ellas debe haberse confiado al objetivo. Sólo se explican si existe la convicción de querer cumplir con una idea. La lucha se escribe con sangre para recordar y recordarse; para avivar el fuego y romper el hedor a huevo podrido.

La podemos sacar de donde sea. Hay sangre en Dallas, Nochixtlan, Estambul, París, Bagdad… Y si hace falta, ofrezco la mía, que es ésta. Escribámosla para que hable. Escribamos sangre en los muros y en la mente. Escribamos sangre para que deje de sangrar. Gritemos para que reine el silencio que nos han robado. Soñemos para construir la realidad anhelada.

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