De la sensibilidad filosófica como variable de indagación

Matices de la indagación histórica en Michel Foucault

Por: Francisco Cuauhtémoc Camilo Delgado,

Francisco Cuauhtémoc Camilo D. Ensayista y traductor. Posgrado en Filosofía (UNAM). Exbecario Erasmus Mundus y de L’Université du Quebec. Ha realizado intervenciones artísticas y publicado cuento, ensayo y poesía en medios nacionales e internacionales. Ha laborado en el medio editorial privado y público (INEE). Actualmente coordina la propuesta académica de Telecápita e imparte clases de Filosofía y Lectura crítica (UAEMor). Gusta del cine, la literatura y las artes culinarias.

Olvidado el alfabeto del olfato que elaboraba

otros tantos vocablos de un léxico precioso,

los perfumes permanecerán sin palabra,

inarticulados, ilegibles.

Italo Calvino, “El hombre, la nariz”

Al leer a Foucault resulta casi inevitable preguntarse cómo hacía para encontrar en los archivos la información para dar soporte a sus planteamientos al mismo tiempo que desarrollaba un método para seleccionarla y expresarla de la manera más provocadora, más aguda, respecto del adversario teórico al que la dirigía. Acaso una forma de tratar esta interrogante sea analizar el espíritu mismo del proceder investigativo foucaultiano mediante lo que podríamos llamar una voluntad de rastreo, o mejor, un olfato histórico –como le gustaba llamarlo a  Nietzsche– que está entrenado para distinguir los malos olores y la corrupción ahí donde todo ha sido perfumado, encubierto, para que sea inadvertido.

Una referencia al olfato aparece en Ecce Homo, donde el genealogista prusiano afirma que “Para captar los signos de elevación y de decadencia poseo un olfato más fino que el que hombre alguno haya tenido jamás y en este asunto yo soy el maestro par excellence [por excelencia] conozco ambas cosas, soy ambas cosas”. Esta cualidad, desplazada hacia la genealogía parece ser algo que Foucault aprendió de Nietzsche. Este punto de partida no es descabellado si se considera que entre las filas de la filosofía cada pensador desarrolla un estilo argumentativo y otorga un peso específico a los elementos que considerará para aducir sus explicaciones. Algunos, como Platón o Spinoza, se congregan entorno torno a la óptica o desarrollan explicaciones geométricas, otros, como Leibniz o Adorno, al oído y la armonía musical. Acercarse a un filósofo no consiste sólo en aprender el lenguaje mediante el cual codifican sus explicaciones y sitúan al lector respecto de sus textos, sino afinar su sensibilidad. Algunos pensadores además de ojos y oídos tienen nariz, lo decisivo es saber dónde hay que situarla para olfatear.

Además, habría que considerar las cualidades del olfato, mediante lo cual podría caracterizarse el espíritu genealógico, sin que por ello se cancele su interacción con otros sentidos. El olfato implica la percepción de un rastro que no se puede captar inmediatamente en las evidencias visuales, táctiles o auditivas, un rastro que puede seguirse mientras esté fresco y se persiga una nota olfativa que puede variar en intensidad y definición de acuerdo a la proximidad o distancia en la que se esté situado. El olfato apunta pues a una presencia impermanente, a un vestigio evanescente que resulta difícil de apresar en términos conceptuales, a algo que ya no está ahí pero que ha dejado una huella invisible y susceptible de ser indagada. A este respecto Derrida sentencia contundentes implicaciones filosóficas en torno a los olores:

(…) la esencia de la rosa es su no-esencia: su olor en tanto que se evapora. De ahí su afinidad de efluvio con el pedo o con el regüeldo: dichos excrementos no se conservan, ni siquiera se forman. El resto no queda. De ahí su interés, su ausencia de interés. ¿Cómo podría la ontología apoderarse de un pedo? Siempre puede echar mano de lo que queda en el cagadero, nunca del tufo que sueltan las rosas.

Sin embargo, para Foucault la genealogía no sólo consiste en el seguimiento olfativo de la historia, sino en una concepción de ésta en tanto combinaciones de acontecimientos que cambian su rastro y configuración mediante pugnas y tensiones de fuerzas, es decir, como discontinuidades, rupturas históricas que no se extienden y acumulan, que no son lineales ni mantienen uniformidad diacrónica, sino que se mantienen en constante tensión y movimiento, que se despliegan en el escenario de las luchas sociales y de la historia. Su olor es uno vivo y en movimiento.

En cierto sentido, la obra representada en ese teatro sin lugar siempre es la misma: la que repiten indefinidamente los dominadores y lo dominados. Unos hombres dominan a otros y así nace la diferenciación de los valores; unas clases dominan a otras, y así nace la idea de libertad; unos hombre se apoderan de las cosas que necesitan para vivir, les imponen una duración que no tienen, o las asimilan a la fuerza –y nace la lógica–. La relación de dominación ya no es una “relación”, como tampoco es un lugar el lugar en el que se ejerce.

Esta tesis del pensador francés nos anticipa que la dominación no es el resultado de tensiones de fuerza cuyos vértices se confrontan y producen por sí mismos relaciones de poder; tampoco es una variable entre tantas del infatigable cálculo de la historia y sus efectos. Para Foucault la dominación es más bien la condición necesaria para la emergencia (Entstehung) de estas tensiones; el escenario en el que la violencia toma una forma históricamente definida, reglamentada, es la variable y olorosa esencia del poder cuyo mecanismo indagaré en adelante, de forma que, a grandes rasgos, describa las notas aromáticas del concepto de dominación. Afirma Foucault:

Sería equivocado creer, según el esquema tradicional, que la guerra general, agotándose en sus propias contradicciones, acabaría por renunciar a la violencia y acepta suprimirse en las leyes de la paz civil. La regla es el placer calculado del ensañamiento, la sangre prometida. Permite relanzar sin cesar el juego de la dominación; pone en escena una violencia meticulosamente repetida (…) instala cada una de estas violencias en un sistema de reglas, y va así de dominación en dominación. Y es precisamente la regla la que permite que se haga violencia a la violencia, y que otra dominación pueda doblegar a los mismos que dominan. (…) El gran juego de la historia es para quien se apodera de ellas, ocupe el puesto de los que las utilizan, se disfrace para pervertirlas, utilizarlas al revés y volverlas contra los que las han impuesto (…) de tal forma que los dominadores se encuentren dominados por sus propias reglas.

En consecuencia, la primacía de este tipo de abordaje histórico recaerá sobre los procedimientos de montaje y los desplazamientos de la violencia en el escenario de la dominación, es decir, en las modificaciones de los usos y las formas de entender los espacios, límites, objetos y sucesos que dan forma a lo que aparece en la superficie visible de la historia, a saber: prácticas, discursos y subjetividades. En efecto, por su raigambre nietzscheana, Foucault llamó genealogía a este tipo de análisis e insistió en oponerlo al modo de comprensión tradicional de la historia como: realidad continua susceptible de ser conocida. En su lugar introduce el uso paródico, disociativo y sacrificial de la historia con el fin de pulverizar su metafísica causal, sus oropeles y su orden jerárquico. Para Foucault: “La genealogía es la historia como carnaval concertado” , o sea, la intención deliberada de abolir la estabilidad proporcionada por las jerarquías de las relaciones históricas, el sabotaje de los relieves artificiales que ponderan una cosa sobre la otra. En el carnaval las máscaras ocultan las diferencias, allanan el suelo y cancelan sus desniveles.

Por ello, metodológicamente, la genealogía no puede permitirse pensar en términos de “relación”, tal vía de análisis reduce la dominación a un simple efecto del poder, a una más de sus manifestaciones y soslaya el ejercicio fáctico que la hace perceptible y enunciable en un momento histórico. Pero además, al hablar de “relación” sería necesario especificar el marco de referencia que sitúa las partes en tensión, que las define según el tipo de correspondencia (antagónica o a favor) existente entre ambas para refinar las descripciones y precisar los juicios que resultan del análisis por “relación”.

Sin descalificar dicho procedimiento, habría que insistir en lo limitado que resulta para la finalidad genealógica, ya que asume cierto tipo de relaciones sin problematizar su constitución ni su procedencia (Herkunft), o bien, las construye mediante efectos de superficie que encubren subrepticiamente las dominaciones previas, mismas que colocaron a las actuales en la posición que ahora tienen. En consecuencia, la superficie de lo evidente confisca el derecho de discutirlas y refutarlas, de ridiculizarlas hasta el polvo mediante la burla.  “Situando el presente en el origen, la metafísica hace creer en el oscuro trabajo de un destino que trataría de abrirse camino desde el primer momento. La genealogía restablece los diversos sistemas de sometimiento: no la potencia anticipadora de un sentido, sino el juego azaroso de las dominaciones”.

Y de tal manera surgieron valoraciones, necesidades, privilegios, prejuicios, conceptos,  derechos… manifestaciones concretas del poder a las que se les oculta sus historias e historiales de lucha, consecuencias nacidas de las confrontaciones que afianzan y perpetúan el escenario en que acaecen: la dominación. Pero no hay que perder de vista que los hombres no luchan únicamente para dominarse entre sí, sino que es la tentativa de dominación la que los obliga a luchar, tanto en los hechos como en las formas de pensamiento destinadas a su comprensión.

Quizá sea por la variabilidad y singularidad de las tensiones de fuerza relativas al concepto “dominación” que la posibilidad de pensarla como una relación específica, en la vasta maraña de la historia, se diluye. La irónica sonrisa foucaultiana que la denomina “relación de dominación”, lo sabemos ya, escapa al análisis mediado por relaciones. De ahí que Foucault afirme que la relación de dominación no sea una “relación”. Así, el tipo de análisis “por relaciones” opera a través de la correspondencia entre efectos de superficie a los que se pretende dar continuidad; que Foucault prefirió parodiar y mantener a la distancia; “se trata de hacer de la historia un uso que la libere para siempre del modelo, a la vez metafísico y antropológico, de la memoria. Se trata de hacer de la historia una contra-memoria, –y, como consecuencia, desplegar en ella una forma completamente distinta del tiempo–”.

Ahora bien, ya que la “dominación” no es una relación sino la condicionante que subyace una cantidad indefinida de prácticas y discursos, podría afirmarse que ella es el escenario de una obra de teatro sin lugar, una obra donde se lucha, llora y ríe repetidamente, donde lo que suceda estará vinculado con la dominación: desde la violencia y el gobierno, hasta el pensamiento, sus mutismos y la aspiración a la paz civil. Pero al estar presente en todas partes, la dominación erosiona cualquier espacio específicamente destinado a ella y se convierte en el espacio mismo donde las cosas aparecen. Los tribunales, las geografías, las canchas, las pantallas, la intimidad, las aulas, el hogar aparecen así a la sombra de la dominación, ésta no tiene ya un lugar específico, y por ello, no puede ser un lugar el lugar en que se ejerce, ni una continuidad el tiempo desquebrajado de sus discontinuidades.

Para Foucault la “dominación” fraguada por una racionalidad repetida y totalizante ha definido los discursos y determina nuestras prácticas, no es una variable, sino un lado de la ecuación que, para cambiar el resultado, debe cambiar la regla y las condiciones del problema. Es por ello que en el trabajo genealógico olfateamos un aroma nietzscheano: el penetrante perfume de la voluntad de poder que, como toda voluntad, tiene algo de capricho y artificio, de predilecciones históricas y ridiculez.  

Para hablar de rebeldía, de una rebeldía sin restricciones que se opone a las identidades dadas y continuidades aparentes, pero también a su radical negación como una forma de afirmación, esta rebeldía tendría que sobrepasar el nihilismo sin convertirse en una síntesis que torna absoluto todo, tendría que ser rebelde a sus condiciones mismas de rebeldía. Por tanto, la rebeldía que se precie de serlo, debe saber que ha nacido de la lucha y que su destino será el enfrentamiento, no para conseguir la paz, sino para desplazar de su trono al dominio como condición única y escenario de las acciones entre los hombres.

Una rebeldía de superficie es ciega a la reproducción y perpetuación de la dominación, se limita a dar media vuelta de tuerca al ensañamiento calculado y la sangre prometida, a morder el anzuelo de la diferencia calculada, a invertir los valores estimados en la superficie de la historia y a refrendar el señorío de la dominación arrogándose para sí el derecho de heredero legítimo; la rebeldía se cancela cuando el dominado se convierte en dominador y la obra en aquel escenario sin lugar se reproduce; en él se impregna irreversiblemente el olor de la dominación, se extiende su rastro y corre el riesgo de confundirse y sobreponerse a la crítica.

En este sentido, la genealogía también forma parte del nihilismo que erige contra-memorias, que resiste y se burla de las identidades, pero sin duda se coloca en sus límites, abre la posibilidad de introducir la diferencia y hacer de los hombres algo distinto al dominador o al dominado sin venderle una identidad. Sin embargo, esta modesta rebeldía trastoca la forma de entender la dominación y confrontarla: aporta la risa que devela su ridiculez y finitud.

Bibliografía

  • Derrida, Jacques. Glas, Paris, Galilée, 1974.
  • Foucault, Michel. Nietzsche, la genealogía y la historia. Trad. José Vázquez Pérez. Pretextos, Valencia, 2004.
  • ——————–  El gobierno de sí y de los otros. Curso en el Collège de France (1982 -1983). Trad. Horacio Pons, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2010.
  • ——————– El orden del Discurso. Trad. Alberto González Troyano, Ed. Tusquets. Buenos Aires 1992.
  • ——————– Defender la sociedad. Curso en el Collège de France (1975 -1976). Trad. Horacio Pons. Ed. Fondo de Cultura Económica Buenos Aires 2001.
  • ——————— La vida de los hombres infames. Ensayos sobre desviación y dominación. Ediciones de la Piqueta, Colección: Genealogía del Poder.
  • Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. Trad. Andrés Sánchez Pascual. Alianza Editorial, Madrid, 2006.
  • ———————- La voluntad de poder. Trad. Aníbal Froufe. Edaf, Madrid, 2009.
  • ———————- Ecce homo. Cómo se llega a ser lo que se es, trad. Andrés Sánchez Pascual, Alianza Editorial, Madrid, 1983.

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