Mujeres, género y oratoria

Por: José Luis Gallegos

El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres.

Simone de Beauvoir

El Universal, como el más prestigiado certamen de oratoria en México, es un foro referente no sólo para observar la evolución de esta disciplina en nuestro país, sino también para reflexionar sobre los temas más relevantes de la agenda pública, en especial, los que corresponden a nuestra generación. Uno de los que saltó a la vista en la edición del centenario fue precisamente el del género. No sólo por su inclusión en la convocatoria bajo la etiqueta de “mujeres”, con tres temas para la primera fase del concurso, sino por una serie de incidentes y cuestionamientos que surgieron el día mismo del certamen y días previos a éste, mismos que ponen a la cuestión del género en el ojo del huracán.

Escribo hasta ahora y no antes, para que no se crea que pretendo tomar partido, que quiero pisar callos o exculparme de algún acto. A mes y medio del veredicto final, existe un espacio más neutro y alejado del calor del momento para hablar y opinar. En ese certamen, el del centenario, curiosamente correspondió por azar a dos hombres hablar sobre temas de género: las mujeres como formadoras del modelo machista y la mujer pilar fundamental de la familia mexicana. Fueron los representantes de Chihuahua y Tamaulipas. Sus discursos evidenciaron una gran incomprensión sobre la teoría feminista y ciertos clichés –muy a la mexicana– sobre las mujeres: “que son poesía”, “que merecen muchas flores”, que “todos venimos de una y por eso merecen respeto”. Lo curioso es que sus discursos contenían también una crítica feroz a las cuotas de género, e incluso una protesta sincera a lo que ellos consideraban un trato desigual para los hombres. No es la primera vez que lo escucho y por eso llamó mi atención.

Comienza a ser una opinión general en la diminuta esfera de la oratoria mexicana, la de que ciertas compañeras llegan a lugares en las eliminatorias, no por su talento ni por su capacidad, sino por el hecho de ser mujeres. El ejemplo más claro que tengo presente es el de la eliminatoria de El Universal 2016 en la Ciudad de México, donde, al haber cuestionamientos frontales y directos sobre el fallo del jurado, Graciela Corona Islas, quien había obtenido el primer lugar en el concurso, tomó la palabra para criticar –lo que ella consideraba– una actitud machista de ciertas y ciertos colegas que no eran capaces de tolerar el triunfo de una mujer. El tema volvió a surgir en la final de la fase nacional de El Universal, donde el representante de Veracruz acusaba de ‘misoginia’ al de Michoacán por descalificar los triunfos de compañeras oradoras.

Los anteriores son eventos relativamente actuales, pero desde que recuerdo, a mis dieciséis, cuando participé en mi primer concurso de oratoria, siempre se han puesto en duda los triunfos de una u otra compañera. Antes no se decía que ganaban por “ser cuota de género”, sino porque “seguramente se habían acostado con el juez” o porque el jurado “quería ver pierna”, y ocasionalmente la oradora venía vestida de manera “provocativa”. Siempre ha sido un tema común el regatearles sus triunfos a ellas, a las oradoras o polemistas, pero también siempre será una postura fácil, mojigata y políticamente rentable ponerse completamente del lado femenino sin analizar el problema de fondo.

El hecho de que exista una estructura machista en nuestra sociedad, y que también en los certámenes de oratoria esta pueda llegar a reproducirse, no debe de ser razón suficiente para no atrevernos a cuestionar –como los representantes de Tamaulipas y Chihuahua- si es que el tema de género no ha pasado a su polo opuesto, es decir, de ser un acto de discriminación a uno de favoritismo ‘compensatorio’, condescendiente con las mujeres. Hoy parece que cualquiera que se atreva a poner el tema en cuestión, está destinado a ser descalificado como misógino o machista. Pero es tiempo de que reconozcamos, sin golpes de pecho, que esta pregunta es totalmente válida y que merece ser respondida.

El triunfo visible de las mujeres en los certámenes de oratoria me parece algo relativamente contemporáneo. No es que sea el experto en la historia de los certámenes de oratoria, pero me parece un gran indicativo la crónica que Guillermo Tardiff realiza en el Verbo de la juventud mexicana sobre los certámenes de El Universal, para apreciar que el gran protagonista de la oratoria del siglo XX es el hombre. Son los “muchachos talentosos y simpáticos”; es él, “el universitario”, “el político”, “el literato”, “el poeta”, personajes todos masculinos que tienen “voz fuerte y dominadora”, “fuerza”, “determinación”, “audacia”, “astucia”, “vehemencia”, “voluntad”, adjetivos y sustantivos que Tardiff emplea para describir a los oradores de la época, mismos que, en nuestro imaginario colectivo, son comúnmente pensados como propios de un hombre.

Y esas mismas cualidades y exigencias se hacían –o se hacen– a las mujeres que entraban a la oratoria. Eran pocas, quizás siempre lo han sido, pero antes además debían de pasar por un proceso de masculinización para que pudieran estar al mismo nivel del prototipo de “el orador”. El cuño era masculino y había que imitarle si se aspiraba a la excelencia. La gravedad en la voz, el semblante justo, el ademán recto, la postura bien plantada. El canon exigía a la mujer, no sólo que actuara como varón, sino también que pensara y hablara como uno; no se le fuera a acusar de estar haciendo declamación y no oratoria, no se le fuera a reprender burlonamente por haberse equivocado de tarima: ¡ey, señorita, el concurso de belleza está del otro lado de la feria!

Sí, ni como negarlo, el camino ha sido doblemente difícil para ellas. A mí no me gustaría estar ni en sus zapatos ni en sus zapatillas, pues además del prejuicio social con el que luchan y de cierta carga misógina que ha llegado a existir –y que a mi parecer se mantiene- en los jueces, tienen todavía que cargar con el escarnio más mordaz y destructivo: el de sus propias compañeras. Si hay un concepto que pocas oradoras comprenden es el de la sororidad. En lo personal, siempre me ha parecido un concepto hueco: pensar que por el hecho de ser mujeres se deben entre ellas cierta solidaridad, apoyo, afecto, alianza inherente… llámenle como quieran. Lo único que se merecen es respeto, y no por ser víctimas comunes de la opresión patriarcal, sino por el simple hecho de ser personas. Esta lucha descarnada entre ciertas oradoras no es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana, porque parte de un elemento instintivo, universal y connatural al ser humano: la envidia. No obstante, contribuiría en mucho el que las oradoras que se autoidentifican como feministas, no banalicen su lucha de género con poses mediáticas (en vez de posturas políticas) y busquen ser más congruentes con los postulados que profesan.

Lo que sí es propenso al cambio es la condición histórica de desventaja por parte de las mujeres en los concursos de oratoria. Reconociendo este hecho, es posible, por ejemplo, estipular una acción afirmativa que nivele la participación femenina en esta disciplina y, por ende, que aspire a eliminar cualquier rasgo de inequidad en la contienda. ¿Por qué no? Se ha implementado ya institucionalmente como mecanismo para impulsar la participación de la mujer en los órganos de representación y en la administración pública, ha demostrado relativa eficacia al romper con techos de cristal y sirve de ejemplo para el empoderamiento de otras mujeres. Claro que pueden aplicársele mil y un críticas a las cuotas de género, más por artimañas que comúnmente corresponden a los partidos políticos que por fallas en la lógica del mecanismo per se. Pero imaginemos por un momento la viabilidad de su aplicación en los certámenes de oratoria.

En principio, no creo que ninguna acción afirmativa deba imponerse como cuota a los estados para garantizar que 16 de ellos envíen a representantes hombres y 16 a representantes mujeres. En cambio, sería un mecanismo viable asegurar que en cada ronda del total de finalistas, por lo menos el 30% de los que pasen sean de un género distinto. De manera que en un certamen nacional en el que pasan diez concursantes a la final, debería de garantizarse que por lo menos tres de ellos sean mujeres (u hombres, dependiendo el género de la mayoría restante). No parece una idea descabellada. De por sí son pocas las mujeres que participan en la oratoria, para que las pocas que asumen el reto tengan todavía que enfrentarse con otras barreras de entrada subjetivas, propias de su condición femenina. Sería un mecanismo que no eliminaría la competencia, pues aún tendrían que ganarse su lugar y que, por el contrario, de resultar efectivo, podría alentar a más mujeres a participar en los certámenes.

La pregunta que a mi parecer se mantiene, o que al menos proponía en un principio al rescatar las opiniones de los oradores de Chihuahua y Tamaulipas, es si esta discriminación positiva ya ocurre actualmente de forma implícita. Pareciera paradójico que en un atmósfera predominantemente masculina y donde, como hemos descrito, aún existe cierto machismo por parte del jurado, se privilegie la participación de las mujeres. Y sin embargo, esto comienza a ser una apreciación general. Quien hiciera una labor documental y estadística detallada, creo que lograría fácilmente probar que, por lo menos en los últimos veinte años, la tasa de mujeres que tienden a pasar a las rondas semifinales, finales y a ganar certámenes de oratoria, es mayor a la que se deriva de todos los registros anteriores. No obstante, jugando al abogado del diablo, se podría contraargumentar que el avance de la mujer en los certámenes de oratoria se debe más a que los jurados han asumido una ‘postura políticamente correcta’ que a que las mujeres hayan mejorado su desempeño en la disciplina. Es decir, que las mujeres pasan y ganan por una ‘cuota de género’ no explícita y no necesariamente por méritos propios.  

La dificultad de probar esta hipótesis es mayúscula. Tendría que hacerse un análisis cualitativo sobre la evolución de la mentalidad de los jurados y sobre la percepción de las y los participantes, en torno a las razones de porqué consideran que ciertas compañeras pasan o no a las siguientes rondas. Es difícil determinar una respuesta más allá de la especulación. En el plano personal, yo he atestiguado ambos fenómenos. Como jurado me ha tocado defender el triunfo de ciertas oradoras –que al menos desde mi perspectiva– a todas luces eran merecedoras del reconocimiento, mientras que ciertos jurados (hombres) se oponían a su triunfo sin una razón objetiva. Por el contrario, me he topado también con casos de jueces (mujeres) que buscan dar el premio a otra mujer ‘porque ya se lo merece’ o bajo una lógica reivindicativa, sin que tengan los méritos suficientes. Por último, también he apreciado que en las charlas de deliberación es cada vez más recurrente el tema de la inclusión, es decir, de tomar conciencia sobre la importancia de incluir a una mujer en la lista, a veces para que la decisión del jurado ‘se vea bien’, en otras, bajo un genuino interés de seguir motivando la participación de la concursante en cuestión, o de las mujeres que se podrían sentir inspiradas al ver ese reconocimiento.

De todas, considero que la tercera guarda cierta valía y nobleza, sobre todo cuando se pone a consideración que los certámenes de oratoria son un trampolín importante para impulsar carreras profesionales y empoderar a individuos que pueden traer un bien social. Reconozco que esta apreciación meta-discursiva, jamás debería ser una valoración explícita dentro de una batería de evaluación, pero me parece la consecuencia lógica de que también los jurados sean cada vez más sensibles y permeables a los cambios de la sociedad, e interioricen una perspectiva de género, en el sentido de reconocer (sin necesidad de una fórmula institucional) que los retos estructurales que las mujeres atraviesan para alcanzar un logro en el campo de la oratoria son mayores que los que atraviesa un hombre.

Luego entonces, ¿podemos decir, que si aceptamos cierto avance en la ponderación de los jurados quienes buscan cada vez más incluir a mujeres en las etapas semifinales y finales, es entonces prescindible establecer formalmente una cuota de género? Si pensamos en otras justas, las deportivas, por ejemplo, no son las cuotas de género algo que siquiera esté a consideración. En cualquier carrera o prueba física los números son fríos. Ellos definen a partir del desempeño de cada atleta, del tiempo que hace, de su virtuosismo, quién clasifica y quién no. Es cierto, debe también considerarse que en la mayoría de estas disciplinas se evalúa por separado a hombres y mujeres. ¿Podría hacerse lo mismo en la oratoria? ¿Debería hacerse? Más allá de los desafíos técnicos y económicos (por ejemplo, para El Universal representaría $293,000.00 pesos más tan sólo en premios) se encuentra un argumento poderoso para oponerse a ello: el argumento de la razón.

Si hay algo que nos iguala más allá de nuestras capacidades físicas, es sin duda nuestro raciocinio. Bajo esta premisa descansó la igualdad promulgada por los ilustrados franceses que antecedieron la revolución de 1789; bajo este argumento se ha universalizado la igualdad política y jurídica en nuestro mundo moderno; basándose en esta misma condición, las mujeres lucharon el siglo pasado por conquistar el sufragio femenino. Somos todos seres racionales (salvo que tengamos una capacidad física que afecte nuestra razón) y por ello somos todos iguales. Podría ser desproporcionado poner a competir a un hombre o a una mujer en una prueba física, considerando que ambos fuesen atletas profesionales (claro es que sería más desproporcionado ¡ponerme a mí a competir en halterofilia contra Soraya Jiménez!), pero no es desproporcionado en ningún sentido poner a competir a un hombres y a una mujer en una prueba cultural, de elocuencia, de agilidad mental y de retórica. La única desproporción posible surge del nivel de conocimiento y de la capacidad retórica que cada uno posea, lo cual, como los músculos del cuerpo, son cualidades no dadas por la naturaleza, sino adquiridas por el ejercicio continuo. La gran diferencia reside en que mientras una mujer tendrá limitaciones físicas por desarrollar -bajo condiciones iguales- su cuerpo a una capacidad mayor que la del hombre, la capacidad del hombre y la mujer por desarrollar su intelecto es infinita y, por lo mismo, es exactamente equiparable.

¿Pero será la oratoria sólo eso: una prueba cultural y de conocimiento? No lo creo. A diferencia, por ejemplo, de un examen estandarizado, donde se suma el número de aciertos y errores en los reactivos, la oratoria se compone en gran medida de un elemento subjetivo “del gusto del jurado” y en ocasiones también “del gusto del público”. Ese elemento subjetivo, no hace a un certamen de oratoria más distinto que un concurso de baile, de canto o de talentos. Claro que siempre hay elementos objetivos que ayudan a la labor del juez. Pero si nos tomamos a pecho la definición que algunos conceden a la oratoria: como el arte de persuadir, conmover y convencer, nos daremos cuenta de que si existe alguna disciplina subjetiva, es sin duda la que practicamos nosotros.

Cada orador u oradora se vale de su propios artilugios. Sería un acto de hipocresía no reconocer que muchas mujeres echan mano de  sus atributos físicos, de su belleza, de su porte, de su vestuario, para ser del agrado del auditorio y del jurado y atraer con rapidez, y durante el mayor tiempo, su atención. Lo hacen en la misma forma otros oradores, quienes se valen de su condición de indígenas, de una indumentaria folklórica, de sus filiaciones partidistas e incluso –nauseabundamente– de una excesiva zalamería hacia los jueces antes del concurso. No por ello todos estos elementos meta-discursivos dejan de ser meta-retóricos. La retórica como sistema, en su función de convencer y persuadir, es omniabarcadora. Confieso que una técnica común que en lo personal he llegado a emplear en los concursos, es acercarme previamente al público. Casi siempre son jóvenes, traídos más a fuerza que de a gana por los directores de su escuela. Me acerco a ellos, busco ganarme sus simpatías, especialmente si estoy en un estado que no es el propio. Les cuento un poco sobre el tema que voy a disertar, les pido de antemano un fuerte aplauso si les gusta lo que digo. Y comúnmente pasa. Entre todos los demás oradores, a quienes tampoco ubican, un poco de trabajo previo de reconocimiento me ayuda para lograr un aplauso mayor, que sin duda algún impacto  –mayor o menor- ha de tener en el ánimo del jurado.

¿Estos artilugios son propios del orador? Claro que sí. Y son tan válidos como esas técnicas personalísimas de imaginarse a la audiencia desnuda, de ver a un punto perdido en el horizonte, de tomar eucalipto o mezcal para abrir la garganta o de persignarse antes de subir al auditorio. Todas son tácticas y son válidas. Lo único no permitido, y en lo que no pienso ahondar por apelar al sentido común de mis lectores, es caer en actos de corrupción, que existen, han existido y se tienen que erradicar de una vez por todas, pues son el mayor tumor cancerígeno que pueda mermar el valor de la palabra y la credibilidad de los certámenes de oratoria.

Además de ello, conservan los concursos de oratoria, casi por naturaleza, actos de mensaje político que indebidamente llegan a repercutir las decisiones de un jurado. Hasta donde tengo memoria, las filias y fobias políticas siempre han estado presentes en los certámenes. Que si milita en tal o cual partido, que si es parte de esta u otra asociación, que si ya ha ganado mucho, que si en algún punto en el pasado tuvo una invectiva o ‘le  faltó el respeto’ a algún jurado. Es difícil para el juez, en tanto humano, separar sus odios y amores personales sin obnubilar su juicio, pero es también cierto que mucho se habla sobre la ética del orador y de su compromiso social, pero poco se ha escrito o pronunciado sobre la ética del juez en los concursos.

Todo lo anterior para decir que, en efecto, puede ser el caso que haya mujeres que lleguen a la final bajo un argumento de progresía y corrección política. Pero de eso a decir que ganan o que pasan por el simple hecho de ser mujeres, me parece un salto abismal. La inclusión de género es algo que apenas comienza a interiorizarse en la oratoria y, en mi perspectiva, aún no de manera general. Pero antes de que esta ‘perspectiva de género’ fuera un lugar común, había ya mujeres luchando en la oratoria para conquistar un lugar y desarrollando sus propias estrategias y tácticas para vencer en un ambiente predominantemente masculino, que les era de por sí adverso. La oratoria no ha necesitado de cuotas, sino de una generación de mujeres talentosas y empoderadas, quienes visibilizando su presencia y poniendo también en entredicho el predominio de los varones, han logrado generar fisuras en el techo de cristal que las limitaba.

Sé que he ocupado ya más páginas de las debidas, y que quizá haya abusado de la paciencia de mi lector. Pero creo que al hablar de género y de oratoria no se puede dejar a un lado el debido reconocimiento a mis compañeras de tribuna quienes han reivindicado a su género en esta disciplina. En primer lugar de la lista se encuentra Mar Grecia Oliva, la primera mujer que, después de 88 años de instaurado el certamen, se volvió campeona de El Universal. Actualmente es diputada local de Durango. Un verbo siempre honesto y valiente, apegado a las causas del pueblo y a la crítica rebelde contra el poder. En segundo lugar, una mujer a quien agradezco haberme servido de ejemplo en mis primeros pasos por la oratoria, no sólo por su agilidad mental y su inconmensurable capacidad de improvisación, sino por su rapport y empatía con el auditorio, y por la franqueza al hablar que siempre le ha caracterizado. Me refiero a Maricela Gastelú, una gran política del Estado de México y una consultora más capaz que Olivia Pope. Por último, mi amiga Diana Luz, ex presidenta municipal de Xoxocotlán, Oaxaca, quien como oradora siempre se ha distinguido por su gran cultura y elegancia, y como política sigue distinguiéndose por su enorme dignidad, por su insumisa audacia y su imparable determinación.

Además de ellas, que para mí son las tres grandes oradoras de mi tiempo, hay otras que han pasado por el certamen de El Universal ganándose mi completo aprecio, estima, admiración y algunas también –por qué no reconocerlo– mis más hondos suspiros. Ellas son Guadalupe Alcántara de Guerrero, Marianela Delgado de Hidalgo, Yelitza Ruiz de Morelos, Paloma Aguilar de San Luis Potosí, Karina Santellan de Puebla, Estefanía Berlanga de Tamaulipas, Evelin Beltrán del Estado de México, Yolanda Gutiérrez de Nayarit, Angélica Calles y Carolina Mc Pherson de Sonora, Rosalba Hernández de Zacatecas, Graciela Corona de la Ciudad de México y, por supuesto, Sofía Gutiérrez de Colima, en quien confío logrará un justo relevo generacional ante las enormes titánides que le preceden.

Son ellas el verbo motor de mi generación. Aún poco se escribe de sus historias, pero sé que serán ellas quienes terminarán escribiendo nuestra historia

José Luis Gallegos Quezada

Durango de Victoria, a 23 de octubre de 2016

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