Consideraciones sobre la época actual

Por: Nullius Ectopos

El futuro ha llegado. Está aquí. La informática superó el intelecto de los individuos: a pesar de que ellos la han inventado y han delimitado sus características. La sociedad actual depende de una falsa idea, la idea más falsa de la filosofía o la idea más falsa individual o responsable del sujeto ante sus actos. La interpretación es verdadera entre los lectores menos audaces: estos desprestigiaron a los creadores. Cuando Nietzsche interpretó el mundo decadente e insertó el concepto de “Nihilismo” consideró eficaz la forma de operar “la muerte de Dios” ante la seguridad de la apertura para un nuevo concepto, acuñando en éste los valores de poder y de fuerza: “Superhombre”. El secreto de Nietzsche no consiste en “la voluntad de poder”, sino en la audacia para crear “nuevos” valores. Los modelos de la filosofía han caído en decadencia después del tremendo odio contra la metafísica. Los filósofos actuales desprestigian el mundo de las ideas por el hecho de no ser real o variable. Desde que hablamos de ruinas no hacemos más que apoyar la idea de que el gobierno ha de morir porque ha de morir. La falta de justificación para el odio mezquino de los menos adaptados socialmente, incluyendo los grupos vulnerables y las modas pasajeras, nos conduce a una destrucción masiva. La ética y la moral sufren decadencia.

No obstante, ¿qué impide la fulminación de la sociedad a partir de su decadencia? La equivocación entre lo perecedero y la innovación ha provocado la resurrección de todo cuanto muere. Es decir, las modas actualizan un modo nuevo del “bien morir”. El surgimiento de ilusiones cada vez más cercanas a lo considerado real ha dado paso al auge del espectáculo. Y, definitivamente, el ámbito filosófico ha caído en demérito gracias a su participación en ello. El filósofo, actualmente, se considera ya un modelo a seguir, pero en el fondo de lo social se le repugna, porque no se comprende su función en el mundo útil. Así, no queda más que acomodarse firmemente como una moda. Ejercicio fácil: pregunte a cualquiera que se considere buen lector y sea reconocido entre los círculos intelectuales: ¿por qué ha escogido ser filósofo en un mundo donde es mejor ser una figura pública? Difícilmente sostendrá que ha elegido ese camino por convicción. Bienvenidos, pues, al centro donde nadie sabrá reconocer porqué camina hacia la izquierda y no hacia la derecha. Lo que aún imposibilita la certeza sobre el pensamiento actual es el rápido surgimiento de los modos más tétricos de enmascaramiento.

Dado que los hombres dirigen sus vidas con “libertad”, intentaron darle el matiz a la muerte de Dios como muerte a la “verdad”. Donde los hombres pretendieron forjar un nuevo mundo aparecieron dos guerras mundiales. La sociedad establece patrones de comportamiento dependiendo de las clases sociales, y el marxismo se convirtió en una nueva religión cuando entendieron que era un excelente conducto donde fluye el odio contra la vida. El marxismo se reduce a una nueva terapia entre los menospreciadores de la vida. Marx es un nuevo ídolo para los débiles. La facilidad con la que caemos al momento de recibir una nueva experiencia es antagónica. Cualquier eventualidad nos pesa y nos traspasa. Precisamente por eso es que la sociedad sigue sumida en su antagonismo contra la filosofía, antagonismo absurdo porque la nueva oportunidad para pensar un mundo mejor se ha visto sumida en un fracaso inacabable. Cuando la sociedad quiere enseñar que se puede actuar correctamente, cae en el error de que esa enseñanza se vuelva contra ellos. La hipocresía reina sobre nuestras relaciones de amistad. Hace tiempo existía, en el buen sentido de la palabra, la sinceridad. En estos momentos se desconoce el significado de la sinceridad. Tan pronto la sociedad perdió el significado, olvidó lo que en realidad es. Nadie es sincero, aunque sea por intuición. La terapia de los inadaptados y despreciadores de la vida se llama marxismo.

La sociedad clama, busca de entre las ruinas al padre milagroso para poder asirse. En la devolución inacabable del eco de su propia voz, ha creído ser para sí la pieza faltante del mundo. La gran confusión nos devuelve a la caverna de un Platón que aún no puede superarse. Ya no se trata de suplantar dioses, ni de creer en nuevas falsedades “divinas”. Por esa razón, la sinceridad aún no puede abarcarse por completo y se soslaya fácilmente. Donde nace la franqueza propia, se despliega la fortuna de la clarividencia ajena. Pero aún no estamos preparados. El egoísmo y la hipocresía siguen moviendo el espectáculo imparable de las sociedades posmodernas. Y, aun en el reconocimiento de este malestar, el hombre se debate infinidad de veces entre la conciencia despistada o la conciencia impostada; entre el pertenecer o el alejarse. Se reproduce, irremediablemente, a través de las épocas, la misma historia. ¡Cuándo, señores, habremos de mirarnos sin sentir escozor!

 

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