¿Mujeres?, ¡género! y –escritura-

Respuesta a Mujeres, género y oratoria de José Luis Gallegos

“Los misóginos han reprochado frecuentemente a las mujeres intelectuales que <<se abandonen>>; pero también les han predicado: <<si queréis ser nuestras iguales, dejad de pintaros la cara y las uñas.>>”

Simone de Beauvoir.

Por: Regina Ponce

Es imperioso aclarar, de principio, que esto no pretende llenar los zapatos de un ensayo científico, una reflexión filosófica, un poema barroco o una declaración amorosa implícita. Es, en esencia, una carta. Su existencia alude a la amistad, el compañerismo y la sororidad –pese a ser un concepto vacío ante ciertos personajes-; en resumen, a la igualdad. El hecho de ser una carta convierte al emisario y al receptor en sujetos. El ensayo es un género literario que separa al escritor (sujeto cognoscente) del tema (objeto de estudio), creando una dialéctica entre lo real y el pensamiento. Dialéctica misma que formula una jerarquía sustentada en la “racionalidad” del observador. El objeto, evidentemente, no está a la misma altura del investigador, pues el objeto es incapaz de conocerse a sí mismo. Claro, en esta petulante perspectiva, se olvida un gran concepto: la implicación. Hay una serie de prejuicios supuestos en la estructura de pensamiento del autor que no le permiten acceder a la verdad del objeto. Es decir, el objeto es construido en el pensamiento del autor a partir de su experiencia, tanto inmediata como anterior, con el objeto y las categorías preconcebidas. El objeto del ensayo es una creación propia del escritor, no un reflejo neutro de la realidad. Es por ello que antes de pararme en un punto evangelizado, sostengo mis palabras desde una perspectiva más humana. No trataré al receptor de mis argumentos como un objeto de análisis, aquí no hay diván. Sino como un amigo al cual le dedico unas palabras, con cariño, que espero lea y tome en cuenta: un diálogo de yo-tú.

Lo anterior introduce al texto tanto como producto como proceso. Cuestiones que no se contraponen, sino se regulan. Iniciaré con mi implicación. He de decir que del texto “Mujeres, género y oratoria”,  rescato dos citas: “Sus discursos evidenciaron una gran incomprensión sobre la teoría feminista y ciertos clichés –muy a la mexicana– sobre las mujeres” y “además, debían pasar por un proceso de masculinización para que pudieran estar al mismo nivel del prototipo de ‘el orador’”. Citas que reflejan mi descontento. Por un lado, la presunción de la jerarquía. La estructura sintáctica de la cita primera esconde, tras una lectura sintomática, dos cosas: la petulancia del que sabe (pues, para acusar la incomprensión de una teoría hay que postrarse como conocedor) y la naturalización de los imaginarios sociales que, diacrónicamente, determinaron al sujeto enunciante. La siguiente cita muestra una clara incomprensión del concepto “género” y su importancia frente a la biologización arbitraria de la construcción social entorno a la división de sexos. Podemos retomar otra cita: “Siempre ha sido un tema común el regatearles sus triunfos a ellas, a las oradoras o polemistas, pero también siempre será una postura fácil, mojigata y políticamente rentable, ponerse completamente del lado femenino sin analizar el problema de fondo.” La cual quisiera invertir mencionando: Siempre ha sido un tema común el esconder la apología al padre castrante y punitivo que un hombre necesita para llegar a un nivel de obsesión por el falo tal que se muestra en la sobrecompensación narcisista del “héroe” redentor, pero también siempre será una postura fácil, mojigata y políticamente rentable, el esconder toda la frustración tras una serie de argumentaciones que para nada analizan de fondo el problema. He de reiterar, que el propósito de este escrito no es evidenciar una falsa argumentación, sino apoyar al autor a dar cuenta de su estructura androcéntrica desde la cual parte para salvarnos.

Sin tratar de enredarnos en la explicación del origen mitológico de la masculinidad, los textos dicen más del autor que del problema. Pero ese no es el tema. Nuestro menester es dilucidar la incoherencia de las argumentaciones suscitada por el inconsistente (malentendido) sistema de conceptos usados. Aludamos a un fragmento del texto: “Lo único que se merecen es respeto, y no por ser víctimas comunes de la opresión patriarcal, sino por el simple hecho de ser personas.” Inicialmente, hay que explicarle al autor que la concepción de “patriarcado” es un concepto que no termina de explicar la realidad. Patriarcado hace referencia absoluta a un hombre que ejerce poder sobre la mujer: un macho biológico tiránico. Evidentemente, la sociedad en la que vivimos no parte de una premisa biológica. Aquí salta el primer error conceptual, la simbiosis entre el concepto “género” y “sexo”. Uno que acude al tema de lo biológico y otro a lo cultural. Hay que decirle al autor que hay una diferencia muy marcada entre “naturaleza” y “significado”. La primera es producto, la segunda producción. El texto está plagado de una inseparable concepción de la mujer-femenina.

Si hay algo muy presente es la legitimidad que se le otorga a la superioridad masculina –axiológicamente hablando- que el autor naturaliza. Al describir “el proceso de masculinización” al cual deben acudir las mujeres para ser “oradoras” deja dicho que la oratoria, esencialmente, es una cualidad masculina. Entendiendo la reproducción de las cualidades del orador como algo propio de la masculinidad. Aparece frente a nosotros otro punto especial, algo a lo que Bourdieu llamó la dominación masculina. Simbólicamente, una serie de valor se anexan a lo considerado como masculino y esos valores se jerarquizan por encima de su contrapartida, los femeninos. “El cuño era masculino y había que imitarle si se aspiraba a la excelencia. La gravedad en la voz, el semblante justo, el ademán recto, la postura bien plantada”. ¿A partir de qué una voz grave y un semblante justo son cualidades inherentes al hombre? Habrá que aprender a separar las cualidades atribuidas y las cualidades inherentes (si es que es posible) al sexo en cuestión. No todos los hombres tienen voz grave, ¿o acaso quién tiene voz aguda es mujer? Yo recomendaría clases de acústica y fisiología; pues las posturas políticas no alcanzan para entender estos temas.

Hay una cita que se ancla a la perfección con la anterior argumentación: “El hecho de que exista una estructura machista en nuestra sociedad, y que también en los certámenes de oratoria, ésta pueda llegar a reproducirse, no debe ser razón suficiente para no atrevernos a cuestionar  si es que el tema de género no ha pasado a su polo opuesto, es decir, de ser un acto de discriminación a uno de favoritismo ‘compensatorio’, condescendiente con las mujeres.” Salta de nuevo la cuestión de la mujer como inferior. Desde el atrevimiento de categorizarla como víctima del patriarcado hasta la compensación condescendiente. Desde esa perspectiva, pues claro que a él no le “gustaría estar ni en sus zapatos ni en sus zapatillas.” Lo que se puede mostrar es una estructuración masculina desde la que se habla. La fantasía de ser el hombre, el único en rescatar a la mujer de su existencia inválida de vasalla.

Otro punto interesante es la comparación performativa mostrada en: “Sería un acto de hipocresía no reconocer que muchas mujeres echan mano de  sus atributos físicos, de su belleza, de su porte, de su vestuario, para ser del agrado del auditorio y del jurado y atraer con rapidez, y durante el mayor tiempo, su atención” y “Me acerco a ellos, busco ganarme sus simpatías, especialmente si estoy en un estado que no es el propio. Les cuento un poco sobre el tema que voy a disertar, les pido de antemano un fuerte aplauso si les gusta lo que digo“. Con esto el autor revisa en su experiencia la intencionalidad de su conciencia. Ancla el acto de la belleza a la mujer, como si en el caso de los hombres el acto performativo de su imagen estuviera en segundo plano y sólo cuando la mujer aprovecha las cualidades físicas se trata de una cuestión de estrategia. La forma peyorativa tratada hacia el primer argumento es una nota sobre que se considera realmente válido y qué no. Claro, al pensar acerca del uso de estos conceptos, quiero recomendarte amablemente, amigo mío, que sigas los consejos de Max Weber y aprendas la división entre el político y el científico.

Para finalizar, pues yo tampoco quiero abusar de la paciencia de los lectores, quisiera poner en la mesa una cuestión no tratada, de la cual –en mi opinión- se fundamenta el feminismo teórico: ¿qué es lo que debemos analizar? ¿Los fenómenos específicos que reflejan el “machismo de la sociedad” o los aspectos sincrónicos/diacrónicos que estructuran el poder/saber de nuestra sociedad y producen sujetos diferenciados sexualmente a través de una jerarquización? El tema, más allá de formar “una generación de mujeres talentosas y empoderadas, quienes visibilizando su presencia y poniendo también en entredicho el predominio de los varones, han logrado generar fisuras en el techo de cristal que las limitaba” debe llevarnos a luchar por una sociedad en la que no se persiga el empoderamiento poder ni sea necesario visibilizarnos frente a los demás fomentando una lucha de poder. Se trata de erradicar los privilegios otorgados a sectores de la sociedad (aunque le moleste al autor que parece perseguirlos incansablemente). Claro, sí, lo ideal de la propuesta es análogo al sueño de Gayle Rubin, sin embargo, siguiendo las ideas morales de Kant, hay que plantear un ideal el cual fundamente nuestras acciones.

Al final, la liberación femenina es imposible sin una liberación masculina. Mientras los hombres sigan atados a la incesante necesidad de competencia y poder, la sociedad estará estructurada de tal modo que legitime y legalice la desigualdad. El pensamiento de: “Esta lucha descarnada entre ciertas oradoras no es algo que se pueda cambiar de la noche a la mañana, porque parte de un elemento instintivo, universal y connatural al ser humano: la envidia“ no es más que un testimonio de la estructura masculina haciendo presencia a través de un sujeto. No se trata de que tú, mi amigo, hagas disertaciones tan magníficas acerca de nuestra situación, sino al contrario, que cuestiones tu posición de poder, de comodidad y de placer. Todo ello con la finalidad de que te formules la siguiente pregunta: “¿qué soy yo sin masculinidad?”

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