Gente caminando enojada (1)

Por: María Fernanda Morín y Guillermo Leal Muñoz

Ilustración por: María Mayalen Puente Manríquez

Sobre los espacios por los que los manifestantes pasean

Pocas personas conocen el origen del Monumento a la Revolución Mexicana, una de las edificaciones más representativas de la ciudad. No se trata sólo de una pieza que embellece el paisaje urbano, tampoco se trata de una pieza creada simple y llanamente para fomentar la cultura cívica, el Monumento a la Revolución Mexicana adquirió su relevancia a través de su historia; de su fracaso y de su renacimiento.

Es fácil pensar en edificios, monumentos, esculturas y placas brillantes que nos sugieren la relevancia de los personajes históricos y los hechos que nos han forjado como nación, los hay en cada esquina. Basta con tener una idea, algo de talento artístico y acceso al presupuesto público para esculpir en bronce a don Benito Juárez o a Miguel Hidalgo, pero la escultura, más que estar permeada de una valiosa carga simbólica, parecerá una escuela para memorizar nombres santificados de héroes a los que vemos de lejos. El monumento a la Revolución, de carácter un tanto impersonal, se llena del valor que el espectador le atribuye;  representa la Revolución Mexicana, una disrupción en el tejido social que a la fecha exalta las pasiones del pueblo mexicano.

El monumento carecería de significado si hubiera comenzado como eso, como un monumento. Es todo lo que pasó lo que lo satura de historia y relevancia. Nacer como la cúpula de un Palacio Legislativo que buscaba encarnar el proyecto europeísta del porfiriato, existir por el simple hecho de dotar a la capital mexicana de argumentos para plantarse contra las grandes ciudades europeas y, sin más, morir. Murió como consecuencia del movimiento de las masas, de la necesidad de la sociedad de luchar en contra de la corrupción y renació para representar esa misma lucha.

El Monumento a la Revolución encuentra su relevancia en haber atestiguado los grandes cambios políticos y sociales del siglo XX, su belleza no se limita al estilo arquitectónico. Ostentoso y de una escala que asusta cuando se mira de cerca, el legado que representa depende del sentido que los ciudadanos le demos a nuestra historia.

Pero este no es un trabajo sobre el Monumento a la Revolución Mexicana, es un trabajo sobre lo no inmediato. Sobre la trascendencia de cada cara feliz y el estigma que deja cada herida. Sobre cómo el grito más visceral que sale del ronco pecho de un mexicano es consecuencia de cómo se ha apropiado de la memoria histórica. No importa si el mexicano ignora la historia del Monumento a la Revolución o lo que ocurrió la Noche Triste, aun lo que aparece como espontáneo está permeado por lo que no murió en el tiempo, por lo que se plasma en el espacio y por lo que penetra en el deseo.

¿Cómo evitar un tinte romántico en un trabajo que se basa en la interpretación de las pasiones que se exaltan ante el profundo resentimiento que la injusticia genera? Todo encuentra su raíz en lo que el pueblo mexicano siente. La protesta social en la Ciudad de México empieza con el lugar; delimitar el espacio en que la acción se llevara a cabo es fundamental. La mega marcha por el Día de la Indignación partió de la Residencia Oficial de los Pinos y llegó a la Plaza de la Constitución. ¿Por qué? Porque cuando uno quiere manifestarse en contra del vicio (entendido como opuesto a la virtud) debe buscar el mayor impacto posible. Los Pinos ni siquiera requiere de un domicilio específico después de más de ochenta años de la primera vez que albergó a un presidente mexicano, es la casa que cobija a la encarnación del poder ejecutivo. Paseo de la Reforma es una de las principales avenidas de la ciudad, el impacto de la manifestación es evidente desde las repercusiones viales que tiene. La Plaza de la Constitución es el centro del llamado primer cuadro de la ciudad. Se puede decir lo mismo de la ruta de la marcha conmemorativa por la masacre del dos de octubre de 1968: El punto de partida es la Plaza de las Tres Culturas, lugar que encuentra su belleza en los espacios y tiempos que representa. La manifestación continúa por Eje Central, que desde el nombre se puede asumir como otra de las principales avenidas de la ciudad y finaliza en la Plaza de la Constitución.

El valor mediático está garantizado cuando se pretende movilizar a una gran multitud a lo largo de espacios relevantes. Los organizadores determinan el lugar y el resto de manifestantes siguen el trayecto con la certeza de que su mensaje será escuchado. Pero el espacio estaba ahí previo a la protesta, no se trata de algo que aparece sólo para cumplir con la función de acordar un punto de concentración o para referirse a un sitio en la ruta. La Residencia Oficial de Los Pinos empezó su ilustre historia como hogar del presidente mexicano a partir del sexenio de Lázaro Cárdenas, quien rechazó vivir en el Castillo de Chapultepec por considerarlo demasiado ostentoso (¡imposible no darle la razón!). Un desplante de humildad por parte de uno de los portadores de los ideales zapatistas (ideales que parecen fascinar a la mayoría de los manifestantes). Ahora sería imposible considerar que residir en Los Pinos es síntoma de humildad, ochenta años cambian muchas cosas, pero no las adecuadas y eso es algo que el pueblo siente. El mexicano se muestra continuamente paternalista, actitud poco deseable en un Estado presidencialista. El jefe del ejecutivo puede ser culpado de todo, ¿la situación económica? ¡Culpa del presidente! ¿La violencia en mi colonia? ¡Culpa del presidente! ¿Qué mejor lugar para empezar una marcha que aquel del que emana la corrupción que provoca el malestar nacional?

Paseo de la Reforma es una avenida saturada de valor simbólico. Sus casi ciento cincuenta años de historia la hacen testigo de acontecimientos que marcaron al país, pero su trascendencia no se limita a su existencia en el tiempo, sino que se expande por  los hechos a los que sus monumentos aluden. Empezando por la polémica Estela de Luz que nos habla de malversación de fondos mientras pretende conmemorar los festejos del Bicentenario de la Independencia Mexicana, la avenida nos reitera la historia. La fuente de la Diana Cazadora que fue concebida como medio para embellecer la ciudad terminó por ser un ejemplo de cómo la moral evoluciona. El Monumento a la Independencia que celebra un centenario del inicio de la revolución de independencia nos hace cuestionarnos la legitimidad de considerarnos independientes mientras ostenta un elevado valor estético. El Monumento a Cuauhtémoc  nos recuerda nuestras raíces prehispánicas y el Monumento a Colón nos recuerda nuestra identidad como producto de la imposición del proyecto español sobre esas raíces.  

La Plaza de las Tres Culturas, por su parte, también expone quiénes somos. Somos los hijos de la vasta pluralidad de culturas que habitaban el territorio de lo que ahora es México y de una colonización mal planeada. Pretendemos resumir al México previo a la colonia como el México prehispánico, feo reduccionismo en el lenguaje, lo prehispánico no logra abarcar la diversidad que nos ha conformado. La colonia demuestra la ineptitud de España para administrar sus recursos; construir habría sido más inteligente que despojar. Las ruinas prehispánicas, el Colegio de Santa Cruz de Tlatelolco y la arquitectura del México moderno no son prueba de la riqueza de nuestra cultura, sino de la falta de identidad del mexicano. Sucesión de sincretismos no acabados. Tlatelolco es un lugar trágico; el 13 de agosto de 1521 miles de indígenas fueron asesinados en la última batalla contra los mexicas, Cuauhtémoc se vio obligado a rendirse ante Hernán Cortés. El 2 de octubre de 1968 fuerzas armadas del gobierno asesinaron a tantos estudiantes como pudieron.

Finalmente, la Plaza de la Constitución es, por antonomasia, la plaza de la Ciudad de México. Previo a la colonia fue el centro político de México-Tenochtitlan, actualmente es el corazón de la ciudad. Al centro luce la enorme y bellísima bandera de los Estados Unidos Mexicanos, en uno de sus cuatro lados se encuentra la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México, en otro, tenemos el Palacio Nacional, sede oficial del Poder Ejecutivo. Al final, volvemos a donde empezamos; el Día de la Indignación la marcha transitó de la casa del presidente a la oficina del presidente, el dos de octubre se marchó desde el lugar en donde la injusticia ocurrió hasta el lugar donde la injusticia se ordenó. Ambas rutas recorren espacios que nos hablan de la identidad del mexicano y todo va más allá de lo que los manifestantes perciben de forma consciente. Cada estigma está ahí, configurando las ideas próximas a manifestarse.

El proceso no es unilateral. Los manifestantes dotan de sentido los espacios tanto como los espacios dotan de sentido a los manifestantes. Los monumentos exponen la historia, pero es la historia misma la que los hace monumentos. Los momentos que proyecta cada rincón encuentran su forma en lo que cada persona siente desde la manera en que concibe esos momentos. Los pies se posan firmes sobre el pavimento y el sujeto le da sentido al lugar sobre el que está. Al final de una manifestación, cada lugar tendrá algo más que contar.

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