El Enemigo Interno

Provocaciones heurísticas

Ilustración por: Ariel Omar Orenday Matínez

Prefacio breve

Soy una decepción enorme en una diversidad de ámbitos casi infinita, te advierto que éste no será la excepción.

En primera instancia te ofrezco una disculpa a ti, persona queer que me está leyendo, por no poder representarte con justicia; y otra a ti, lector o lectora buga y cis, por no poder darte una idea completa y acertada de lo que se podría decir que es mi comunidad. ¿La razón de las cursivas? Yo no creo que la comunidad sea una sola cosa, acaso nos agrupamos por descarte en torno a lo único que identificamos como un factor común: no somos heterosexuales cisgénero conformes con las ideas culturales de que debemos vestir y actuar conforme a los estándares de ‘masculino’ y ‘femenino’.

En pocas palabras: lo que nos determina como miembros es, más que la forma como nos aproximamos a la sexualidad, la forma en la que no nos aproximamos a la sexualidad.

(Ya, hablando en serio:

¿Si en vez de las siglas y cambiarlas o expandirlas periódicamente sólo nos identificamos como ‘comunidad no-hetero/no-cis’?

…Bueno,  la verdad no era tan en serio.)

Definitivamente soy la persona equivocada para hablar de identidad, pues no escribo desde lo peculiar; no es mi costumbre, vaya. Para colmo, aunque he tenido en ocasiones relaciones tanto sexuales como románticas con mujeres, no creo poder hablar “como homosexual” o “en nombre de LGBTTTIQ” porque mi experiencia individual no abarca “todos los colores del arcoíris”, por llamarle de alguna forma a la diversidad de la expresión y la experiencia queer.

Puedo hablar sólo de lo que conozco y eso es hablar de mí, de quienes me rodean y un poco de lo que veo en mi entorno; un pequeño mundo que, si yo abro los ojos lo suficiente y logro trascender mis ideas y algunas de mis varias capas de privilegio,  se mostraría como una escala perfecta, una síntesis esencial de lo que es El Mundo.

Con todo esto aclarado, empecemos, pues.

El Enemigo Interno

Tocaré un tema que no se suele comentar seguido: Voy a hablar del mayor enemigo de la comunidad gay.

Este enemigo se las ha ingeniado desde nuestro origen, desde antes de las stonewall riots, desde antes de la acuñación del término Drag, desde antes de que Juanga fuera Juanga, para introducirse en cada uno de nuestros bares y espacios inclusivos, y marchar con nosotros durante cada uno de los desfiles del orgullo.

No se trata de la Iglesia. Ni de los mataputos. Ni del estado o la sociedad; menos aún del Frente Nacional por la Familia, no sean payasos, ni quién pueda tomar en serio a esos weyes. Hablo de uno con el que hemos tenido que pelear con menor o mayor intensidad cada uno de nosotros y al que vamos a tener que seguir enfrentando en cada una de las decisiones que tomemos en la vida si de verdad nos importa nuestra seguridad, tranquilidad y realización.

No sabría hacer un porcentaje o calcular cuántas de las personas con las que convivo no son heterosexuales o cisgénero, reconozco, sin embargo, que algunos de mis seres humanos más queridos no lo son y que por el medio en el que me desenvuelvo (una rama muy específica de la comunidad teatral y una curiosa intersección entre varias generaciones) en realidad tampoco es un tabú o un motivo de rechazo por parte de los pares, o no por parte de la mayoría de los pares. Y en otros contextos es aún más difícil: Tengo amigos que fueron sacados de sus casas y repudiados por sus familias en el momento en el que se enteraron.

Lo complicado es que aún si sus familias nunca lo hubieran sabido, aún si ellos jamás hubieran decidido salir del clóset, aún si eligieran fingir eternamente, casarse con alguien de otro sexo, atenerse a lo establecido para el suyo y construirse una vida miserable e insatisfecha, cada uno de ellos viviría atormentado cada uno de sus días por el enemigo número uno de la comunidad LGBTTTIQ.

Tengo un amigo que creo que desde que nació posee una sensibilidad extraordinaria para la belleza, maneras refinadas y una forma de hablar extraordinariamente gentil. Lo conocí cuando ambos éramos muy niños y, sin saberlo, sin poder ponerle nombre, supe que era del otro tipo; de los muchachos que estaba más feliz conversando de poesía o con niñas que jugando futbol. El asunto de las preferencias fue posterior, pero varios lo vimos venir antes que él.

Antes de eso su homofobia era tal que lo hizo casi terminar nuestra amistad cuando yo le dije que estaba enamorada de una compañera. Y pese a conocer mi situación, el día que me confesó que le gustaba un amigo suyo temblaba y le tomó casi una hora hacerse del valor y encontrar las palabras. Supe entonces que tenía delante a un hombre tremendamente valiente.

No es mi costumbre hacer olas con mis relaciones. Soy de la idea de que se le llama ‘vida privada’ por algo; además, en realidad no es como que pueda dedicarle mucho tiempo al asunto de tener pareja, así que no es una de las facetas de mi vida que considero relevantes, sin embargo, no oculto aquello de lo que no me avergüenzo.

Aquí viene a caso la frase inmortal ‘lo que se ve no se pregunta.’

Ya había tenido un par de parejas de mi sexo cuando me topé con una ligeramente distinta. En este caso, cuando la vi por primera vez tuve la certeza absoluta de que iba a morir, y no porque me estuviera amenazando con un cuchillo o algo, sólo lo supe. No podía un ser de vida finita dejarla pasar así nada más.

Al verla, lo que sentí fue tan fuerte que sospeché que si lo dejaba pasar, tal vez no volvería a tener nada parecido en la vida. Y estuve tan loca que por ella estuve dispuesta a pasarle por encima a cualquier norma, a cualquier ley, institución, promesa, deber o costumbre.

Por ella, yo estuve dispuesta a mandar al diablo, y sin escalas, cualquier idea o prejuicio, mío o suyo.        

Por Soito Zinno.              

                                              

Tenía los ojos más oscuros y hermosos del mundo: era una mezcla muy extraña entre un bombón de trufa y un girasol nocturno. Varios meses pasaron entre poemas e intercalábamos fines de semana en las casas de ambas.

Ella se miraba dividida entre su natural inclinación a la ternura doméstica y una muy fuerte vocación de entrega y servicio al prójimo. Hicimos planes, tuvimos algunos sueños conjuntos… y el mayor de los enemigos se interpuso para finalmente imponerse. Vaya, que se fue a la mierda…Y en el fondo, ya serena, lamento profundamente las acciones hechas bajo el influjo del despecho, que no es buen consejero.

Le lloré encima a Solís y un poco a una amiga que decidió dejar de ser mi amiga la noche que lo supo. Él, en su calma, me dijo una cosa tremendamente sabia:

‘Mira, en realidad lo más difícil de ser gay, es aceptar que todo eso que planeaste desde chiquito, la casa con la familia, y los hijos, y la vida tradicional de familia, ya no va a poder ser… que vas a tener que tomar los pedazos de lo que esperabas de la vida, y a ver qué haces ahora.’

Recordé sus ojos hermosísimos cada vez que un bebé se aparecía frente a ella y supe que algo le resonaba en lo más hondo de sus anhelos y lo que le significaba algo como lo que estábamos construyendo.

Recordé las varias ocasiones en las que uno de mis compañeros homosexuales comentó que le incomodaba que algunos otros compañeros gay se vieran demasiado femeninos, y de cómo una amiga (mujer trans), antes de descubrirse trans, tenía un gran temor de que se le percibieran características de mujer.

    Todo encajó. En cada uno de los casos, el dolor yacía en que todos tenían una idea de lo que querían y de lo que debería ser de sus vidas, y esa idea no correspondía con las posibilidades de la realidad.

“Yo querría”, “yo debería”, “ellos no deberían”. Se trata del juez que llevamos en el interior del pecho y que es perfectamente capaz de negarnos el sueño por no ser aquello que deberíamos. Ese, y no cualquier otro, era el mayor enemigo de la comunidad, y todos lo tenemos dentro.

    Lo peor es que no le basta, y tal parece que deseara extender su morada a todo su alrededor y a cuantos le rodean. Recordemos que los gays que se molestan de que a otros “se les note mucho lo gay” lo que están insinuando es que es algo que es feo o que mejor valdría esconderlo. Lo mismo con los hetero que dicen “no se te nota” como un halago. Este juez nos dice “esto que eres, no debería ser” y hace quedar a Putin como un viejito bonachón. Hay transexuales en nuestro país que se condenan solos a la pena capital, y no concibo una tortura física más dolorosa que sentir diariamente que la propia existencia es un error. Porque se puede escapar de la policía, pero no del odio que nace en nuestro corazón, que es verdad que hay países en los que está prohibido y penado por ley, pero las leyes son obras de las personas y los países se componen de seres humanos.

La ley ya está escrita y los aparatos jurídicos establecidos. Lo hecho hecho está. Pues ahora a movernos todos, que las leyes son moral, no física: En cuanto dejemos de juzgar al otro y a nosotros conforme a nuestro deber ser, esto se acaba.

¡Que cobarde es señalar en el otro lo que nos avergüenza de nosotros! El otro no acató lo que nuestro “debiera ser” nos exige. ¿Por qué debería? No es mi culpa que no seas quien deberías ser: yo no quiero fingir que cumplo.

Sin embargo, también sobre mi conciencia pesan las cadenas de un ”Debería” con el que peleo todos los días. Y en el fondo, lo que es el eco leve de mi cordura, susurra: No Debes Ser. Tú Eres.

Soy. Soy. Soy. Independientemente de lo que debería; soy, y aquí estoy; aunque finja y me oculte, o grite y diga. Soy. Y no lo que debería.

    Eso es lo que celebra la bandera, eso es el dichoso orgullo: ¡No soy el que debería! ¡Soy el que soy y no quisiera ser de otra manera! Soy, pese a la persecución, y la intolerancia, y al miedo que me da que mis expectativas del mundo se han roto y que ahora debo ver cómo encuentro un lugar en este palpitante mundo: Soy.

¿Cuál es el orgullo?

Haber aceptado, al menos en un solo aspecto de la vida, que Soy éstx, y que está bien, y que no quiero cambiarlo porque no es un error.

Y hacer eso no es fácil.

Pero lo sabes, ¿no? Porque, sin importar tu situación, tú tampoco eres quien deberías ser.

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