Las campanas que suenan todavía

Por: Eduardo Sánchez

Me levanto con el cuerpo adolorido, debe ser el cansancio de vivir; me digo frente al espejo mientras sostengo un somnoliento café humeante y de pronto me voy evaporando lentamente entre las corbatas, las faldas y las risas. Más tarde vuelvo a casa, cada vez se hace más largo el mismo recorrido… waiting for the miracle está cantando Leonard cohen con su voz profunda como de pozo vacío y oscuro, en esa casa, suena la balada tan fugaz y vertiginosa, tu sombra que se proyecta tenue y graciosa, quiero arroparla como a un lirio; pienso (poesía que se cae en silencio), me abrazas, te beso, nos transmutamos en pléyades oscuras, cósmicas, olvidadas del desprecio y el mundo que nos cuenta las historias para dormir eternamente, yo te regalo las flores que plantaron otros y tú la memoria de las cosas, mientras tratamos de remendarnos la piel a bocados de pan y leche, y no sé si contarte lo que mis pasos olvidan con el correr de los años, o simplemente dejarme caer a tus brazos y dormir hasta el siguiente día, pero lo notas en mis ojos atropellados y aceitosos, no lo sé, te digo con arenosa voz, no te preocupes me solucionas y sin embargo no estoy contento, enciendo el televisor para distraer mis penas, las ventanas, las puertas, la ropa, los rayos intentan calmarme como un parasito que descorazona los sentidos. Entonces llenamos nuestras tristezas, amor, con nuestros cuerpos entrelazados para no dejarnos caer, para no dejarnos comer por el espejo. Cuando el cansancio nos va arrullando, con desesperación llaman a la puerta, siento que una fuerza enorme me jala de un vacío a otro, intento abrir los ojos pero una intensidad de luces me hacen imposible sostenerte, te oigo gritar, hay golpes que caen sobre mí, yo solo quiero alcanzar tus manos, te desvanecen en parpadeos, el dolor y la sangre me fulminan, no hay más, me levanto con el cuerpo adolorido, todo está destrozado, como tocado por la furia del aire, he sangrado y tengo contusiones seguramente, hay campanas, inusuales, suenan como anunciando algo por suceder, salgo a la calle, al mismo tiempo en que lo hacen mis vecinos, veo rostros demacrados, confundidos, llorosos, sangrantes, todos masculinos, me doy cuenta que hacen falta ellas, ¿Dónde están?, las campanas siguen su atribulado compás, la fuerza pública se instala en las aceras cuestionando a todos, ¿Qué? ¿Cómo? ¿Quiénes? ¿Por qué?; dormíamos, y en instantes se las llevaron, esos es todo, y esas campanas. La locura se desata en las calles, ¡las buscaremos nosotros!, e improvisamos equipos de búsqueda y desde entonces, han pasado ya semanas, quizá meses y no hay rastros, todo es un profundo caos, inclusive las niñas, se las llevaron a todas. Se han destruido oficinas de gobierno, se han quemado cuarteles y han muerto los necesarios, de su lado y del nuestro, pero igual falta la mujer del campesino, como la del presidente, no hay respuestas, solo hay campanas, esas que suenan todavía, como anunciando algo, no sabemos de dónde, queremos acabarlas, pero solo esperamos, cargamos fusiles, nuestros miedos, hay quienes llevan a los hijos a la búsqueda, en el bosque, entre la caña brava, en los callejones de barrios pobres donde ya no hay nadie, todos se han ido tras una huella inexistente, quizá nadie se ha preguntado ¿Qué pasará si nunca aparecieran? ¿Aún habrá alguna mujer por ahí escondida de nosotros?, pues lo único que hemos oído, es que en todo el mundo no queda una sola mujer, todas han desaparecido, muchos dicen haber visto mujeres en altamar o en lugares imposibles, rincones de incognito, la ciencia y la religión se construyen una explicación plausible, pero qué más da explicarlo. A las afueras de un pueblo logro escuchar un waiting for the miracle; y sé que solo estoy esperándote, eso es, vendrás, todas vendrán si quieren hacerlo, si no, pues ojalá vengan algún día por nosotros también.

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