De los Dientes de la Serpiente.

 

Por: Miguel Vázquez

Ilustración por: Ariel Omar Orenday Matínez

 

Siempre que se camina por la vida, está fuera de las posibilidades siquiera querer encontrar felicidad total, bonanza y euforia en cada rincón, en cada aquel lugar que nuestros pies visiten. Es ley inalienable de la naturaleza el que cada momento de la vida trae consigo su contraparte tatuada en su posterioridad, pues este es el balance nato de las cosas. Por cada bien, existe un mal de igual magnitud, ambos están dispuestos a interceder según lo requieran para hacer brillar al otro, pues el color de la vida es bicromo: ventura y congoja.

 

Pero al pasar el tiempo, y tras vivir mucho, el individuo se da cuenta que es meramente impensable buscar el apreciar un bello destello si no hay oscuridad rodeándolo. Efectivamente la congoja resalta la ventura y la ventura resalta la congoja. Son el uno para el otro como es uno para el otro el odio y el amor, como lo es la aceptación y la intolerancia. Son la máxima dualidad y regidores del sentir.

 

Y es imperativo mencionar que las situaciones que cada uno de estos extremos de las dualidades representan, son las que forman el carácter, el mismo origen de la fuerza de voluntad y la correosidad ante las mismas situaciones posteriores que varían en intensidad. Y como a un material que se piensa fuerte y resistente, las infinitas variables de posibilidades de un suceso dentro de nuestra vida, elige cierta cantidad de situaciones adversas para que se enfrenten. Éstas nos templan con ventura y congoja de un momento a otro tal y como se templa a un vidrio con frío y calor.

 

Bien nos exponía Nietzsche al enfrentar a Zaratustra con una serpiente venenosa, que después de morderlo y asegurar que el superhombre moriría, Zaratustra le declaró: “¿Desde cuándo mata a un dragón el veneno de una serpiente?, ¡Recupera tu veneno! No eres suficientemente rica para regalármelo.” Pues Zaratustra era un Übermanch, un superhombre, el humano templado; la cúspide del crecimiento por medio de los sentires bicromo que hacen al hombre férreo, desapegado y fuerte.

 

Si en algún momento un individuo busca ser mejor, busca crecer y ser más fuerte, debe de estar preparado para arder en su propio fuego, ¿de qué otra forma habría de renacer de sus cenizas? Pues la dolencia, por naturaleza humana y suprahumana siempre trae consigo el crecimiento del hombre y el acercamiento a la belleza del ser.

 

El vivir y el experimentar enseña que los sucesos ocurren de la forma en que son porque es lo que necesita nuestra existencia, es por ello que es imperativo respetar su curso, por más doloroso que llegue a ser, por más ceñido y que parezca el vericueto a recorrer, al final siempre existirá una luz que habrá valido la pena. Incluso la vida misma encuentra su luz posterior a su fin.

 

Es cierto que si es posible hacer algo al respecto de la situación que achaca y se sabe que dicha acción es en beneficio propio, debe hacerse, pero siempre tomando en cuenta que una pena, un dolor siempre provocará un suceso que nos saque de nuestra zona de confort, hará que nos encontremos con lo mejor y más valioso de nosotros; aunque, en caso contrario y si no tenemos la suficiente voluntad para sobreponernos ante la desventura, sólo veremos lo peor de nosotros resaltar y consumirnos poco a poco, siendo víctimas del vicio más grande y que trae consigo el resto de los vicios: la debilidad.

 

Nuestra actual sociedad nos ha enseñado que debemos de vivir en el placer eternamente, en la perpetua perfección a los criterios occidentales falta de todo dolor, que debemos de evitar la pena, por el simple hecho de evadir la adversidad, el cambio; evitar la fuga de la zona de confort. Ello es una práctica más que nociva para los fines sublimes del hombre, pues nos priva de la oportunidad de convertirnos a algo mayor que nosotros mismos, nos priva de la oportunidad de crecer.

 

De vez en cuando es útil sentarse a reflexionar, a convivir con ese dolor que a veces negamos, a vivir con nuestro sentir y revolucionarlo todo aquello que cala en nuestro ser. Tomarlo de la mano, enfrentarlo y decirle que lo amamos y aceptamos por lo que nos ha regalado. Es importante abrazarlo, por más que queme ese contacto, por más que cimbre nuestra sonrisa o proporcione un desplome en nuestro día. Debe de enfrentarse de cara, seguirse adelante con lo que quede, ignorar el tiempo y besar aquello que dolió para lograrse sanado.

 

Las vacunas, las medicinas antiguas y la recuperación nacen de la misma sustancia a la que se le atribuye la dolencia; pero, a menores dosis, nos curará. Es un proceso que se debe de tomar con calma y con una sabiduría magistral para analizar detenidamente lo que duele y entenderlo. Porque si todo el presente duele, el pasado se gozará de tal suerte que lo que cala, lo que duele, la congoja que domina el presente, pasará a llamarse pasado y un agradecimiento será imperativo para ese gran maestro llamado dolor.

 

La dolencia es totalmente inexorable, pero el sufrimiento es opcional, siempre lo será. Hay que dejar que la virtud florezca y que el dolor se sienta. Tú, que lees esto: sufre, es lo mejor que puedes hacer.

 

Referencias.

 

  1. Nietzsche. (2016) Así Hablaba Zaratustra. CDMX: Porrúa.

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