El Recogedor de Mangos

 

Por: Deníss A. Mtz. Castillo

Ganador del Primer concurso de cuento corto

Ilustración por: María Mayalen Puente Manríquez

 

Todos los días es lo mismo. El sol arde en mi piel aún más morena por la misma
causa, inclusive hay lugares rojizos que cuando los toco parecen quemar. Mi
sombrero está bastante maltratado y mis manos arden por algunas quemaduras
de la leche del mango, mis pies me pesan, los surcos llenos de terrones me
dificultan aún más el caminar por toda la huerta.
Las cajas no parecen llenarse nunca, mango tras mango, tras mango, escogiendo
siempre los que estén menos mal, por ello a veces cometo la osadía de comer
alguno, pero me saben a ceniza ya, ningún mango me sabe dulce de nuevo, una
completa ironía porque antes llegaba a hartarme de comer uno tras otro.
Debo decir que a veces la rutina cambia un poco, cuando llega el atardecer y la
ronda termina, me voy a recostar un momento sobre las hojas y puedo observar
las nubes danzar, las aves revolotear y las hojas caer. Algo que realmente me
molesta a la hora de descansar son las hormigas, son tan molestas, no importa
cuanto las ahuyente de mi cuerpo siempre regresan, como si yo fuera su comida,
desgraciadas.
En fin, que supongo que no está tan mal, aunque realmente extraño el pueblo, la
gente, mi familia, amigos, todo lo que se quedó allá, mientras yo no puedo salir de
aquí y es realmente pesado. Tal vez si no me hubiese quedado tan tarde
recogiendo mangos, o si no hubiese entrado a robar a la huerta equivocada, pero
ya ni quejarse es bueno, pero ¿qué iba yo a saber que el dueño de la huerta me
dispararía con su rifle? ¿Y que ni siquiera tuviese la decencia de llevarme a donde
me encontrarán? Sólo me dejó tirado ahí y me arrastró cual basura hasta lo más
profundo del terreno para que nadie me viera.
Estoy destinado a vivir lo mismo día tras día, recogiendo los mangos, muriendo,
cayendo, siendo arrastrado, porque, aunque robaba para darle de comer a mi
familia, parece que a Dios le importa muy poco mi situación.
A mi pobre cuerpo ya no le queda carne, ya los puros huesos, de hecho, ya perdí
la esperanza de que me lleguen a encontrar.

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