Por un beso

Por: Carlos Quijano

La lluvia caía sobre el barrio marginal con la suficiente fuerza para lavar la miseria
de las casuchas y de los que sobrevivían en ellas. Pequeños arroyos arrastraban
consigo mugre y basura, mas la pobreza se aferraba con todas las uñas: ni
tempestades ni terremotos habían podido sacudirla de esas tierras. Esta laceria
involuntaria aquejaba a este creciente grupo desde muchas generaciones atrás,
dejando nada más valores inmateriales: algunos arraigados, otros desvaídos por
el tiempo y violados por la precariedad.
Sonia corría de un lado a otro para centrar cubetas, botes y cacharros que
recolectarían los hilillos de agua que escurrían del techo de lámina, antes de que
el piso interior de la chabola se convirtiera en un lodazal. Tenía los pies descalzos
y entumidos. Cuando termino su labor de prevención, de un salto subió a la
improvisada cama y de inmediato se cubrió con la cobija. Aunque el raído cobertor
apestara a una fétida mezcla de baba, orines de su hermano, sudor y a muchos
sueños transferidos al tejido, ella se sentía segura y reconfortada.
Mientras escuchaban el desordenado chapoteo que emitía la caída de agua, Sonia
y su hermano, siempre platicaban antes de dormir:
—Hugo, si pudieras irte de aquí ¿a dónde irías? ¿Qué harías? —dijo Sonia.
—¡Cállate! Va a venir a pegarnos mi papá si nos oye —contestó en un murmuro
Hugo.
—¡Dime! —insistió Sonia.
—Pues… buscaría un buen trabajo… así podría llevarle flores a mi mamá los
domingos.
Guardaron silencio durante un rato, por encima de la lluvia se escuchaban los
ronquidos animales de su papá que eran más soportables que los gemidos
ahogados de doña Amparo que a veces se quedaba a dormir con él. Mientras
estaban callados, Sonia imaginaba cómo sería tener una fiesta de quince. Un
vestido de color pastel, elegantes chambelanes y un alegre vals. Su imaginación
vagaba por los pasillos de una escuela con cuadernos nuevos, clases y profesores

o practicando algún deporte. Tener amigas y un novio. Volteó a mirar a la mesa
sostenida por ladrillos, ahí estaban las cajillas de goma de mascar que la anclaban
a la realidad.
—¿Qué darías porque tu vida cambiara? —dijo mientras con un pie sacudía a
Hugo por si ya se hubiese quedado dormido.
—¡Ya déjame dormir! ¿Qué no ves que no tenemos nada? Ya duérmete que
mañana hay que ir a vender.
Y como cada noche antes de dormir, Sonia luchaba contra los demonios que la
sujetaban a su existencia:
—No tenemos nada, eso es muy cierto. Yo daría todo eso que siento dentro de mí,
lo que me pasa cuando veo a una pareja que se toma de la mano o se abrazan en
las bancas de los parques. Esas cosas me hacen sentir emocionada —dijo
intentando una sonrisa—. No tengo nada que dar a cambio, pero entregaría todo
lo que soy… ¡Ay, no sé cómo decirlo! Daría todo por un beso.
Hugo se quitó la cobija de la cara para ver a Sonia; no sabía nada sobre el defecto
congénito de ella, solo recordaba que una vez que hubo una campaña de
vacunación en aquella ciudad perdida, escuchó a una enfermera decir que Sonia
tenía un defecto orofacial. Sabía que ningún chico se fijaba en ella por eso. Iba a
decirle algo cuando escuchó un rugido:
—¡Pinche coneja, si no te callas y te duermes te voy a romper tu madre!
Sonia se tapaba la carita y dejaba los tejidos de la cobija impregnados de
silenciosos sueños.

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