Lenguas pérfidas: la oscuridad de la estulticia.

 

Por: José Luis Gallegos Quezada

Ilustración por: Ariel Omar Orenday Matínez

¿Qué significa ser el hombre más sabio de Atenas? Para entender el enigma planteado por el oráculo, Sócrates acude a los hombres más sabios de su época. De entre de ellos, decide visitar a los poetas, pues maravillado por su lenguaje lírico y metafórico, está convencido de que sus composiciones guardan una sabiduría velada. Pero terrible es su decepción al descubrir que los poetas no comprenden el significado de su propio arte, lo cual hace evidente que no es sabiduría lo que guía a sus palabras “sino ciertos movimientos de la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen”  (Platón, trad.  1871, p. 56).

 

¿Es posible hablar bien sin saber de lo que se habla? La pregunta parece una contradicción en términos, aunque si se analiza con detenimiento es claro que estética no implica inteligibilidad. Hoy los políticos, los economistas y los filósofos, ocupan el mismo lugar que los poetas del pasado, nos maravillan por su lenguaje intricado, esotérico, lleno de tecnicismos, pero ¿podemos estar convencidos de que saben realmente lo que dicen? ¿En qué contextos específicos la oscuridad del lenguaje es justificable? ¿Debe privar en todo momento la claridad? Estas cuestiones son exploradas en Miedos Analíticos: El sentido del secreto, texto en el que Carlos Hernández pone a dialogar a clásicos de la retórica con teóricos contemporáneos para discernir la pertinencia del lenguaje obscuro y metafórico en la argumentación. Así mismo, el autor identifica las implicaciones de este artificio en la comprensión y capacidad persuasiva del discurso, al tiempo que vislumbra la existencia de entornos autoritarios que justifican una elocución lóbrega.

 

Pero remontémonos de nuevo al mundo clásico. En dicho mundo la claridad del lenguaje es cuestión de vida o muerte, especialmente si pensamos en los juicios públicos donde un discurso puede exonerar o condenar a la cicuta, incluso al más ilustre de los atenienses. La claridad del discurso (perspicuitas), como señala Carlos Hernández, era vital para capturar la atención del jurado, ganar su simpatía y lograr su inclinación favorable; por ello que la tradición grecolatina mantuviera sus reservas respecto del empleo obscuro de la palabra (oscuritas).

 

No obstante, el autor es oportuno al realizar matices dentro del canon grecolatino. Aunque para Aristóteles y Quintiliano el ornato cargado y la obscuridad estilística pueden restar credibilidad y producir extrañeza hacia las palabras del orador, es cierto que ambos tratadistas consideran que su empleo moderado es capaz de generar variaciones, dar un aire de erudición y aumentar la persuasión del discurso. Al recuperar a los clásicos, Carlos Hernández pone de relieve que la obscuridad del lenguaje no debe ser categóricamente rechazada, sino casuísticamente recomendada.

Posteriormente, el artículo contrapuntea con la postura prohibicionista de los filósofos analíticos, quienes guardan una animadversión hacia el discurso lóbrego al considerarlo irracional y anti-moderno, repleto de afirmaciones ambiguas que no son falseables y que se sostienen, principalmente, de la autoridad del autor. Carlos Hernández ejemplifica esta postura con Dan Sperber, quien arguye que al enfrentarse a un texto oscuro es común que los lectores sucumban al efecto gurú. Esto significa que el lector atribuye una supuesta profundidad epistémica al autor del texto, derivado de su propia incapacidad por comprender lo escrito. Sperber sugiere que el efecto gurú surge de la predisposición que guardamos hacia la lectura de autores prestigiosos como Lacan, Sartre o Derrida, de quienes suponemos escriben de manera oscura con una particular intencionalidad. Por lo que  presumimos que la incomprensión del texto deriva de la alta especialización intelectual que su lectura demanda.

 

Para polemizar con esta perspectiva, el artículo introduce a Leo Strauss. Al retomar su obra La persecución y el arte de escribir, se argumenta que la obscuridad puede justificarse como una estrategia para que el sentido del mensaje no sea interceptado en contextos de censura. El lenguaje se convierte en una especie de código morse capaz de escapar la mirada del censor, permitiendo la comunicación entre libre pensadores. Bajo esta idea, el lenguaje oscuro no es un despropósito accidental sino que guarda una compleja función de secrecía. Sea para proteger los saberes de una tradición o para escapar de la represión política, Carlos Hernández nos advierte que “[l]a tarea del lector es ser cuidadoso al encontrarse con un texto, lóbrego, abstruso, polivalente, [pues] [q]uizá lo que está contenido detrás de esos juegos de espejos sea una verdad envuelta en secreto” (Carlos Hernández, p. 179).

 

Miedos Analíticos guarda una estructura puntual y ordenada, así como un objetivo explícito desde el comienzo: acabar con los miedos de la filosofía analítica hacia la oscuridad del lenguaje y reivindicar su función como codificador de secretos y arma retórica. El autor logra, efectivamente, construir un argumento a favor de quienes escriben de forma intelectualmente compleja, ¿pero es capaz de justificar por igual a quienes hablan de forma oscura?

 

Al abordar los estudios clásicos de retórica, hace una precisión que después pasa por alto: la oscuritas en el discurso hablado no refiere únicamente a un asombro del oyente provocado por el estilo elevado y poético del orador, la oscuritas, de forma genérica, es cualquier extrañamiento hacia el sentido del discurso. Esto quiere decir que la oscuridad en el lenguaje también implica –y de forma más común– el empleo equívoco de la sintaxis, el abuso de ambigüedades, los circunloquios innecesarios, las metáforas inadecuadas, los epítetos improcedentes, el uso de barbarismos, etc. (Carlos Hernández, p. 164-167).

 

Carlos Hernández escribe antes de la era Trump, antes de que un candidato llegara a la casa blanca con la estructura gramatical de un chico de cuarto grado 1, por lo que difícilmente pudo haber imaginado que la lobreguez discursiva en el terreno político tendría poca que ver con pasar por erudito o escapar de la censura. Hoy la oscuritas se presenta más bien como una forma ambigua, contra-factual y disparatada del lenguaje que acompaña al actor político en su pretensión de conectar con el ciudadano común, incluso al grado de la ininteligibilidad.

 

En la esfera nacional, es cada vez más común presenciar discursos políticos cargado de coloquialismos y vicios lingüísticos como reacción natural frente la la oligarquización de la política. El “arroz con gorgojo” de López Obrador, el “vamos requeté bien” de Delfina Gómez, el “quiubole mi raza” de Jaime Rodríguez son fórmulas de un populismo lingüístico, cuya extrañeza estilística genera un aura rimbombante, humorística y carismática, que gana cada vez más aceptación entre el electorado. No es que su forma ambigua y simplona genere estupefacción, más bien logra una identificación con los sectores populares que se encuentran hartos del discurso convencional, acartonado y monótono del establishment.

 

La fórmula del “cantinfleo”, que hizo tan popular al cómico mexicano Mario Moreno Reyes, hoy ha caído en el abuso –a veces intencional, otras sínicamente accidental– de demagogos y populistas. El paroxismo de este fenómeno lo encontramos en el reciente debate a la gubernatura de Nayarit, donde el candidato Hilario Ramírez –mejor conocido como Layín– se desmesuró en el empleo de palabras altisonantes, pleonasmos, ideas deshilvanadas y barbarismos que han reforzado la idea de que “viene del pueblo”, de que “es como nosotros”². Una de sus frases que amerita nuestra especial atención es la siguiente: “los debates no nos llevan a nada, puro hablar fino, pura mentira, pura falsedad” (Milenio, 10 de Mayo 2017). Este anti-intelectualismo es otro tipo de oscuritas que ciertamente no carece de intencionalidad ni tampoco puede pensarse inofensivo.

 

Candidatos y actores políticos reducen a su mínima expresión su capacidad argumentativa y la sustituyen por un argot que les coloca al centro de las simpatías. Al rechazar el lenguaje técnico y sofisticado del político convencional, los populistas han pasado al otro extremo: disminuir el nivel discursivo de la política sin que necesariamente se comunique con mayor claridad (perspicuitas). De forma que, al igual que la censura, la oscuridad discursiva ha minado el sentido deliberativo de la democracia, la posibilidad de tener certeza en lo que cada candidato propone y una discusión de nivel sobre sus proyectos políticos.

 

Nuestros miedos analíticos tienen poco que ver ya con una obsesión cientificista o racionalista. Se encarnan en el riesgo latente que representan la ambigüedad y la corrupción del lenguaje, pues como afirmaba Octavio Paz: “no sabemos en donde empieza el mal, si en las palabras o en las cosas, pero cuando las palabras se corrompen y los significados se vuelven inciertos, el sentido de nuestros actos y de nuestras obras también es inseguro” (1983, p.29). Este peligro no es poca cosa si se considera el contexto de pos-verdad en el que estamos empantanados. Carlos Hernández tiene razón al argüir que el oscurecimiento discursivo no necesariamente es irracional, pues guarda intencionalidad y funcionalidad en diversos contextos; sin embargo, es imperioso que el autor vuelva a explorar el empleo de la oscuritas, esta vez para prevenirnos de sus efectos nocivos.

 1Durante la última carrera presidencial en Estados Unidos, el periódico de Boston Globe, decidió analizar el nivel discursivo de diferentes políticos estadounidenses a partir de un algoritmo común denominado “Flesch-Kincaid readability test” el cual consideraba, entre otros elementos la selección de palabras y la estructura gramatical del discurso de los candidatos. De acuerdo a este estudio, el magnate Donald Trump habría resultado el peor calificado, con un discurso asimilable para chicos de cuarto grado (Matt Viser, Octubre 20, 2015)

²Apreciación personal.

 

 

Referencias.

  • Hernández Mercado, C. (Agosto-Diciembre, 2011). “Miedos analíticos: El sentido del secreto”. Artificium: Revista Iberoamericana de Estudios Culturales y Análisis Conceptual. Año 2. Vol. 2. pp. 160-180.
  • Paz, Octavio (1987). El arco y la lira. México. Fondo de Cultura Económica
  • Platón. (1871). Obras completas. Tomo 1. Madrid: Medina y Navarro.
  • S/A. (10 de Mayo 2017). “Layín, impuntual, grosero, y hasta con sombrero en debate de Nayarit”. Milenio. México. Consultado el 20 de mayo de 2017. http://www.milenio.com
  • Viser, Matt (20 Octubre 2015). “For presidential hopefuls, simpler language resonates Trump tops GOP field while talking to voters at fourth-grade level”. The Boston Globe. US. Consultado el 20 de mayo de 2017.  https://www.bostonglobe.com

 

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