Los desconocidos

Por: Raziel Ali Rentería Abad

Desde hace tiempo que no me veía en los espejos, a pesar de tener uno grande y polvoriento, esperándome detrás de la puerta principal, y yo con todo mi cuerpo enjuto y harinoso, estaba ahí, frente a él, moviéndolo para poder salir.

Al cuerpo flaco que vivía detrás del diáfano polvo del espejo le miré la cara y, al ver que no dejaba de seguirme con sus canicas gordas y negras llamadas ojos, le ofrecí un cigarrillo.
Miró el tabaco y con cara de pena me dijo “¡Tú no fumas desde la muerte de tu hija, Juan!”.
¡Tan bien me conocía!, pero no tanto como para saber que agarré el vicio de nuevo cuando tuve que hipotecar la casa. “Tú no fumas… Juan” Volvía a decir, mientras aún me seguía con esas… sus canicas almendradas, venosas e inyectadas con sangre.
Sonreí y me limité a devolver la cajetilla al bolsillo. Lo miré de reojo y vi que él también se guardaba una cajetilla en el bolsillo. “¡Tú tampoco fumas, Juan…!” Le comenté. Yo también lo conocía, pero ¿Cuándo empezó a fumar que no me di cuenta?
Esbocé una sonrisa con gran tristeza y lo miré fijamente a los ojos. Él me miró de reojo, luego yo; Luego nos miramos nuevamente y dijo:

-¿Te basta con esto?

-Qué más le puedo pedir a la vida sino vivir.
Ignoré lo que me contestó y decidí escapar a sus preguntas por la puerta:
Ahogándolo con el soporte de la madera y las limitaciones del cristal.
-¡Juan, por favor, no me dejes! -Gritó desde el interior de la casa, desde la cajetilla de cigarros, y desde lo más exangüe y venoso de mis ojos hepáticos. ¿Qué más me quedaba sino dejarle vivir también, en la libertad de la soledad y el albedrío?
-¡Juan! -gritaba extenuado, mientras su voz me parecía más y más a la de un sueño.
Como él, yo estaría feliz de no ser abandonado, pero de ese sueño, ni el más grande espejo podía sujetarme. Como él, yo necesitaba de la voz de mi hija que me hiciera sonreír tan inocentemente; como él, necesitaba estar con todas esas pequeñeces y sinsentidos de la casa que me traían tan bellos recuerdos; como él, yo necesitaba de él, de él en el espejo del baño, en el reflejo de las ventanas, o en el espejo de la puerta principal de la casa, siempre haciéndome reír, siempre alegrándose de verme.
-Juan, ¿no ves que estoy solo? -Fue lo último que alcancé a oír desde lo más cóncavo de la puerta. -Misericordia, vuelve… Incluso si volvía, ¿a dónde iríamos sino a nuestros bolsillos a mostrarnos cajetillas, o a otros espejos donde veríamos nuestras caras consumidas por la hepatitis y la tristeza?
Por no querer oír sus súplicas dormiré en la calle, y mientras los otros me lamentan con monedas, yo me lamentaré en cada espejo en la que desconozco más a ese hombre fumador y enfermizo del que juzgo y dudo ahora el saber su nombre. En la noche oscura, mientras los demás duermen, él se reflejará en lo azul de las persianas y los faros olvidados, pidiéndome que no lo deje, que es demasiado para un hombre solo, aquel aire taciturno.

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