Problemas fundamentales para el estudio de la filosofía mexicana

Por: Irvin Rodríguez Díaz

Introducción

Estudiar filosofía en México no implica necesariamente estudiar filosofía mexicana. Muchos estudiantes y profesores observan con recelo y escepticismo la existencia de una filosofía propiamente mexicana y son capaces de realizar una vida académica ignorando a los filósofos y obras surgidas en esta parte del mundo. Es conocido el menosprecio y el ninguneo a que son relegados los pensadores de habla hispana en nuestro país (y no se diga ya del pensamiento expresado en alguna de las sesenta y ocho lenguas indígenas existentes, el cual simplemente es ignorado). Pareciera como si, para recordar las palabras de Hegel, en América sólo sonaran los ecos de voces y vidas ajenas. O como si, según las palabras de Martin Heidegger, la filosofía sólo pudiera hacerse en griego y en alemán. Sin embargo, somos muchos los que también abogamos y exigimos la defensa de una filosofía mexicana, ya sea en español o en cualquier otra de las lenguas habladas en nuestras tierras. Pero esta defensa implica en sí misma problemas ineludibles, como por ejemplo, la cuestión de qué es lo que caracteriza a la filosofía mexicana como tal. Y, aún más, ¿hay una tradición de filosofía mexicana? Si así es, ¿cuál sería? ¿Es México un país adecuado para la práctica de la filosofía? ¿Las culturas indígenas pertenecen a la filosofía mexicana? ¿En los pueblos indígenas la filosofía es un instrumento más de colonización o, más bien, de liberación? ¿Es posible hablar de México como una nación o se trata de una noción viciada y mal entendida? Estas preguntas son las que se intentará responder en el presente ensayo para plantear los problemas fundamentales que deben abordarse en un estudio riguroso y multidisciplinar de la filosofía mexicana. El objetivo principal será mostrar que, en efecto, no sólo es posible hablar de una filosofía mexicana en estricto sentido, sino que resulta necesario e imprescindible su estudio para poder dar respuesta a los grandes retos que enfrenta un paísgeográficamente tan vasto y culturalmente diverso como lo es México.

¿Filosofía mexicana o filosofía en México?

La discusión en torno a la pregunta sobre la existencia de una filosofía mexicana es ya un lugar común en los cursos de Filosofía en México impartidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es sabido que dicha cátedra fue fundada por el filósofo michoacano Samuel Ramos (1897-1959) a principios de los años 40’s. El nombre de la cátedra se refiere a la presencia de la filosofía en territorio mexicano, a falta de una clara solución al agudo problema de definir qué es la filosofía mexicana. Lo cual implica que hay una diferencia entre el concepto de “filosofía mexicana” y el de la “filosofía en México”. Pero dejando de lado las diferentes posturas que se han dado en torno a esta discusión, por lo pronto usaremos el concepto de filosofía mexicana para hablar de aquéllas obras, tradiciones y expresiones culturales que manifiestan de manera explícita su preocupación por las circunstancias sociales que han enfrentado los habitantes de lo que actualmente conocemos como México, desde la época prehispánica hasta las primeras décadas del siglo XXI.

No obstante, este concepto implica problemas en sí mismo. Pues, ¿qué se entiende por mexicana? Y aún antes que eso, ¿qué se entiende por filosofía? De momento nos conformaremos con entender por filosofía el ejercicio de reflexión de nuestro entorno, unido a la práctica de un estilo de vida adecuado a las necesidades vitales de la comunidad humana en la que nos encontramos insertos. De esta manera, queda unido el pensamiento con la praxis, pues entender la filosofía como un quehacer puramente especulativo y ocioso implicaría que la filosofía es un objeto prescindible cuando la historia nos demuestra que no lo es. Ahora bien, el calificativo de mexicana no es sólo un capricho nacido del chovinismo, sino más bien una etiqueta necesaria para distinguir la filosofía surgida de las circunstancias de México de las de otros lugares como Alemania o Francia. Como bien lo mencionó en su momento el filósofo español José Gaos (1900-1969), nadie ha cuestionado nunca la existencia de una filosofía autóctona de ninguno de éstos dos países. En los planes de estudio y en los cánones de historia de la filosofía son perfectamente reconocidas las tradiciones de filosofía alemana y de filosofía francesa. ¿Por qué entonces no habríamos de hacer lo propio con nuestra tradición filosófica? Reconocer la existencia de una filosofía mexicana es la condición sin la cual resultaría absurdo intentar un estudio de la misma. Pero hablar de nuestra tradición filosófica nos devuelve al terreno escabroso de definir lo mexicano como tal. Pues, si por una parte es complicado hablar de México como una sola nación, también resulta complejo abordar el problema de hablar de lo mexicano como si fuéramos un pueblo con una identidad bien definida y homogénea, la cual no existe como veremos a continuación.

El problema de pensar a México como una nación

México es un territorio de una magnitud enorme en muchos sentidos: cuenta con una extensión geográficamente muy extensa, con una de las mayores biodiversidades del planeta y con una rica diversidad cultural. Ahora bien, desde la declaración de su independencia se han realizado esfuerzos para construir una identidad que concilie su ascendencia cultural indígena con la, no menos suya, ascendencia cultural hispánica. Sin embargo, se olvida que estos esfuerzos fueron llevados a cabo por caudillos que ni eran completamente indígenas ni eran completamente peninsulares. La historia de México se reduce a una visión criolla de los acontecimientos sociales de nuestro territorio. La cual es, además, una visión centralista de la política interna del país, excluyendo el resto de las interpretaciones de esos mismos acontecimientos expresadas en las distintas lenguas indígenas de los pueblos autóctonos.

Esto nos lleva a plantear una serie de problemas para poder hablar de México y, por tanto, de lo mexicano con una mejor conciencia y una mayor responsabilidad. Tomar en cuenta que México no se reduce a la Zona Metropolitana de la Ciudad de México y a los grandes nombres de los políticos de provincia que gobernaron el país con políticas progresistas, nos permitirá romper con la idea de que existe una sola identidad y una sola tradición de filosofía mexicana. En la mayoría de las historias de la filosofía mexicana, se aborda el pensamiento de filósofos educados bajo sistemas europeizantes y, si acaso toman en cuenta el pensamiento prehispánico, se reducen a los cantos nahuas de los últimos siglos antes de la conquista española. Y aún hablar de una conquista española es problemático, pues olvidamos que hay pueblos que no se sometieron al régimen hispánico y que sus culturashasta la actualidad conservan, si bien permeadas superficialmente de hispanismo.

Es necesario, entonces, realizar una deconstrucción del concepto de nación para hablar de México. Pues es de un tipo tan complejo el caso de México que no puede continuar reproduciendo las clásicas categorías socio-políticas de los siglos anteriores. Especialmente debido a que la mayoría de dichas categorías fueron pensadas a partir de contextos que no son adecuados a las circunstancias de nuestro territorio ni de nuestra actual época. De ahí que se torne imprescindible un diálogo entre la filosofía, las ciencias políticas, el derecho, la sociología, la economía y la antropología, entre otras, para definir de una manera más conveniente las fronteras de nuestro territorio. Cada región del país requiere autonomía para resolver los problemas que más le acucien, no es digno de una época con tanta información y con tal acceso a la comunicación, como la que vivimos, el continuar reproduciendo modos de pensamiento que claramente han quedado rebasados.

¿Existe una tradición de filosofía mexicana?

Dejando de lado, por ahora, el problema de México como nación, toca abordar ahora el problema de la identificación de una filosofía mexicana. En efecto, resulta complejo hablar de una tradición de filosofía mexicana por las mismas razones que es imposible hablar de México como una sola nación. En primer lugar, la mayoría de los mexicanos tenemos como lengua materna el español y, si bien aprendemos otros idiomas, las lenguas indígenas no suelen si quiera contar como un requisito deseable para un filósofo mexicano. ¿De cuántas expresiones, conceptos y nociones estamos privados por no conocer el náhuatl, el maya, el mixteco, el tzotzil, el tojolabal, el huichol, el zapoteco o el tzeltal? ¡Qué tesoro, a priori, existe en México en cuestión de conceptos filosóficos en los pueblos autóctonos de México! Y, sin embargo, nos conformamos con estudiar a los filósofos que escribieron en español y que, en la mayoría de los casos, se limitaron a reproducir la filosofía europea.

Es necesario aprender otras lenguas mexicanas para entender por qué es tan complicada la convivencia entre nuestros pueblos. Pero la labor requiere de tal esfuerzo que los filósofos no pueden permanecer aislados ni llevar a cabo la tarea exclusivamente con sus propios medios. En ése sentido es invaluable la participación de antropólogos, gestores interculturales, lingüistas e, incluso, de chamanes y ancianos venerables que nos permitan sumergirnos en ése vasto océano del pensamiento humano expresado en los pueblos autóctonos de México.

Nuestra tradición debería ser un conjunto de tradiciones que deben ser tratadas cada una por su cuenta, sin jerarquías que menosprecien ni excluyan una sobre otra. Además, es necesario el estudio de fuentes que vayan más allá del texto escrito: reivindicar nuestras tradiciones orales, pictóricas, escultóricas y arquitectónicas es también necesario para un estudio más completo y riguroso de la filosofía mexicana.

Uno de los problemas más acuciantes en la actualidad es la integración del pensamiento indígena a la historia de la filosofía mexicana. Aquí el reto es romper con las clásicas formas de registro del pensamiento, como el texto escrito, para estudiar otras formas de expresión de la filosofía. Es sabido que la perplejidad de muchos antropólogos al estudiar los llamados “jeroglíficos” en los calendarios mayas se debe a un malentendido de los instrumentos con los que pretenden llevarlos a cabo. La traducción, por decirlo de alguna manera, de un lenguaje a otro es siempre complicada, pero lo es aún más la compatibilidad de un conjunto de categorías occidentales con las presentadas en otras culturas.

¿Cuál es el tipo de filosofía que necesita México actualmente?

Una de las características que ayudan a definir a la filosofía mexicana es su estrecho vínculo con las circunstancias sociales a las cuales se ha enfrentado. Desde Fray Bartolomé de las Casas hasta los manifiestos del EZLN, pasando por Miguel Hidalgo, Gabino Barreda o José Vasconcelos, la filosofía mexicana se distingue porque ha tratado de traducir en acciones lo que se encuentra latente en el pensamiento y el sentimiento de los hombres que se dedicaron a pensar su realidad. En ése sentido, esta es una de nuestras tradiciones: la praxis filosófica, el profundo compromiso político de los filósofos mexicanos con su entorno, con su realidad, con su pueblo. Pero, al mismo tiempo, los llamados “filósofos mexicanos” no se dedicaron exclusivamente a la filosofía. Por ello es tan complicado reconocerlos como filósofos de oficio: sus necesidades les obligaron a recurrir a otros medios y otros conocimientos para lograr sus objetivos.

De ahí que la filosofía que necesita México en el presente es una filosofía que no se reduzca a la filosofía, que no se enfrasque en sus discursos ni se cierre al diálogo con otras disciplinas, ciencias y artes. La filosofía mexicana debe ser sensible a sus circunstancias y no olvidar que su sentido es buscar soluciones de la mano de otros colaboradores. Asimismo la filosofía mexicana debe continuar portando el estandarte de instrumento de liberación en los pueblos autóctonos de nuestro país, así como de la soberanía cultural de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México. No debe limitarse a reproducir las ideas venidas de otros países, sino crear sus propios conceptos o echar mano de sus tradiciones indígenas para afrontar los problemas sociales que más urgen, como la repartición de la justicia, la propiedad de los recursos naturales, el derecho a una educación en nuestras lenguas maternas, etc.

México es un país adecuado para el ejercicio de la filosofía, pues al ser tan rica su diversidad cultural y geográfica hay sentidos de la vida aún no explorados ni expresados adecuadamente y que sólo surgirán a la luz cuando los filósofos mexicanos logren trascender las fronteras de una disciplina que hasta ahora ha sido exclusiva de hombres sectarios y solitarios.

Fuentes consultadas:

Gaos, José: Obras Completas (tomo VIII), UNAM, México, 1996.

Ramos, Samuel: Obras (en 3 tomos), Colegio de México, México, 2013.

 

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