¡Putos!

Héctor Mondragón

Somos lo que somos

Jarabe de Palo

Piedras, no pecados. El gay camina sobre un camino que no ha sido pavimentado. Camina, y eso es lo importante. Camina sobre la intolerancia: ¿baches? En ese pavimento hay zonas lisas y zonas que dañan. La sangre parece ser parte de un proceso que no puede basarse en la exclusión.

Este es mi cuarto y último intento. El más efectivo, sin embargo: ¡Putos! Listo, acabé. La mejor de las histerias y le peor de las paciencias. ¿Hasta cuándo?

Caminan de la mano, vienen o van, no lo recuerdo. El polvo en sus prendas hace notar que trabajan en la construcción. Robustos, ambos con bigote. Caminan de la mano. Se topan con alguien; se topan sin toparse, porque nadie se detiene. El sujeto retrocede la mirada, no deja de caminar en sentido contrario. Vuelve a mirar. ¡Putos! “El puto aquí eres tú”, piensan. Al pensarlo, retroceden mil pasos, ponen mil piedras.

La pregunta clave es: ¿por qué no dejamos de ser putos? En un texto sobre odiseas terrestres, aquella de los “bugas”, he reparado en la existencia de un clivaje inverso. Una amiga, hace poco, me ha recomendado una serie en Netflix, Dear white people. En los primeros capítulos, aunque con dirección poco articulada, se describe la circunstancia de un blanco en una reunión de negros. Es, para ponerlo en términos bugas, un buga, en terreno de gays (o lgbtteioasdfj). Dado que el primer clivaje, el que generalmente se nota, está producido de arriba hacia abajo, sólo vemos éste; sin embargo, hay otro, el que va de abajo hacia arriba: la exclusión de quien excluye.

Much ado about nothing”. “Le hacen al cuento”.

Dirán que ya pasó de moda. “¿Por qué escribe ahora si eso fue hace ya semanas?” Leo y siento odio, no el mío, sino el de quien escribe. Los proyectiles que revictimizan se vuelven el monstruo que engendra el miedo a ser uno mismo. Como en otro texto atinadamente se dijo, el temor de expresar la personalidad es uno de los mayores obstáculos de la comunidad: eso, en muchas ocasiones, se convierte en resentimiento cuando sale. El desafío es una especie de agresión que utiliza, y exagera, las formas que critican aquellos que han excluido a la comunidad durante largo tiempo; no deja de ser agresión: es violencia y excluye.

Se llena la calle de un desafío que retrocede. Apropiarse de adjetivos no es, como diría Marta Lamas, una manera de luchar, sino de autoflagelarse. No se trata de miedo al adjetivo; es, más bien, oprobio al mismo. Utilizarlo no libera, oprime.

En la primera versión anoté: “Hay putos que putean y putos que son puteados”. No hay cuentos: nothing isn’t nothing. Necesitamos un discurso de doble inclusión en el que el desafío desaparezca y el amor haga presencia. Dejar de ser putos para ser humanos.

 

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