La lluvia (Agosto)

De donde yo vengo la lluvia es un acontecimiento gozoso. Las personas ríen mientras corren casi ciegas por el agua y tratan de sostenerse de puertas y postes para que no se las lleve el río que baja furioso la pendiente casi vertical, los extraños al cruzarse se lanzan miradas cómplices y aunque no les quede un milímetro seco, siguen jugando a no mojarse en los charcos. Yo crecí en ‘La montaña’, donde la lluvia cuando es, es absolutamente torrencial.

Entre el caos gris brillante sembrado entre cielo y tierra corren las madres ahogándose en carcajadas con sus hijos pequeños de la mano, haciendo de sus impermeables amarillos los únicos colores discernibles además de las luces rojas de los coches. Las mujeres jóvenes aprovechan la lluvia para desviarse del camino que suelen tomar a casa y se escapan hasta las calles más recónditas y enredadas de La Montaña a que la violencia de la tempestad ahogue su voz y nadie las oiga reír, y gritar de gusto mirando al cielo, y cantar por única vez en voz alta, y bailar con el sueño que no las mira cuando las tiene delante. Los ancianos permanecen inmóviles sobre las banquetas con los ojos cerrados, de pie sin oponer resistencia al peso de la cortina de agua, y por momentos parecen desaparecer, asumidos por el aire o la tormenta. Los niños cruzan temblando los umbrales de sus hogares y suspiran como acabados de salir de una alberca ante la mirada maravillada de sus abuelas, que los esperan con sabiduría y pan dulce.
Empaparse no es grave si la casa está cerca: el baño caliente y la taza de chocolate nunca quedan a más de unas cuadras de distancia.
Como ocurre en cualquier pueblo hay quien puede pasar toda la vida sin dejar La Montaña porque no necesita más que su cielo abierto, un poco de rayuela por las tardes con los hermanos, cigarros, días tranquilos y pan de feria un par de veces al año. Los otros, los que nos fuimos, la dejamos porque no era eso lo que buscábamos y decidimos aventurarnos a descubrir la otra parte: La Ciudad.

La Ciudad, que es distinta porque las personas son distintas y la lluvia no las hace sonreír. Con los meses pluviales viene también un caos periódico y predecible que parece, sin embargo, tomar a todo el mundo por sorpresa: Aquí ‘lluvia’ es inundaciones, embotellamientos, parálisis, furia, frustración y sobre todo caos, El caos, porque ‘Ciudad’ es la fantasía de haber domado a la tierra, y aguas de hasta un metro de alto sobre avenidas principales evidencian lo endeble de nuestra victoria sobre los elementos, por si acaso la soberbia nos quisiera hacer olvidar que esto un día fue un lago.
…Y a veces todavía es.

Cuando alguien lleva ya algunos años en La Ciudad empieza a ver la tormenta de otro modo; pisar más de una hora zapatos mojados tiene consecuencias tanto en la salud como en el ánimo. Con algo de suerte algunos de los hijos de La Montaña recuperan la dicha a la salida del colegio un día de esos en los que se cae el cielo, cuando al verlos en empapada desesperanza, mojados hasta el tuétano, un buen amigo les tienda demasiado tarde un paraguas mientras esperan el autobús en la llovizna, y reconocerán en ese amigo nacido en otro sitio la sonrisa de sus vecinos y para descubrir que en él había un hermano.
Después de eso, para disfrutar la lluvia les bastará una canción y una saliente mediocre en cualquier pared, o un techo de lona afuera de un negocio cerrado para estar bien: basta sostenerse de un poste, o subir las escaleras de un pórtico inundado -para no mojarse la ropa por encima de la rodilla- y ver el ir y venir de las olas que hacen los autos sumergidos en Insurgentes o en Periférico les hará pensar en un pequeño mar con tortugas metálicas atoradas entre las rocas.
Una figura humana menuda y ambigua salta de elevación en elevación, ligera y veloz, así el agua le cubra las pantorillas: La gente joven casi nunca tiene coche, su límite de movilidad es únicamente su disposición a mojarse, y acaso, qué tanto se pueda arruinar su ropa, porque esta es una de las poquísimas épocas del año en La Ciudad en las que realmente se podrían salvar distancias más fácil a pie, pues ni el metro puede con el agua.

El prodigio es que al día siguiente todo está como si nada, todo vuelve bajo tierra salvo por algunos charcos y el olor de la tierra en los parques, y los camellones que toman nuevos colores cuando regresa el Sol para sorprender a todos los animales subterráneos que la precipitación llevó a la superficie.
Los sedientos jardines y jardineras públicos que rara vez reciben mantenimiento por falta de presupuesto reviven al beber del cielo, encendiendo flores diminutas. En el concreto algunas plantas sobresalen por las grietas: ortigas, dientes de león, tréboles, pastos… Y llenan los recovecos de La Ciudad de vida vegetal, así sea a su pesar, pues como crecen por cualquier parte, no son muy bonitas y no necesitan cuidados humanos se las considera basura. Hay quien incluso las llama ‘maleza’ o ‘mala hierba’, como si hubiera algo inherentemente despreciable en su determinación a sobrevivir en condiciones adversas.
Tras la noche lluviosa un hombre sucio sale por debajo de un puente y escurre con pesar unas hojas de periódico, tiene el pelo enmarañado y asolea sus pies amoratados de frío, moviéndolos con cuidado y delicia para volver a sentirlos. Apenas amanece y un niño perdido sale sigiloso de su casa con una navaja escondida entre la ropa a buscar en las calles lo que él conoce como La Vida. Va a encontrarse con otros perdidos y a intentar hallar en ellos una forma de contacto que no sabe pedir, pero que anhela con desespero. Estos niños grandes y toscos permanecen juntos y aunque siempre van armados, sufren que Dolor, Desesperanza y Soledad no son enemigos a los que se pueda apuñalar.
En alguna parte de La Ciudad, un grupo de mujeres casi desnudas y maquilladas sin cuidado se ganan el pan en las esquinas que colindan con una calzada de la única manera que conciben, y sonríen y coquetean mientras tiemblan de frío e intentan no caer de sus altísimos tacones. Pronto el calor lo va a volver más cansado. Dentro de un edificio abandonado se escuchan voces de rabia: No se trata de un fantasma, sino de una mujer viva que pena porque ha amanecido otra vez y está empapada, exhausta y sola, y tiene el estómago vacío de días, y porque tiene catorce años, pero ya es mayor como para conocer lo que significa el despojo. Sin querer, se mira en el charco que la refleja: tras la mierda y el rencor, y la pobreza espiritual y un abandono infinito, yace la semilla de su humanidad, una cosa diminuta que el dolor no consigue pudrir y que ella no reconoce.
Conforme la calle se seca, algunos de sus caminos se acercan sin cruzarse y si lo hacen, rara vez se miran para no ver en otro la miseria que cargan también ellos.
Así recorren la ciudad e intentan sobrevivir como pueden, como hacen todos, aunque a los otros no les parezca y los señalen como ‘malas hierbas’.

La lluvia se anuncia una última vez justo antes del anochecer, a la hora en que comienzan a encenderse las farolas. Al caer el agua y la penumbra los reflejos en el piso, los techos y las gotas convexas sobre los cristales multiplican las luces. Cuando el cielo se cubre para dar paso al aguacero es la tierra la que ostenta las estrellas.
En La Ciudad en este momento los peatones apuran el paso sacando nubecillas de vaho al recorrer las calles casi vacías y se protegen la ropa, mientras el frío les genera nostalgia de tiempos anteriores, de brazos ausentes o de su casa: un punto luminoso perdido entre los miles visibles desde el mirador.
Muy al norte, alguien tiene un ataque de melancolía y apaga una de las luces más pequeñas, una luz más cercana abriga a un hombre que sueña ideas para escribir una novela que nunca llega a concretar, muy cerca de él, un grupo de amigos se desvelan con un videojuego haciendo parpadear la luz, mientras otra un poco más suave, mucho más allá, aturde a medias a dos que se celebran a solas, al calor de las copas, y en el gozo de perderse entre besos, con la lluvia fuera, y por dentro de ambos, el agua, que es vida, movimiento, alegría, ciudad y montaña.

Si esta noche llueve, mañana el cielo se verá despejado y el mundo parecerá nuevo o recién sacado de lavar.
También eso lo hace la tormenta.

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